Crítica ‘Godland’

Puntuación: 4 de 5.

Islandia. Tierra de vikingos, volcanes y géiseres. Clima implacable, naturaleza indómita. Tierra de dioses y catástrofes. Múltiples palabras para mandar callar a alguien y para nombrar la lluvia. Godland es una experiencia estética a través de la naturaleza islandesa, un viaje de búsqueda y de pérdida de las raíces, de la cultura, de la fe, de las geografías y de la comunicación.

El ritmo pausado, el cuidado por el paisaje, la espectacular fotografía en 35 mm y el conflicto lingüístico entre protagonista y antagonista, dan forma a un western nórdico con diversas capas de significado. El tercer largometraje de Hylnyur Pálmason —cuyo visionado es interesante acompañar de su cortometraje Nest— recupera motivos temáticos —el frío, los problemas de comunicación, el rencor, la culpa— y de puesta en escena de su anteriores películas consolidando el estilo del director. En esta ocasión, un pastor danés atraviesa el paisaje islandés, prodigioso e inhóspito al mismo tiempo, fotografiando sus gentes en lo que avanza hacia el destino de su misión religiosa. Carga con una cámara en vez de una cruz y recorre la isla bajo la guía de Ragnar, con un carácter forjado bajo un clima extremo. No serán las dificultades geográficas o ambientales las que van mermando la vocación del pastor, si no los problemas de comunicación y su incapacidad para relacionarse con los demás y analizarse a sí mismo, solo encontrando como puentes de entendimiento a un traductor y a una niña.

Godland es una película sobre los relatos; de los cuentos, de la historia y de las imágenes. Al comienzo del filme se anuncia que está basado en siete fotografías de colodion húmedo encontradas en una caja de madera, que fueron tomadas por un sacerdote danés, el mismo que será el protagonista de la película. Dichas fotografías serían las primeras imágenes de la costa sureste de Islandia, sin embargo, tales fotografías nunca existieron, si no que son parte de la narración de la película. Esta idea es uno de los grandes pilares de la película, no solo como hilo conductor de la misma, si no que introduce la cuestión del relato, tema que impregna la obra en todas sus variantes: la religión cristiana, la historia y relación de Islandia y Dinamarca, la oralidad de la secuencia de las anguilas y las fotografías ya mencionadas. Todas estas manifestaciones del concepto del relato conforman un corpus de significado que permite a Pálmason reflexionar sobre el proceso de creación. Desde la experimentación, la reescritura y el fluir del viaje y de la historia, el director explora su propio proceso creativo con la película como reflejo del mismo, un proceso arduo y diario, basado en la constancia, la paciencia y la improvisación, cuestiones que le dan a Godland su forma tan particular. Un filme pausado, compuesto de viñetas interconectadas pero aisladas entre sí, con la omnipresencia de las distancias, tanto físicas como temporales. Pálmason comenzó a trabajar en este filme allá por el año 2013, por lo que no podemos negar la similitud de su realización con la expedición del sacerdote protagonista. Tampoco podemos olvidar que el viaje del pastor es un «capricho»; pudiendo haber navegado directamente a su destino, sin embargo escoje atravesar la isla, deseando fotografiar el paisaje y sus gentes durante su viaje. De estos deseos personales que son alimento para el espíritu, también nos habla Pálmason.

Al contrario de lo que podría parecer en un comienzo, la fe de Lucas no es tan importante en la película, la verdadera religión del sacerdote es la fotografía. Un medio que puede congelar el tiempo —al igual que el cine— y que contrasta con esa angustia existencial por el paso del mismo tan presente en el filme, en su ritmo pausado, en las descomposición de la materia y en el paso de las estaciones. Pero también es un arte que canaliza esa pulsión por contar historias.

Y las historias no son otra cosa que una forma de comunicación. No solo es la naturaleza que rodea a sus habitantes lo que les da forma, si no el propio lenguaje. A pesar de que el relato y, a nivel estético, la terrible belleza de la naturaleza islandesa y su meteorología ocupen el centro de la cinta, la comunicación —o la falta de ella— y el juego de oposiciones se roban gran parte del protagonismo. Pálmason trabaja con continuo uso de opuestos desde el comienzo de la obra, azul / rojo, danés / islandés, religión / naturaleza, civilizado / salvaje, planos fijos / travellings laterales. Estos contrarios potencian el enfrentamiento entre Lucas y Ragnar, una oposición que al comienzo parece basada en el lenguaje pero que se desvela más profunda, ligada al carácter, el territorio y el conflicto político enquistado. No es tanto que no puedan entenderse a nivel lingüístico, si no cultural. No quieren entenderse, Ragnar no acepta al sacerdote egoísta y Lucas no pretende integrarse en la comunidad, escondiéndose tras el objetivo en un afán etnográfico pero también colonizador. Lucas esperaba fotografiar la belleza de la isla y sus gentes pero se encuentra con unas condiciones extremas, lo que hace que solo pueda deleitarse con la cascada más descomunal y una buena compañía. Ragnar está acostumbrado a experimentar la cruda Islandia y disfruta de los pequeños momentos. No deja de ser irónico que los espectadores internacionales encuentren un salto en el lenguaje y un juego de oposiciones incluso antes de su visionado, siendo la traducción de su título «tierra de Dios» —que expone no tanto lo abordado en la película si no la percepción e idealización de Islandia desde fuera —y no «tierra mísera», como recita su titulo original en danés e islandés.

Con todo ello, y a pesar de la importancia que tienen relato y comunicación, Godland es una experiencia estética más que narrativa. Es innegable la calidad artística y técnica de la obra, desde la impecable fotografía de Maria von Hausswolff en 1:1’33 hasta el espectacular e inquietante diseño sonoro de la cinta. Su particular estilo lento, su naturaleza observacional y la longitud de su metraje hacen de ella una película inmersiva e hipnótica. Sólo hay que dejarse llevar por las imágenes.


Título original: Vanskabte Land / Volaða Land Duración: 143 min País: Dinamarca, Islandia, Suecia, Francia Idioma: Danés, islandés Director: Hlynur Pálmason Guion: Hlynur Palmason Productores: Katrin Pors, Anton Máni Svansson, Eva Jakobsen, Mikkel Jersin Fotografía: Maria von Hausswolff Montaje: Julius Krebs Damsbo Música: Alex Zhang Hungtai Intérpretes: Ingvar Eggert Sigurðsson, Elliott Crosset Hove, Vic Carmen Sonne, Jacob Lohmann, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Waage Sandø, Hilmar Guðjónsson

Sinopsis: A finales del siglo XIX, un joven sacerdote danés llega a Islandia con la misión de construir una iglesia y fotografiar a sus habitantes. Pero, cuanto más se interna en aquel implacable paisaje, más se sume en las ansias de la tentación y el pecado.


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