Último artículo de cobertura de la edición online del Atlàntida Film Fest 2024. Esta edición se cierra con un sabor de boca agridulce. Por un lado, el festival se consolida y crece, especialmente en su edición presencial. Además, las secciones periféricas también crecen gracias a títulos como No esperes demasiado del fin del mundo u Occupied City, grandes títulos que llegan a España a través del certamen mallorquín, grande títulos que encuentran espectadores. Y.. por si eso fuera poco, se ha complementado con tres retrospectivas de primer orden: Chantal Akerman, Michael Powell & Emeric Pressburger y Montxo Armendáriz. Pero, al mismo tiempo, la Sección Oficial Internacional deja un regusto pobre, con títulos que pertenecen a la clase media-baja del cine de festivales y con películas en otras secciones que eclipsan una sección competitiva que se presupone punta de lanza para la entrada del festival en Europa.
Con todo, a lo largo de este mes, hemos podido disfrutar de títulos como los citados No esperes demasiado del fin del mundo, The Quiet Migration, Occupied City, Mal vivir/Vivir mal o Animal. Algunos de estos títulos nos abandonarán, aunque muchos volverán a lo largo de los próximos meses, mientras que otros han venido para quedarse.
Los excesos (Luna Carmoon) – Domestic
A medio camino entre las coming of age británicas de trasfondo social (Scrapper) y una versión bastarda y grotesca de The Florida Project, la ópera prima de Luna Carmoon cuenta la historia de Maria, la hija de una mujer con síndrome de Diógenes, varios años después de que los servicios sociales la separaran de su madre y los traumas y el dolor que aún afloran de su pasados. Esto lleva a una estructura dislocada que, salvando el valor extracinematográfico que la película ha aportado ya —el guión empezó como una nota de suicidio por parte de la directora y terminó siendo un acto sanador— o pueda aportar —es una obra con un gran potencial terapéutico—, es el gran foco de interés de la cinta.
Estamos ante una película que empieza en la mitad del metraje. Toda la primera hora es un prólogo de treinta minutos y un primer acto más clásico donde empiezan a asentar el mundo, los personajes y los conflictos que se desarrollarán en la hora restante de metraje. Es ese corte abrupto, esa elipsis temporal, el que descoloca al espectador y lo sitúa en la misma situación que Maria. Hay que empezar de nuevo y, al mismo tiempo, sin ningún cambio. La película es la misma, el personaje también. Así comienza un viaje donde la directora no evita adentrarse en elementos oscuros, grotescos, sucios y mágicos, enrareciendo un subgénero asociado en gran medida a la realidad.
Aunque peca de no salir de los motivos visuales comunes del género, cuando no de cierto amateurismo/precariedad visual a la hora de rodar algunas escenas —sobre todo las oníricas—, la película se sostiene en gran medida, como suele ser habitual en estos casos, gracias a sus actores: la debutante Saura Lightfoot Leon, Hayley Squires y Joseph Quinn dan la nota emocional para terminar de redondear el golpe. Una pequeña rareza que se cuela entre lo mejor que nos ha dado este festival. Jorge Sánchez.
Los otros Laurens (Claude Schmitz) – Roads
Los otros Laurens (Claude Schmitz, 2023Este neo-noir de Claude Schmitz es una simpática mezcolanza llena de buenas intenciones y guiños a grandes cineastas que, sin embargo, no llega a germinar en un resultado coherente y sólido. La buena factura técnica, así como una voluntariosa puesta en escena en la que abundan el uso de trípode, el gusto por el encuadre y el cuidado trabajo del color, aún no confluyen en un resultado equilibrado. Aún queda camino para que este cineasta vuelque todo su talento en una mirada que, pese a apuntar maneras, aún revela de manera evidente sus influencias y su falta de madurez.
Las interpretaciones entregadas de esta película con ciertos ecos de Sexy Beast (Jonathan Glazer, 2000) son lo más destacable de un conjunto que naufraga en su afán por disparar en mil direcciones, brillando en algunos momentos y diluyéndose otros. Esta reformulación europea del cine de género norteamericano navega por espacios interesantes y consigue superar a otras revisitaciones sui generis como la Ruta salvaje de Marc Recha, apostándolo todo al apartado visual y a una fauna de personajes extravagantes, pero al final nada consigue tener una verdadera entidad, un carisma que cautive. Todo resulta un sofisticado boceto de la película que podría haber sido. Otra muestra más de ese gran océano que nos separa del cine norteamericano, que hay que saber mirar con la debida distancia para ser capaz de replantearlo con otros códigos. Desafortunadamente, la película quiere reinventar tomando algunas cosas de aquí y otras de allí, sin apostar por nada. Sergio Román.
Más allá de las montañas (Mohamed Ben Attia) – Sección Oficial
Tras cumplir condena por destrozar su lugar de trabajo, un hombre afirma que puede volar y se reencuentra con su hijo —o más bien lo secuestra—, alejándole de su entorno le promete atravesar unas montañas que parecen la cresta de un dragón, donde también se encontrarán con su madre. Así emprenden una odisea muy poco ortodoxa, un viaje casi onírico donde el paisaje y los espacios adquieren un papel protagónico.
Más allá de las montañas es una película difícil de describir, totalmente impredecible e irregular, sin dejar muy clara su tipología o su mensaje. Al comienzo, la película tunecina promete un emotivo drama de un padre que quiere recuperar a su hijo tras su paso por la cárcel, luego se transforma en un thriller de huida con la enfermedad mental como motor y, tras un breve paso por una fantasía con toques proféticos, finalmente desemboca en home invasion familiar. Si hablamos en términos de la generación Z Más allá de las montañas podría ser el trend «Nunca dejes que sepan tu próximo movimiento» hecho película; pues bien podría tratarse de tres o cuatro cintas diferentes, completamente inconexas pero que, sorprendentemente, se mantienen perfectamente enlazadas bajo un aura fantástica que impregna cada escena desde otro plano de realidad.
