Chip y Chop: los guardianes rescatadores

Ficha técnica:

Título original: Chip ‘n Dale:

Rescue Rangers

Director: Akiva Schaffer

Duración: 95 min

País: Estados Unidos

Idioma: Inglés

Intérpretes: Andy Samberg,

John Mulaney, Will Arnett,

J.K. Simmons, Eric Bana, Seth

Rogen, Flula Borg Dennis Haysbert

The Walt Disney Company

Sinopsis: Treinta años después de sus aventuras originales, Chip y Chop viven en Los Ángeles entre dibujos animados y humanos. Chip lleva una vida rutinaria y hogareña como vendedor de seguros, mientras que Chop se ha hecho la cirugía 3D y se dedica a explotar la nostalgia de convención en convención, desesperado por revivir sus días de gloria. Cuando un antiguo compañero de reparto desaparece misteriosamente, Chip y Chop se ven obligados a recuperar la amistad perdida y a hacer de detectives una vez más como Guardianes Rescatadores para salvar a su amigo.

Crítica

Chip y Chop: los guardianes rescatadores no es ¿Quién engañó a Roger Rabbit? La cinta de las dos ardillas fluye entre el homenaje y la (auto)crítica, entre el metacine y el pop, mientras aúna códigos del cine detectivesco y la animación. A simple vista es una película bien lograda, en especial por su complejidad referencial; sin embargo, escudándose en la parodia, sostiene un discurso cínico e hipócrita.

En primer lugar, la animación deja bastante que desear, comenzando por la pobre integración con la iluminación de la escena. El poco cuidado en este apartado devalúa la película, en tanto pretende alabar su industria, su origen y la evolución de sus estilos. La compañía del ratón, que dio sus primeros pasos en el 3D con Chicken Little (2005), se despidió de la técnica tradicional que le dio la gloria con Winnie de Pooh (2011); en la actualidad, desde la irrupción de Pixar, la animación generada por ordenador es lo que se demanda y a lo que tiende el producto en cuanto a largometraje y Disney no iba a ser menos. En este rescate y (supuesto) homenaje de diferentes personajes y estilos de animación y en la (supuesta) crítica que lanza a la estandarización de las formas, Chip y Chop resulta incoherente. Los dibujos, que deberían ser tradicionales, recurren al cel shading (técnica de renderizado digital que imita los dibujos manuales a través de un sombreado plano de figuras 3D); en otras palabras, un atajo que recorta en gastos para obtener un producto falseado que poder vender desde su superficie —sin respetar la animación ni al producto ni al espectador. Se critica la estandarización de las formas, pero todo es 3D; se critica el 3D, pero aquello que debería ser tradicional se hace con un trampantojo digital.

Siguiendo esta línea, Chop, condicionado por la industria y sus tendencias —al igual que la franquicia—, parece estar en lo que los mortales denominamos la crisis de los 40. La ardilla de nariz roja ha pasado por quirófano para parecerse a los dibujos actuales y conduce un descapotable tamaño persona, como una vieja gloria en búsqueda de las miradas que recibía. Hollywood siempre ha mostrado una obsesión por la juventud y con estos compañeros animados la historia se repite, siendo el progreso de la animación —que conlleva olvidar sus orígenes— la traducción del rechazo hacia la madurez y la presión de los actores a conservarse jóvenes. 

Esta juventud exigida por la industria, la encontramos no solo en Chop, si no en el villano de la película. Bobby Driscoll es un juguete roto de la industria cinematográfica, aquel a quien se le vendió el éxito y aquel a quien se desechó sin pensarlo dos veces: niño actor que trabajó en varias películas de la compañía Disney, entre ellas La isla del tesoro (1950) y la voz de Peter Pan en Peter Pan (1953). Tras el doblaje de ese niño que no quería crecer, Disney lo abandonó y, dándose de bruces con la realidad, tuvo que crecer de golpe. Como muchos actores jóvenes salidos de la franquicia Disney, su relación con la empresa tuvo duras repercusiones en su salud mental y física; Driscoll se convirtió en un adicto que murió con tan solo 31 años. El Pete de Chip y Chop no es Peter Pan, es Bobby Driscoll, y por su trágica historia resulta chocante que sea un personaje completamente negativo. Se le coloca en el papel del villano, sin mucho respeto y otorgándole un tratamiento mínimo, cuando el verdadero villano de la película es la industria y la propia compañía. La decisión, si bien interesante en papel, resulta macabra y carente de ética en su desarrollo.

En la película también se incide en la industria de los remakes, los reboots y los crossovers, cuestionando la originalidad de los productos y reclamando la heterogeneidad y diversidad de los productos cinematográficos; sin embargo, no solo hacen en el mismo tipo de ficción referencial que ponen en entredicho, sino que borran del homenaje a las producciones independientes. La industria es Hollywood y Hollywood es el cine. Una visión un tanto reduccionista y monopolizante para alguien que reclama diversidad. Del mismo modo, se denuncia la piratería y el plagio de los productos, recordando esas recreaciones calcadas de las películas Disney; pero no se siente tanto como un cuestionamiento de la falta de la originalidad, sino que esconde una visión mucho más capitalista: el robo a la compañía. Además, el foco de las bromas recae en productos antiguos de Disney o en personajes de otras compañías, preocupándose por no manchar su imagen corporativa.

La película de animación es perfectamente disfrutable en su superficie: es entretenida y plantea temas potentes que son acompañados por un festival de referencias. Pero es una obra incoherente y problemática. No termina de posicionarse de forma clara y demuestra poco respeto por los productos que supuestamente homenajea. Sin la cabalgata de cameos, la película pierde gran parte de su valor. Tanto por ese factor nostalgia como por las cuestiones que trata, una cosa debe quedar clara: Chip y Chop no es una película para los más pequeños de la casa. No nos dejemos engañar por su calificación de edad, solo es otra muestra más de la hipocresía de la película. Chip y Chop demuestra la condena de una sociedad contemporánea que se ve obligada a seguir las leyes y tendencias que ella misma juzga, recurriendo descaradamente a lo que se dirigen sus propias críticas. Disney, bajo una careta de (auto)crítica, sigue recurriendo y perpetuando sus métodos abusivos y lucrándose de ellos.

The Walt Disney Company

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