Con las excepciones de Blue Lights o la recién acabada Happy Valley, pocos procedimentales han conseguido establecerse internacionalmente como Slow Horses, que estrena su tercera temporada en dos años. La serie de Will Smith juega con relativa ventaja: su reparto liderado por Gary Oldman y Jack Lowden, la distribución de Apple TV, el tema musical cantado por Mick Jagger, las conocidas novelas de Mick Harron que adapta,… Y, sin embargo, ninguna augura nada, como bien revela su éxito, tímido, más a nivel crítico que de público. Más allá de la infraestructura del gigante tecnológico, que siempre ayuda, en el fondo, son la notable escritura depurada —6 episodios de 40 minutos en los que apenas hay «relleno», solo una inteligente trama llena de giros y humor negro— y sus excelentes personajes —elevados por unos intérpretes entregados a la causa— las razones por las que este thriller de espías que no inventa nada viaje tan bien.
En esta tercera temporada, los habitantes de Slough House deberán, otra vez, reparar los errores y los juegos de la cabeza del M15, al tiempo que el pasado de Jackson Lamb volverá a como tema de fondo, todo ello detonado por un supuesto «suicidio» de una agente tras una persecución en Estambul y el secuestro de Catherine Standish. Con el asesinato de agentes propios como telón de fondo, Will Smith y su mesa continúa indagando en alguna de las pobrezas morales de los servicios de inteligencia (británicos, porque la serie es británica, pero cualquiera), aunque sin alcanzar la contundencia discursiva del género negro; en su lugar, prima en todo momento la escritura y sus engranajes; ni siquiera la voluntad de estilo parece tener un espacio claro, con una puesta en escena notable, pero que queda «relegada» a la ilustración del texto. En ese sentido, cualquier crítica política que se cuele es bienvenida por los guionistas, pero siempre al servicio de su estructura. Pero, como decíamos, no estamos aquí por eso, estamos aquí por los personajes.
Ya no sorprenden las capacidades y la inteligencia de Lamb, pero su escatología, su sarcasmo inglés y su relación ambigua con sus compañeros siguen siendo algunas de las claves de la serie que mejor funcionan. Más allá del personaje interpretado por Gary Oldman, las otras dos claves de la serie están en Standish y River Cartwright. De la primera extraemos el tema. Como aprendimos en la anterior temporada, su marido, durante la Guerra Fría, pudo ser asesinado por otro agente del M15, quizá por Lamb; es decir, en última instancia, lo que está en juego es la relación sobre la que se sostiene Slough House. Con Cartwright, asistimos a un Sísifo que tiene que aprender cuál es su carga y cómo abandonarla. Él es el arquetipo del héroe clásico, de alguien que quiere redimirse y/o salvar el mundo, y, con la frustración de todos sus planes e intenciones, la serie encuentra una de sus minas de oro emocionales. El resto, como suele ser habitual, queda en último plano, sin mucho espacio para el desarrollo, con la excepción de Louisa, cuya subtrama está marcada por el duelo, pero absolutamente necesarios para el devenir de la trama. Con un argumento más inclinado hacia la acción física que al suspense intelectual y con una estructura capitular más marcada, sigue sorprendiendo y emocionando. No solo mantiene el nivel de las temporadas anteriores, sino que la inminente retirada de Gary Oldman —el actor anunció que Jackson Lamb sería su último personaje— genera un contexto lúgubre que, no obstante, resalta contra una interpretación absolutamente entregada al placer y a la diversión, que se contagia al resto de intérpretes y de departamentos y termina por dar un vitalismo a la serie que, a su vez, contrasta con el contexto moribundo del género y el formato.
En un mundo donde las clases medias están desapareciendo, cabe preguntarse cuál es el futuro de estos procedimentales que, sin gran ambición, logran un producto tan artesanal como la industria se lo permite. Ya en la segunda temporada, que adaptaba Dead Lions, se invocaban los fantasmas de la Guerra Fría, como si fuese un peaje necesario para reanimar a un género cuya época de gloria fue otra. En un tiempo donde James Bond e Ethan Hunt están a puños con sus pasados y sus posiciones en el mapa contemporáneo, quizá esta visión escatológica y grotesca del espionaje pueda servir como bálsamo temporal. Que estos caballos lentos no se desfoguen.
Título original: Slow Horses Duración: 6 x 40 min País: Reino Unido, Estados Unidos Idioma: Inglés Dirección: Saul Metzstein Guion: Will Smith, Jonny Stockwood, Mark Denton, adaptando la novela ‘Real Tigers’ de Mick Herron Productores: Jane Robertson, Nicky Earnshaw, Hakan Kousetta, Jaime Laurenson, Gail Mutrux, Emile Sherman, Will Smith, Douglas Urbanski, Graham Yost, Julian Steves Fotografía: Danny Cohen Montaje: Zsófia Tálas, Sam Williams Música: Daniel Pemberton, Toydrum Intérpretes: Gary Oldman, Jack Lowden, Kristin Scott Thomas, Rosalind Eleazar, Saskia Reeves, Christopher Chung, Chris Reilly, Aimee-Ffion Edwards, Kadiff Kirwan, Freddie Fox, Jonathan Pryce
Sinopsis: Un romance en Estambul amenaza con exponer un secreto enterrado del M15.

El corazón de la serie son sus personajes tridimensionales y sus atípicas relaciones; es, actualmente, mi serie favorita.
Solo un par de acotaciones a tu reseña: es MI5 no M15; por otro lado, el agente cercano a Standish que fue asesinado, no era su marido, sino su jefe.
Ojalá tengamos muchas más temporadas de esta joya de serie.
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