Crítica ‘Indiana Jones y el dial del destino’

Puntuación: 2 de 5.

En busca del arca perdida e Indiana Jones y el templo maldito son películas que responden a un carácter estrictamente moderno. George Lucas y Steven Spielberg tomaron la ficción pulp (seriales cinematográficos, novelas, cómics) que adoraban de pequeños y la reinsertaron en el contexto cinematográfico y cultural de la década de los 80. El resultado fue una obra que participaba de los códigos narrativos y estéticos pulp, al tiempo que los comentaba. Ese motor pulp es el que ha sostenido siempre al personaje (y a la franquicia) de Indiana Jones. Pero es un motor en vías de desaparición.

Ya Indiana Jones y la última cruzada empezaba a desligarse al comparar (muy acertadamente, todo sea dicho) la figura de Indiana Jones con el Rey Arturo y dotar al personaje de toda una hondura psicológica que hasta entonces no había necesitado; y la vilipendiada Indiana Jones y la calavera de cristal, una película que supo leer como pocos la ficción barata y la sociedad de los años 50, hizo patente que el pulp estaba de capa caída, que la sociedad había pasado página en pos de la solemnidad, en pos de una verosimilitud dramática, en pos de un cine de aventuras/acción de «calidad».

Indiana Jones y el Dial del Destino viene a constatar que, efectivamente, el pulp no tiene cabida en nuestros días. La quinta entrega del arqueólogo más famoso de todos los tiempos, aún protagonizado por Harrison Ford, nos cuenta la historia de un Indy recién jubilado que se ve envuelto en los tejemanejes de su ahijada, Helena (nombre no escogido al azar), interpretada por la siempre graciosa Phoebe Waller-Bridge, con un invento de Arquímedes que permitiría los viajes en el tiempo… y que persiguen los nazis. Así, pasamos de los aliens, metáfora de la utopía cultural que ofrecía Internet, a los viajes en el tiempo como materialización de un futuro incierto y una sociedad obsesionada con el pasado, con la misma fluidez que las aventuras (En busca del arca perdida, El templo maldito) fueron sustituidas por el western (Última cruzada); éste por la ciencia ficción y la fantasía en las décadas centrales del siglo pasado (Calavera de cristal, Dial del Destino); y éstas por unas pulsiones miméticas y de trascendencia (el realismo psicológico, la verosimilitud dramática, el compromiso de Tom Cruise con la muerte o de Christopher Nolan con la ciencia) y un capitalismo voraz que, juntas, eliminaron cualquier carácter mítico del cine.

A diferencia de las cuatro entregas anteriores, esta es una obra que lee bien el presente (el auge del nazismo, el cambio de paradigma, la obsesión con el pasado), pero no la época y la cultura que debería retratar. Aquí hay un neopulp, no un comentario de lo pulp, como ocurría en las cintas dirigidas por Steven Spielberg. Una vuelta a las formas baratas de los seriales. Punto. Una obra que habla más de la época actual que de 1969, año donde se localiza la nueva aventura. No obstante, saca dos paralelismos con el presente muy afilados.

En primer lugar, la obsesión con el tiempo. Por un lado, James Mangold retoma con fuerza el gran tema de la saga: la arqueología es una mirada democratizadora del pasado, que elimina cualquier autoengaño denominado «calidad», que evita la competición sin sentido que se establece en cualquier presente y que iguala el valor de todas las obras sin dejar a ninguna atrás; esa es la mirada que tenían Lucas y Spielberg a la hora de remover la Historia del Cine para crear al personaje. Y, por otro, en una sociedad donde el tiempo/atención es la principal moneda de cambio, Indiana Jones y el Dial del Destino, al igual que Top Gun:Maverick, habla de la necesidad de aceptar la muerte y de vivir en nuestro tiempo, no en el pasado (ahí resulta deliciosamente contradictorio el uso del deaging de los primeros veinte minutos, pues se trata, al mismo tiempo, de una idealización del pasado, aquello que Indy deberá recuperar a lo largo de la cinta en una acción que entra en estrecha relación con el propio artefacto cultural que son la película/franquicia —un simulacro que pretende revivir la emoción perdida años atrás—, y de una crítica al propio impulso que ha llevado a desarrollar esa tecnología). De disfrutar de los seres queridos, pues, al final, la aventura solo es un simulacro de plenitud.

En estrecha relación con el tiempo está el segundo paralelismo con el presente: el cambio de paradigma cultural. 1969 fue un año clave en la Historia, como ya apuntó Quentin Tarantino en Érase una vez en Hollywood. Sin embargo, a diferencia de la ucronía nostálgica del director de Pulp Fiction, Indy se embarca en una última aventura de tono crepuscular. Y ni siquiera es su aventura, es la de Helena (sorprende gratamente, pues participa —voluntariamente o no— de la temática de la cinta, la importancia que se le da, narrativamente, a la ahijada en detrimento del arqueólogo, cuyas acciones, quizá por la edad de su intérprete, quedan relegadas, salvo destellos de lucidez, a un segundo término dramático).