Decir que estamos ante una película anómala es quedarse corto. Con una premisa muy potente y algunos momentos ambientales muy destacados, dos temas se alzan sobre el resto: el salto de fe y las relaciones entre lo público/lo salvaje/lo privado. Temas con una presencia continua pero igual de infradesarrolladas que los personajes. Tal y como parece presentarse la cinta, bien podría ser una fábula. Sin embargo, la gran cantidad de elementos que intervienen en el relato y el constante cambio de género, desembocan en una ambigüedad absoluta y un relato vacío de significado y moraleja. Un visionado del que, por tanto, no cabe esperar un entendimiento profundo de sus temas o narrativa, pero del que disfrutar de inexplicable atmósfera donde la historia fluye por los lugares más insospechados. María Valdizán Cuende
Occupied City (Steve McQueen) – Tiempos de guerra
Una de las obras cinematográficas más ambiciosas de los últimos años, firmada por Steve McQueen —aunque su esposa, Bianca Stitger, la escritora del libro que adapta y la directora de Tres minutos: una exploración, merece más crédito que el recibido—, se estrena de tapadillo en España, aprovechando el Atlàntida Film Fest para su llegada a plataformas tras un mínimo paso por salas alternativas (Círculo de Bellas Artes). El director de Shame, Viudas, 12 años de esclavitud o la serie Small Axe abandona el cine narrativo y de ficción para adaptar, como decíamos, el libro Atlas of an Occupied City, Amsterdam 1940-1945 donde Stitger recorre la topografía de la capital holandesa para descubrir los lugares del presente que fueron escenario de atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial.
McQueen parte la película en dos: por un lado, la voz en off, mécanica y aséptica, como si leyese un informe médico, cuenta pequeños relatos de distintas familias, grupos o individuos distinguidos durante la ocupación nazi a través de los lugares que habitaron. Historias cortas, de muerte, racismo, discriminación y violencia. Por otro lado, están las imágenes del Amstérdam actual que muestra los mismos lugares de los que la narradora habla. La pena es que no vuelven a unirse nunca para generar una reflexión sobre el presente tan profunda como la forma aparenta. El pasado es algo acechante, que amenaza con volver tras cada «derruido», pero el presente no parece existir en una imágenes que se conforman con mirar la ciudad, como si de un alien o un post de Instagram se tratase. Como si, más que un tratado intelectual de primer orden, se tratase de una visita turística dirigida. Ahí es donde las políticas de la memoria fallan y la supuesta carta «topo-cinemato-gráfica», donde lo arquitectónico, lo histórico y lo sociológico se entremezclaban fruto del choque entre la imagen y la palabra, se queda en una carta de amor a la ciudad, condimentada, eso sí, por los recuerdos de un pasado oscuro que quizá no se ha ido del todo.
McQueen propone una película de dispositivo, con todo lo que acarrea en términos de irregularidad o repetición. La negación a usar imágenes de archivo —quizá más una contingencia que un imperativo moral— emparenta la obra con Shoah de Claude Lanzmann. Pero su ambición de crear un atlas cinematográfico del presente y el pasado de una ciudad, donde la arquitectura deja emerger la memoria escondida/olvidada de la ciudad, aunque no termina de funcionar del todo, es algo digno de observar y aplaudir. Jorge Sánchez.
Sweet Dreams (Ena Sendijarevic) – Crimen y castigo
En Sweet Dreams la directora bosnia Ena Sendijarevic, afincada en los Países Bajos, dibuja un pasado colonial crepuscular, los últimos días de las colonias holandesas en ultramar a principios del siglo XX. Jan es el propietario de una plantación de azúcar, pero tras una libidinosa visita nocturna a la nativa Siti, muere. Su esposa Agathe avisa a Cornelis, su hijo, para que deje atrás la cómoda vida que lleva en los Países Bajos y regrese junto a su mujer embarazada Josefein para asumir el negocio familiar.
A través de seis capítulos desgrana la evolución de cada uno de los eventos que marcan la vida de esa familia y los nativos implicados. Disfrazada de drama familiar alrededor de una herencia, Sendijarevic, muestra las dinámicas que se generan dentro de un sistema tóxico como la colonización. Agathe, la matriarca, no quiere ceder ni un ápice el control de la plantación, frente a Cornelis y Josefein que desean vender y regresar a tierras holandesas. Pero Jan, en su papel de patriarca déspota, legó todos los bienes en Karel, el hijo ilegítimo que tuvo con Siti, que tiene sus propios planes para ella y Karel, lo que se convierte en el principal obstáculo para los recién llegados de Europa que quieren cerrar el capítulo de la dominación en las colonias que iniciaron sus antepasados.
Es una lástima que no alcance cotas más altas, seguramente por culpa de unos personajes que se comportan de manera arbitraria durante buena parte del metraje y están construidos para que se comporten a favor de las ideas de la directora y no de la historia. El escenario de la colonización resulta jugoso para el drama, crear metáforas sobre el control y el dominio o, incluso, llevarlo hacia el presente y realizar paralelismos con sus consecuencias en la sociedad actual. Pero al final se queda en un curioso ejercicio de estilo, filmada en formato académico, alejándose del naturalismo y aprovechando los intensos colores de la selva, junto a una dirección de arte muy inspirada tanto en decorados como en vestuarios. David Castro García.
