Crítica ‘Oppenheimer’

Puntuación: 4 de 5.

En en el epicentro de la nueva tragedia orquestada por Christopher Nolan se encuentra una de las tensiones que hacen mover la historia y el mundo: la dialéctica entre la teoría y la práctica. J. Robert Oppenheimer es un joven científico patoso en un laboratorio de británico; unos años después, es uno de los físicos teóricos más importantes de Estados Unidos. Oppenheimer —Oppie para los allegados— es un joven idealista que, sin embargo, dio la bienvenida a la bomba atómica, a la Guerra Fría y al Mundo Contemporáneo.

Nolan juega con tres tiempos y tres facetas del personaje interpretado por Cilian Murphy. Por un lado, en 1956, Lewis Strauss intenta convencer a una comisión para aprobar su nominación al la Cámara de Comercio de Estados Unidos de Gobierno, una subtrama en la que Oppenheimer apenas tiene presencia pero cuya influencia resulta indirectamente determinante; por otro, en un claustrofóbico despacho se lleva a cabo la Junta para la renovación de las credenciales de seguridad de Oppenheimer, que no es otra cosa que un juicio encubierto por su vida política cuando se convierte en un estorbo para ciertas figuras de poder y ambición; y la propia biografía de Oppenheimer.

A su vez, el físico se puede dividir en el científico, el político y el hombre atormentado. Serán las dos últimas las que se coman la mayor parte del metraje, si bien la primera es la que deja las mejores imágenes y sonidos. Como si de un músico se tratara, Oppenheimer puede ver más allá del mundo visible y eso se transforma en unos arrebatadores montajes sinestésicos y semiabstractos que se encuentran entre lo que mejor ha rodado Nolan nunca. Mientras, el político y el hombre atormentado son las dos caras de la misma moneda, pues son la materialización de la dialéctica teoría-práctica. El hombre izquierdista, cercano al Partido Comunista de Estados Unidos y al bando republicano en la Guerra Civil Española, el hombre que buscaba acabar con todas las guerras también fue el hombre que permitió las muertes de Hiroshima y Nagasaki, el hombre que reconoció al presidente Harry S. Truman que tenía sangre en las manos, el hombre que dio la bienvenida a la Guerra Fría, al macartismo y al nuevo orden mundial generado tras la Segunda Guerra Mundial.

El hombre. Porque, si hay algo donde fracasa estrepitosamente Nolan una y otra vez es en la construcción de personajes femeninos interesantes y relevantes.

La película, y, con ella, Nolan, se divide en dos: por un lado, está todo lo que acontece a Oppenheimer (en color) y, luego, la trama de Strauss (en blanco y negro). Estos dos personajes, sus debates internos (o su ausencia de ellos) y su enfrentamiento político dan cuenta de otro de los grandes temas abordados, la lucha fratricida de los hombres que adopta múltiples formas. La acción política, la carrera armamentísica, la imagen pública (la «»cultura de la cancelación»»),… Y, al final del todo —Rosebud incluido—, solo está un hombre narcisista, herido por algo que se podría haber hablado. Éste será en un última instancia el gran foco de la película. No el carácter prometeico de Oppenheimer, que queda relegado a unas seleccionadas escenas y, con ello, relegando a Oppenheimer a un carácter más coyuntural que universal, a una reflexión más política que humana.

Pero es también, en esa gran escena final, donde Nolan se vuelve más interesante que nunca: al confrontar los relatos de Strauss y de Oppenheimer, que había transcurrido en paralelo, está enfrentando, en sus propias palabras y con un juego formal barroco, un relato supuestamente más objetivo (el blanco y negro de Strauss) contra uno plenamente subjetivo, que busca explorar el punto de vista del protagonista (el color de Oppenheimer); el resultado no puede ser más acorde con los tiempos filosóficos actuales. No existe La Verdad —el blanco y negro supuestamente objetivo se revela como un relato interesado y prefabricado—, sino distintas verdades entendidas siempre desde la subjetividad más radical —el color parece acercarse más a la realidad—. Algo que se aplica, con una honestidad solo vista en El truco final y Origen, a las propias imágenes y estructuras narrativas de Nolan: formas que se construyen desde el trampantojo, desde el engaño y la trampa para hacer llegar una verdad emocional.

Será el trabajo interpretativo de Cilian Murphy el que eleve, a través de su sempiterna mirada desencajada, esta faceta del físico hasta hacerla reseñable. No obstante, son la enorme velocidad del relato —construido exclusivamente como una sucesión de escenas climáticas y épicas que transforma la película en un maravilloso trailer de tres horas— y la omniosidad y la sobreimportancia que siempre a acompañan a Nolan los que terminan lastrando este aspecto intimista de la película. Es más, si no fuese por la altura interpretativa que dan las estrellas es probable que el proyecto no funcionase y es todo el trabajo de personaje que culmina en un gesto, en una postura o en una mirada.

Oppenheimer seguramente sea la película más ambiciosa de un director que nunca se ha conformado con poco; puede que también sea la mejor. Su interés por los temas, por los personajes, por el debate político y moral que se encierra en la figura del Padre de la Bomba Atómica y su viraje hacia una narración menos recargada de imágenes imposibles y espectaculares hacen que la nueva película de Christopher Nolan adquiera una profundidad particular. Uno hubiera deseado que esto hubiese sido un serial cinematográfico, una pieza operística dividida en varias partes que permitiesen explorar y dar más espacio a cada una de las facetas. Que las imágenes abstractas del Oppie-científico tuviesen una presencia más continuada, que las ensoñaciones pesadillescas fuesen más recurrentes para ahondar en el martirio, que el propio martirio tuviese espacio y tiempo para el recogimiento y no solo para la épica trágica, que sus relaciones con sus mujeres estuviesen más desarrolladas y no fuese tan estereotípicas y concentradas. Pero un serial cinematográfico, para las salas de cine, pues, si algo consigue Nolan como pocos, es que el apartado experiencial sea imprescindible e irreplicable. Pero, afortunadamente, este párrafo y este texto solo llegan hasta donde llega la teoría.


Título original: Oppenhaimer Duración: 180 min País: Estados Unidos, Reino Unido Idioma: Inglés, alemán Dirección: Christopher Nolan Guion: Christopher Nolan, basado en el libro ‘Prometeo Americano: el triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer’ de Martin J. Sherwin, Kai Bird Productores: Christopher Nolan, Charles Roven, Emma Thomas, Thomas Hayslip, J. David Wargo, James Woods Fotografía: Hoyte van Hoytema Montaje: Jennifer Lame Música: Ludwig Göransson Intérpretes: Cilian Murphy, Emily Blunt, Robert Downey Jr., Alden Ehrenreich, Scott Grimes, Jason Clarke, Florence Pugh, Josh Hartnett, Tom Conti, Florence Pugh, Maton Damon, Jack Quaid, Benny Safdie, Kurt Koehler, Tony Goldwyn, John Gowans, Macon Blair, James D’Arcy, Kenneth Branagh, Rami Malek, Casy Affleck, Gary Oldman.

Sinopsis: En tiempos de guerra, el brillante físico estadounidense Julius Robert Oppenheimer, al frente del «Proyecto Manhattan», lidera los ensayos nucleares para construir la bomba atómica para su país. Impactado por su poder destructivo, Oppenheimer se cuestiona las consecuencias morales de su creación. Desde entonces y el resto de su vida, se opondría firmemente al uso de armas nucleares.


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