La crisis de Indiana Jones es una crisis de valores, tanto en su representación de cómo el capitalismo aupa al nazismo provocando su propia destrucción, como en su visión fatalista del heteropatriarcado; visión que comparte, Phoebe Waller-Bridge mediante, con la última entrega del otro gran icono pulp que ha sobrevivido a nuestros días y la principal referencia para la saga, James Bond. El Dial del Destino es la obra que anima a aquellos que sienten que el mundo cambia muy rápido a no reaccionar a la contra, anima a no coger el bate para aleccionar a los hippies de la música alta, a comprender a tu hijo rockero. Porque, en definitiva, la edad es la edad y la sociedad no siempre nos espera.

Pero también es la crisis del Nuevo Hollywood, de un modelo industrial y de un arte que se ha visto desplazado del centro de la conversación sociocultural. Por eso, es particularmente emotivo que el año elegido sea 1969, pues fue ese año en el que un Steven Spielberg de 23 años y un George Lucas de 25 entraban en una industria audiovisual que estaban a punto de revolucionar, cerrando así los ciclos (de los creadores del personaje como espectadores y del propio personaje en tanto marioneta para el comentario y la reivindicación de la ficción pulp) a la perfección.

Sin embargo, todo este comentario metanarrativo construido a través de Indiana Jones se ve ensombrecido ante un resultado formal paupérrimo: la luz prácticamente monocroma —el eterno atardecer digital—, un montaje interno inexistente, una paleta de color aburrida, unas imágenes aplanadas hasta el punto que los personajes siempre parecen desligados del fondo-croma, unos encuadres automatizados, una banda sonora que reincide en el famoso tema compuesto por John Williams una y otra vez (por si se nos olvidase) y un montaje solvente, pero falto de chispa. Y, para echar sal en la herida, la cinta la firma James Mangold, uno de los grandes directores del cine norteamericano mainstream de los últimos años, responsable de la excelente Ford v. Ferrari, el remake de El tren de las 3:10, Walk the line o Logan. Solo se salva, por momentos, el sorprende deaging de los primeros minutos. Y esto, tristemente, también habla del presente. De un presente donde el blockbuster, en tanto epítome del sistema, parece estar en decadencia y de un presente donde la artesanía tiene un futuro cada vez más incierto.

El 2023 ha sido un año donde, hasta ahora, los intentos de reivindicación de lo pulp parecen haber sido autosaboteados por el cine digital: Ant-Man: Quantumanía ofrecía un estimulante imaginario de ciencia ficción que desaprovechaba con una historia vaga y una realización pobre, Andy Muschietti buscaba transitar los límites expresivos entre lo pulp y el cómic de superhéroes moderno en The Flash con resultados que varían entre lo muy estimulante y lo estéril y, ahora, Indiana Jones y el Dial del Destino desperdicia una estimulante oportunidad metarreflexiva con un acabado insípido y feo.

Con todo, Mangold imprime un envidiable ritmo a las dos horas y media de metraje que nunca se hacen pesadas y Phoebe Waller-Bridge está divertidísma como la compañera de viajes, cínica y amoral, que verá su propio sistema de valores patas arriba. La actriz de Fleabag crea junto a Harrison Ford uno de los dúos más memorables de una saga acostumbrada al aura del arqueólogo y, juntos, navegan con suficiencia por las heterogéneas aguas de la comedia, de la acción y de la aventura.

Indiana Jones se despide. Quizá sea lo mejor para un personaje que pertenece, ya, a otro tiempo. Indiana Jones se despide. Y mira al futuro. Indiana Jones se despide, pero no sin antes recordar que no debemos dejar de lado la pasión por la Historia y la cultura y que no debemos dejar de lado el amor de nuestros seres queridos. Todo ello es luchar contra los nazis. Ahora y siempre.


Título original: Indiana Jones and the Dial of Destiny Duración: 154 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés, Alemán Dirección: James Mangold Guion: Jez Butterworth, John Henry Butterworth, David Koepp, James Mangold Productores: Simon Emanuel, Kathleen Kennedy, Frank Marshall, Candice Campos, Anthony Dixon, George Lucas, Steven Spielberg Fotografía: Phedon Papamichel Montaje: Andrew Buckland, Michael McCusker, Dirk Westervelt Música: John Williams Intérpretes: Harrison Ford, Phoebe Waller-Bridge, Mads Mikkelsen, Toby Jones, Antonio Banderas, Karen Allen, John Rhys-Davies, Thomas Kretschmann, Shaunette Renée Wilson, Boyd Holbrook, Olivier Richters, Ethan Isidore, Martín McDougall

Sinopsis: El arqueólogo Indiana Jones deberá emprender otra aventura contra el tiempo para intentar recuperar un dial legendario que puede cambiar el curso de la historia. Acompañado por su ahijada, Jones pronto se encuentra enfrentándose a Jürgen Voller, un ex nazi que trabaja para la NASA.


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