Crítica ‘Misión:Imposible – Sentencia Mortal. Parte 1’

Puntuación: 4 de 5.

A estas alturas del juego, ya se ha revelado que el villano principal para la séptima y la octava entrega de Misión:Imposible es una Inteligencia Articificial. Por eso, que su estreno mundial coincida en el tiempo con las fases finales de la negociación del SAG-AFTRA, el sindicato de actores estadounidense que podría ir a la huelga junto a el WGA (los guionistas), con los grandes estudios y plataformas —negociaciones que han tenido como uno de los objetos de debate principales la limitación del uso de las IAs y los algoritmos— no deja de ser demostrativo de hasta qué punto Tom Cruise se ha convertido en un estandarte de los restos de Hollywood.

La Entidad, como llaman al villano, es algo tan abstracto como los algoritmos y las IAs lo son en la propia realidad; enemigos de corte abstracto que nunca se saben a ciencia cierta qué son ni cuales son sus acciones y efectos reales. En la película, juegan con esa falta de concreción para meter los dedos del pie en la ciencia ficción especulativa —no olvidemos que esta franquicia siempre ha mirado al género desde no muy lejos— y McQuarrie y Cruise ofrecen un villano que ¿funciona? por su abstracción, por su lanzamiento en un contexto muy concreto donde el miedo a las IAs está muy presente. En última instancia, Misión: Imposible – Sentencia Mortal es, como Indiana Jones y el Dial de Destino, The Flash o la saga James Bond de Daniel Craig, otra obra crepuscular sobre un hombre de otro época que no se adapta al presente, otro hombre incapaz de aceptar su destino, su muerte.

En realidad, era la misma idea que vertebraba Top Gun:Maverick; pero en la nueva entrega han cambiado el militarismo por la conspiranoia política (habitual de la saga) y el ludismo mal entendido. En Misión:Imposible no aparece la crítica ludita a la precariedad u otras consecuencias perjudiciales, no aparecen la críticas que se están enarbolando en la huelga en Hollywood, sino que es la reacción a un mundo que avanza inexorable y no espera (donde no avanza, eso sí, es en la idea de meter a mujeres en frigoríficos). Es un deseo de orden ante un mundo caótico, individualizado y amoral. Es la destrucción de las nuevas tecnologías por su destrucción, por su capacidad para alterar, para bien o para mal, el status quo. Es la consagración del cuerpo por encima de las máquinas, es la reivindicación de la irracionalidad, la impulsividad y la imperfección como virtudes de la humanidad. Al fin y al cabo, una IA, de momento, no puede hacer magia de cerca, no puede saltar con una moto desde un precipicio, no puede enamorarse, no puede sentir el duelo. Una aproximación al avance tecnológico bastante cliché y que está lejos de ser interesante más allá de sus lecturas contextuales y metacinematográficas.

No obstante, es curioso ver cómo una franquicia tan pegada a la tecnología como fue Misión:Imposible se ha ido, entrega a entrega, despegando de los gadgets para convertirse en esta última película en una aventura completamente analógica donde la fisicidad de las set pieces es cada vez mayor y, por tanto, su excavación en la Historia del Cine es también cada vez más profunda. Su herencia de los grandes actores de la comedia muda (Buster Keaton, Harold Lloyd) queda explicitada en un último tramo donde El maquinista de la general y El hombre mosca se fusionan para dar lugar a una de las mejores set pieces de la franquicia; además, de la introducción de un sentido del humor con una vena muy física (la persecución en Roma y, a lo largo de la película, los rostros de Tom Cruise y Hayley Atwell). Eso no quita que no haya habido concesiones que, en gran medida, hacen que Misión:Imposible – Sentencia Mortal no esté tan alejada como les gustaría (no dejan de ofrecer un cine de acción gourmet) de cualquier otro blockbuster actual: la extensión temporal, la división en dos partes (en este caso, sí cierran bien para que funcione como una película en sí y no como una mera primera parte), el tono crepuscular, la mirada al pasado del protagonista,…

Quizá lo más interesante de toda esta última entrega, más allá de ver a Tom Cruise tirarse por un precipicio en motocicleta —y las otras set pieces espectaculares que se han inventado—, es ver cómo Christopher McQuarrie recoge el testigo directo de Brian De Palma. Y con ello ofrece una de las mejores películas de acción del año. Narrativa y visualmente apuesta, como parte de su discurso reaccionario, por un regreso a los orígenes. Los personajes de Kittridge y Gabriel surge del pasado de Ethan Hunt, con el primero siendo el villano de la primera entrega cinematográfica; sin embargo, en lo relativo a la puesta en escena, esta vuelta a la Arcadia pasada sirve para lanzarla hacia el presente. El director norteamericano, que ya había demostrado su capacidad para dirigir (¡y escribir!) un cine de acción donde cámara, personaje, coreografía, paisaje, montaje y trama se funden en un todo, toma prestados algunos de los ticks autorales de De Palma (particularmente, las angulaciones exacerbadas) y los introduce en la imagen despersonalizada y artesanal que McQuarrie ha asentado con inteligencia a lo largo de las tres últimas entregas.

El resultado es un nuevo salto; una renovación de la franquicia a través de una triple repetición: la sublimación de la fórmula estructural y temática iniciada por el realizador de Carrie en 1996, la inserción en el argumento de elementos del pasado de Ethan Hunt que vuelvan a acecharle en el presente para juzgar hasta qué punto ha cambiado, y el uso prestado de elementos estilísticos de la primera entrega de la franquicia.

Como ocurre con la saga John Wick, Tom Cruise se ha erigido como defensor a ultranza de un cine de acción en vías de extinción, de un cine de acción artesanal. Y para ello se ha aliado con Christopher McQuarrie. Juntos, se han atrincherado en un cine de acción entendido desde el registro de la realidad, no desde la predominante fantasía digital. Por ello, quizá el travelling que sigue sin cortar a Cruise mientras este corre por una Venecia llena de velas sea el equivalente al famoso travelling final de Los 400 golpes. Quizá. La pregunta es: ¿podrán?


Título original: Mission: Imposible – Dead Reckoning Duración: 163 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés, italiano, francés, ruso Dirección: Christopher McQuarrie Guion: Chistopher McQuarrie, Erik Jendresen; basada en la serie de televisión ‘Misión: Imposible’ (1967-1973) Productores: Tom Cruise, Christopher McQuarrie, Marco Valerio Pugini, Leifur B. Dagfinsson, Chris Brock, David Ellison, Dana Goldberg, Tommy Gormley, Don Granger, Susan E. Novick Fotografía: Fraser Taggart Montaje: Eddie Hamilton Música: Lorne Balfe Intérpretes: Tom Cruise, Hayley Atwell, Ving Rhames, Simon Pegg, Rebecca Ferguson, Vanessa Kirby, Esai Morales, Pom Klementieff, Nery Czerny, Shea Whigham, Greg Tarzan Davis, Frederick Schimdt

Sinopsis: Ethan Hunt y su equipo del FMI se embarcan en su misión más peligrosa hasta la fecha: localizar, antes de que caiga en las manos equivocadas, una nueva y terrorífica arma que amenaza a toda la humanidad. En esta tesitura, y con unas fuerzas oscuras del pasado de Ethan acechando, comienza una carrera mortal alrededor del mundo en la que está en juego el control del futuro y el destino del planeta. Enfrentado a un enemigo misterioso y todopoderoso, Ethan se ve obligado a considerar que nada puede anteponerse a su misión, ni siquiera las vidas de aquellos que más le importan.


Paramount Pictures Spain

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