Crítica ‘Maspalomas’

Puntuación: 4 de 5.

Una de las primeras películas de Moriati fue un pequeño drama llamado 80 egunean sobre dos antiguas amigas que se encuentran tras 50 años y despiertan algo más que viejas amistades. Más de una década después, y con una de las trayectorias más peculiares y asentadas del panorama nacional actual presentan en el Festival de Cine de San Sebastián Maspalomas, un drama sobre un hombre que vuelve al armario tras sufrir un ictus y entrar en una residencia.

Lo primero que llama la atención es lo potente de la premisa. Esto ha sido una de las constantes de su cine: Loreak (una viuda descubre que un desconocido está dejando flores en el lugar de la muerte de su marido), Marco (adaptación de El Impostor de Javier Cercas sobre un hombre que afirmó y construyó su vida en torno a la mentira de haber estado en los campos de concentración nazis) o Handia (la historia de un gigante en tiempos de Cervantes). Como suele ocurrir, los resultados no están a la altura de las expectativas —ese precio a pagar cuando que enganchar al espectador desde el inicio, cuando vivimos en un tiempo marcado por el pitch y el dossier—. Ni siquiera es culpa de ellos, es una cuestión casi fisiológica en la que ningún creador puede competir con la imaginación de un espectador sugestionado. Dicho esto, a veces lo superan, como en el caso de Marco, y siempre dan batalla. Sus historias ofrecen un desarrollo de primer nivel. Se acercan con empatía, sin condescendencias y sin miedos a sus personajes, consiguiendo que su humanidad brillen por encima de cualquier conflicto dramático. Son esos personajes —y, por extensión, sus siempre excelentes actores y José Ramón Soroiz no es una excepción— los que logran que casi nos olvidemos de las premisas.

Así llegamos a la segunda clave de su filmografía: es un cine de personajes, no de relaciones interpersonales. En sus películas vemos a un gran protagonista solo contra el mundo, contra sí mismos. Quizá mejor su cine refleja el fracaso y el triunfo de la comunicación entre individuos. Ya sea la pared de La trinchera infinita, los espejos en Marco o la residencia en Maspalomas, los personajes viven atrapados físicamente, pero, sobre todo, emocionalmente. Las metáforas del armario o de la pared son las más obvias, pero Cristóbal Balenciaga o Enric Marco, ambos personajes reales, también también están construidos desde esta óptica.

En ese sentido, Maspalomas supone un pequeño giro hacia un futuro esperanzador o, como mínimo, luminoso. Solo hay que atender a la evolución gestual que logra Soroiz, desde la tensa incomunicación festiva en Maspalomas hasta la relajación final, pasando, claro, por los silencios del tramo central. Este último largometraje se relaciona con una cierta tendencia del cine español: la necesidad de comunicación y expresión como epicentro dramático que conduce a una puesta en escena del silencio y de la palabra. Este es el hilo que une a películas tan dispares como Los Destellos, Salve María, Polvo Serán o las películas de Carla Simón, un extenso grupo al que ahora se une Moriarti.

Vicente necesita expresarse homosexual; contarse a sí mismo así. No se refiere a que, en círculos concretos pueda hacerlo («Maspalomas es un gran armario»), sino que pueda hacerlo en todos sus términos, en su tierra, con su hija, con su nieto, con Xanti, con sus compañeros de residencia. Moriati escriben y dirigen este melodrama con austeridad y contención, sin en ningún momento buscar meter el dedo en el ojo del espectador para que se harte a llorar. Necesita asumirlo y verbalizarlo. La palabra como espejo, la etiqueta como liberación. Es en esta último contradicción donde entronca con esas imágenes finales, en las últimas horas antes del confinamiento de 2020. Pese a volver a recluirse —en un momento histórico donde la fragilidad y la fuerza de las relaciones interpersonales y su comunicación quedaron expuestas—, la imagen final, con los destellos marinos y el aire que aporta un cuadro cada vez más amplio y depurado de elementos. Pese a todo, Vicente es libre.

Y con esa imagen llegamos a los dos últimos puntos a tratar en este texto. Por un lado, su formalismo engañoso. La imagen de Maspalomas participa de un estilo ya consolidado por el colectivo, pero también por algunas de las obras vascas de los últimos años. El cine de Alaúda Ruiz de Azúa o de David Pérez Sañudo surgen de un punto similar. La primera capa es la del realismo, la de la transparencia visual sin que haya grandes alardes lumínicos, cromáticos o compositivos que llamen la a tensión sobre sí mismo; sin embargo, a poco que se rasca esa superficie, se deja entrever una que nada tiene que ver con el realismo, más de prosa o más poética.

En el caso de los Moriarti está a medio camino: la voluntad narrativa se da la mano con algunos apuntes poéticos y, por encima de todo, con una carga ensayística importante. Su vocación temática no solo crece en horizontal (aportando matices a un mismo asunto), sino que se desglosa en vertical a través de diferentes capas: la estrictamente narrativa, aquella que otorga significado a través de las acciones de sus personajes y presentación de un determinado orden; la visual, aquellas metáforas visuales, juegos cromáticos y, en definitiva, la explotación de los recursos cinematográficos; y la contextual, aquella que permite a la realidad introducirse en el ámbito de la ficción. El COVID-19 o la mención de VOX (¿la primera del cine español?) participan de un juego de espejos que se aleja del realismo al subrayar el carácter artificial de la cinta. También del sentido habitual en la relación realidad/ficción, es decir, convertir la realidad en ficción cuyo epítome es la frase «basado en hechos reales»; aquí, hay una ficción que se acerca a la realidad, algo que ya habían ensayado con una madeja más compleja en Marco. Y este es el segundo gran hallazgo formal de Maspalomas.

Un año más, una película más, los Moriarti siguen mostrando una senda a caminar. A medio camino entre lo autoral y lo industrial, entre lo colectivo y lo individual, entre los personajes y la realidad, entre el silencio y la palabra. Maspalomas continúa dando capas de barniz a los temas que obsesionan Jose Mari Goenaga, Aitor Arregi y Jon Garaño, capaz de encajar con todos sin comprometer sus intereses profundos. Y, por si fuera poco, sus personajes empiezan a ver la luz. Poco no es.


Título original: Maspalomas Duración: 115 min País: España Idioma: Euskera, castellano Dirección: Aitor Arregi, José Mari Goenaga Guion: José Mari Goenaga Productores: Ander Barinaga-Rementeria, Xabier Berzosa, Fernando Larrondo, Ander Sagardoy, Begoña Alonso Fotografía: Javier Aguirre Montaje: Maialen Sarasua Oliden Música: Aránzazu Calleja Intérpretes: José Ramón Soroiz, Kandido Uranga, Nagore Aranburu, Zorion Eguileor, Kepa Errasti.

Sinopsis: Tras romper con su pareja, Vicente, de 76 años, lleva la vida que le gusta en Maspalomas: su día a día lo pasa tumbado al sol, de fiesta y buscando el placer. Un accidente inesperado le obliga a regresar a San Sebastián y a reencontrarse con su hija, a quien abandonó años atrás. Vicente tendrá que vivir en una residencia donde se verá empujado a volver al armario y a ocultar una parte de sí mismo que creía resuelta. En este nuevo entorno, Vicente deberá preguntarse si aún está a tiempo de reconciliarse con los demás… y consigo mismo.


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