Estrenada de tapadillo el pasado viernes 22, Tregua(s) es el debut en el largometraje del dramaturgo Mario Hernández. Con una clara herencia del teatro —la película no deja de ser una obra de cámara, con dos personajes encerrados en pocas localizaciones—, el cineasta manchego cuenta la historia de una actriz y un guionista que tienen una historia de amor de más de una década; intermitente, eso sí, pues sus vidas «oficiales» no les permiten estar juntos. La cara visible del proyecto son dos rostros que han ganado mucha relevancia en la última década en la industria española: por un lado, Bruna Cusí, ganadora del Goya por Verano 1993, y que este mismo año ha estrenado también (también en el festival de Málaga) el estupendo thriller internacional Upon entry. Por otro, Salva Reina, actor conocido por su vis cómica que en los últimos años se ha embarcado en dos aventuras: el drama y la producción.
Pregunta: ¿Por qué Bruna Cusí? ¿Cómo llegas a la conclusión de que dos actores de registros tan distintos podían encajar?
Salva Reina: La pregunta, primero, es: ¿encajamos?
P.: Perfectamente. Yo he visto una pareja.
Mario Hernández: No es una conclusión. Es directamente un «¿por qué no?». Luego, me alegra que me digas que has visto una pareja, que te ha convencido y te ha funcionado. Pero que de entrada te choque, creo que además funciona a favor de una película. Estamos hablando de dos personas que tienen una relación de diez años, pero que no son pareja. Por algo será. Tienen que ser muy distintos, tienen que querer cosas diferentes, tienen que tener diferentes maneras de afrontar la vida porque, si no, serían pareja. Y no lo son. Entonces creo que funciona muy a favor de la historia: a priori te hemos ganado con una serie de prejuicios jugándolos a nuestro favor de que son personajes muy distintos. En ese sentido, es una cosa que tienes preestablecida; pero es como cuando juntaron a Shirley MacLaine con Jack Lemmon en El Apartamento, cuando hasta ese momento Jack Lemmon solo había hecho comedias y Shirley MacLaine solo había hecho dramas; y luego en su carrera está todo mezclado. Son inmensos actores, como lo son Salva y Bruna. Así que, ¿por qué no? Me parece más interesante que una ecuación, una fórmula que sabes que te va a funcionar. Vamos a darle una vuelta, ¿no?
P.: ¿Y cómo te sentiste? ¿Cómo alcanzaste ese equilibrio entre comedia, drama y romanticismo?
S. R.: En los ensayos, a parte de trabajar en nuestro personaje, en el guión, en la veracidad de la pareja, una de las claves fue encontrar el tono. El tono que [él] quería, el tono de realidad, el tono de hasta qué punto es comedia, hasta qué punto filosofía hasta qué punto romanticismo. Y que pareciera real. No. Que fuera real. Porque en la vida tienes momentos de desencuentros, de encuentros, de declaraciones, de intenciones, de silencios, de amor, de pasión, de tocarse,… y la película, estábamos los tres de acuerdo, queríamos que respirase mucha realidad. Ese era el trabajo y lo que intentamos hacer.
P.: Tregua(s) es una obra de cámara, con dos actores y un puñado de localizaciones. ¿Cómo afrontataste la planificación?
M. H.: Sí que es verdad, como tu dices, al haber pocas localizaciones tienes que aprovechar los recursos que te ofrece el lenguaje cinematográfico y utilizarlos para ampliar la narrativa de lo que estás contando. Y, en ese sentido, no hay que hacer mas que plagiar a los mejores y ver que si ellos establecieron unas reglas de narrativa cinematográfica con los planos es una realidad. Es porque eso cala en el espectador, en quien lo está viendo. Le está influyendo cuando tu unes a los personajes en un plano, los separas y por qué. No es algo que se razona cuando lo ves, pero sí es verdad que lo sientes. Y era muy bonito jugar eso a favor, porque, al final, tienes a los personajes en la terraza de una piscina, pues vamos a jugar esa piscina, esas distancias, esos acercamientos entre ellos. Y, sobre todo, no vamos a ser superficiales de cuando los unimos y cuando los separamos; que nada sea gratuito.
P.: ¿Cuánto había de ti en ese personaje?
