Mi vacío y yo

Ficha técnica:

Título original:

Mi vacío y yo

Director: Adrián Silvestre

Duración: 96 min

País: España

Idioma: Español, francés

Intérpretes: Raphaëlle Pérez,

Alberto Díaz, Carles Fernández

Giua, Carmen Moreno, Marc

Ribera, Joan Sentís, Isabel Rocatti.

Filmin

Sinopsis: Raphi es una persona joven, andrógina y algo naif. Escribe poemas y sueña con enamorarse de un príncipe azul. De su Francia natal se traslada a Barcelona, donde la realidad está muy lejos de ser como la proyecta. Tras ser diagnosticada de disforia de género, comenzará un arduo viaje para asumir su verdadera identidad. Médicos, compañeras de trabajo, amigas trans, artistas queer y hasta hombres que conoce por aplicaciones: todes le darán sus propios consejos, pero solo el tiempo y la experiencia vital ayudarán a Raphi a encontrar su lugar en el mundo

Crítica:

Hablemos de la Teoría del Autor y una de sus respuestas posmodernas. Según los mandamientos clásicos de la teoría moderna por excelencia, el director, batuta organizativa y, por tanto, estética, de la producción, debía escribir sus propias películas y hacer de la cámara una pluma estilográfica, que permitiera elevar el cine a los niveles culturales de la literatura. Casi desde entonces, la figura del auteur ha estado en constante revisión; sin embargo, como lleva ocurriendo en el mundo desde las artes visuales desde 1917, es una revisión contradictoria, (casi) hipócrita, donde la crítica queda en un nivel superficial y la incapacidad (o la falta de deseo no confesa) de vencer a un sistema capitalista que sabe aprovechar cada espacio como lugar de marketing termina por apoderarse del discurso profundo de la obra. En el caso del cine, una de las últimas tendencias que pretenden revisar este status quo es a través del pseudo-colectivismo, es decir, directores individuales que proclaman haber realizado un trabajo colectivo y participativo (que en ningún momento se pone en duda) con, generalmente, comunidades marginadas y discriminadas, siempre alegando una «mayor verdad». Por ejemplo, en este mismo póster reza «una película de Adrián Silvestre» en una película que explora las vivencias de su protagonista, Raphaëlle Pérez y esta contradicción solo se hace más patente a medida que avanzamos en la cinta —además, juega con otro de los lugares comunes del cine de autor actual como es la mezcla entre ficción y documental. Y es esa contradicción la que nos permite poner en cuarentena el discurso estético profundo de Mi vacío y yo.

No obstante, es en su superficie donde se encuentran las virtudes de la cinta de Raphaëlle Pérez. En primer lugar, la clara voluntad didáctica que hay tras la exposición de una misma: las experiencias, las dudas, los momentos difíciles o la euforia que pueden servir, tanto para personas trans que necesitan referentes como para personas que desconocen el mundo; pero, además, el didactismo termina por concretarse en momentos divulgativos como las conversaciones con la psicóloga o las diversas charlas y debates entre las distintas mujeres trans (algunas de ellas ya habían aparecido en Sedimentos).

Un poco más interesante es cómo aborda, o cómo pretende abordar, algunos estereotipos sobre las personas trans. Si bien no llega a desarrollarse en exceso o tanto como debería, sí aparece preocupada por dar la vuelta de tuerca a ciertos lugares comunes (las operaciones, la hormonación, el sexo, la aceptación social, la soledad); de la misma manera, se echan de menos que se aborden otros, como compartir piso, la familia o la vida laboral.

Con todos esos retales se construye una historia claramente pensada para el público cis.

Al mismo tiempo, la mezcla entre la realidad y la ficción sobre las vivencias de su protagonista construye un relato que puede apelar al público trans, pues, más allá de la típica narrativa sobre los horrores que supone ser trans en un mundo tránsfobo, sí ofrece una narrativa empoderante y que, en última instancia, puede terminar en lo terapéutico. En su último acto, una vez superado el obstáculo de las relaciones —concretado en la búsqueda del amor románticosexual—, Mi vacío y yo se centra casi exclusivamente en la relación entre la identidad y el arte, y cómo este último puede tener facultades sanadoras. La lectura meta es obligada y, de largo, la más interesante y la que menos sentido tiene valorar: la ayuda que puede haber proporcionado a la propia Raphaëlle Pérez el proceso de creación de esta película. Y eso siempre es algo que agradecer. Poco importan la supuesta calidad artística (la propia actuación de Raphaëlle y de algunas de sus compañeras de reparto es prueba de ello) o un discurso estético matizado y de calado filosófico, sociológico o político. Importan otros valores y otros objetivos.

Mi vacío y yo es una obra contradictoria, muy heredera del ambiente sociocultural (los círculos artísticos barceloneses) donde se ha llevado a cabo. Pese a sus trazos más pretenciosos, es la honestidad de Raphaëlle Pérez aquello que consigue elevar la cinta, haciendo de un pequeño e ingenuo cuento de hadas un relato de autodescubrimiento con propiedades terapéuticas que va más allá de la ficción.

Filmin

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