S. R.: Creo que la magia y lo complicado es que parezca que hay mucho de mi. Era completamente Edu, para nada soy yo. Evidentemente pasa por mi y las sensaciones soy yo el que las está ejecutando, entonces siempre te recuerda a… Siempre lo comparo, valga la comparación, con un cuadro. Tú ves un cuadro y dices «esto es un noséqué», porque reconoces el trazo. Al final, soy yo el que está hablando. El tono de voz, la forma de hablar, los gestos te puede recordar a mí. Sí es cierto que lo mismo este es uno de los personajes más cercanos a mí, como Salva, que yo haya podido hacer, pero también te puedo asegurar que ahí radica una complejidad muy grande. Lo mas cercano a ti es lo más complicao’.
P.: ¿Cómo es su faceta de productor?
M. H.: Para mí, maravilloso. Me ha producido una película, entonces me parece fantástico (risas). En ese sentido, al haber producido, tiene una carga más autoral en la película. Lo que en EEUU sería un productor ejecutivo. Forma parte de levantar el proyecto, un tinglao’ en el que he entrado ni quiero entrar. Pero sí es verdad que, al estar él desde el principio, es más normal que la sienta como suya, que tenga una autoría como la tienen muchas películas de productores, que tienen ese sello de los productores. Pero yo con quien más he trabajado ha sido con el Salva-actor. Sí es verdad que, en rodaje, estaba pendiente de que el equipo estuviese a gusto y que todo estuviera bien. Pero eso creo que el Salva-actor lo hace de normal, no creo que fuera su chip de productor. Creo que, como compañero y como amigo en un rdoaje, lo haría exactamente igual. Si lo que esperas es una historia de gritos, no la vas a encontrar (risas).
S. R.: Aquí se juntan dos cosas. Primero, que se rodó mucho en Málaga. Es mi ciudad y me sentía anfitrión y responsable todo el mundo estuviese a gusto en mi pueblo. Y, por otro lado, es la segunda peli que hacemos junto a Sierra Gador —la primera es Isóceles (2022)— y nosotros desde producción, tanto yo que soy la figura más visible como mi socio, nos gusta darle libertad a los creadores. Queremos ser unos productores que nos inmiscuyamos poco en la libertad creadora, que entendemos que la tiene quien lo ha concebido. Con todos los problemas, que ello conlleva (risas). E intentando en los dos proyectos que he montado que, en el momento en que yo me pongo a jugar, bajarme de de todo eso. Para eso tengo unos socios para decirles «ahora yo me bajo aquí y ahora me concentro en jugar». Intento separarlo porque si no es una dualidad que es muy complicada de llevar.
P.: ¿Por qué el Festival de Málaga?
Creo que juega a favor de los personajes, de mentiras y desengaños. Ella es actriz, se dedica a hacer personajes de ficción; él es guionista, escribe personajes de ficción; y lo que están haciendo ese día entre ellos es una especie de ficciones de sus vidas. Y terminas planteándote si era auténtico; o incluso si ellos lo saben. En ese sentido, el mundo, que se podría haber ambientado en otra profesión, que podría haber sido una escritora y un editor, pero el mundo del cine te añadía esta dualidad y este juego de espejos, reflejado en los espejos de la película. Y sí añadía esta máscara que ellos se ponen.
P.: Solo al final vemos a las parejas de los protagonistas y te deja un sabor agridulce…
S. R.: Creo que es un acierto, sí. Es bonito, porque empatizas primero con los personajes de la película, que no están haciendo lo que se supone moralmente correcto y cuando ya parece que está todo bien, de repente, los ves en su vida diaria. Y lo que estamos acostumbrados a ver es «estoy mal en mi casa y me he buscado una vía de escape»; aquí no, en tú casa estás bien, la cosa no está mal, ¿eh? Y, bueno, no quiero hacer mucho spoiler, pero te deja como un sabor agridulce, amargo, que al fin y al cabo es un poco el trago que también están tragando ellos. El espectador ha sido partícipe de todo ese día de encuentros, desencuentros, intimidad, jolgorio, tristeza y recuerdo. Ellos mismos tragan un trago agridulce y el espectador también. Y es bonito.
