Crítica ‘Secretos de un Escándalo’

Puntuación: 5 de 5.

Durante las entrevistas con la prensa para promocionar la película, la actriz y productora —y a veces directora— Natalie Portman reveló que cuando llegó a sus manos el guion de la debutante Samy Burch, cuando buscaba una propuesta cinematográfica para su primera incursión en la producción cinematográfica, descartó de inmediato la posibilidad de dirigir ella misma la película: sólo se le ocurrió una opción para el trabajo, Todd Haynes. Este gesto denota mucho más que una simple predilección personal, sino más bien revela el reconocimiento que goza Haynes en la industria como uno de los pocos directores estadounidenses de la actualidad con la sensibilidad adecuada para tratar esta trama con el grado necesario de ambigüedad y complejidad.

Desde Poison (1991), una de las obras seminales del Nuevo Cine Queer, hasta Safe (1995), Lejos del Cielo (2002) y Aguas Oscuras (2019), el director siempre ha mostrado una mirada muy incisiva sobre la sociedad estadounidense, ya sea contemporánea o de posguerra, y sus idiosincrasias. No en vano es heredero de una tradición cinematográfica del melodrama que se remonta a los clásicos de Douglas Sirk, y con una gran influencia del enfoque posmoderno de Fassbinder y de los estudios de las teorías feministas y marxistas, que han cambiado la forma de ver este género desde un punto de vista crítico. Haynes se apropia del ethos melodramático y lo actualiza desde un enfoque formalista, que representa la realidad y al mismo tiempo revela los mecanismos de la propia representación.

Secretos de un Escándalo es, sin duda, un punto de inflexión, tanto en la carrera del director como para el melodrama norteamericano contemporáneo, en la medida en que éste trabaja con los elementos clásicos del género y los actualiza con un comentario mordaz sobre las nuevas relaciones que se establecen con la imagen como representación de una realidad, la contemporánea, cada vez más constituida por imágenes. Partiendo del meta-comentario de la narrativa de Samy Burch y Alex Mechanik, de una actriz que viaja a una típica zona suburbana norteamericana para estudiar a un personaje real al que interpretará en un telefilme al auténtico true crime, el planteamiento del director se orienta a elevar a la máxima potencia los elementos temáticos implicados.

El true crime es hoy la derivación más popular del melodrama. Con cientos de telefilmes y series inundando cada año los canales de televisión y los catálogos de streaming de todo el mundo, este subgénero continúa despertando el interés masivo del público. En el corazón de esta atracción por las narrativas de crimen y castigo está la misma relación masoquista (del melodrama) de ver a un personaje que se desvía de la norma sucumbir impotente a la opresión y a las limitaciones de la sociedad. Haynes se apropia entonces de una estética muy característica del telefilm, a primera vista acartonada, anticuada y exagerada, para construir un discurso sobre este mismo régimen de imágenes. Un discurso cinematográfico en el que la posición de la mirada y la posición del espectador son primordiales.

La película se inicia con los créditos de apertura superpuestos a planos macro de mariposas saliendo de sus capullos en medio de un follaje distorsionado por el efecto de la lente. La tipografía vaciada permite que los créditos se fundan y camuflen con el entorno. Esta secuencia resume perfectamente el tema de la película: la tarea de construir la propia imagen, una apariencia social, a la que cada personaje está sometido sin escapatoria. Elizabeth Berry, interpretada por Natalie Portman, es la protagonista que mueve la trama, una actriz en busca de un papel que impulse su carrera y la lleve al lugar de prestigio que ha trabajado toda una vida para conseguir. Para ello, visita a la pareja Gracie y Joe como parte del proceso de construcción del personaje de Gracie para una película sobre la relación prohibida e ilegal entre ambos veinte años antes, cuando él era un adolescente de trece años y ella ya una mujer adulta.

Elizabeth se adentra en la vida de la pareja con un afán casi documentalista, preocupándose de estudiar minuciosos detalles como la forma en que Gracie se maquilla o visitando el trastero de la tienda de animales donde ambos mantuvieron su primera relación sexual. Gracie, por su parte, se protege del mundo y de las intromisiones de Elizabeth y de la prensa rosa, construyendo una versión de sí misma especialmente para esa mirada externa y moldeando la vida a su alrededor según sus necesidades para sobrevivir en un mundo que nunca ha sido especialmente generoso con ella. Julianne Moore interpreta magistralmente a Gracie, utilizando una serie de manierismos y acentos que la convierten en un objeto intrigante para la atenta mirada de Elizabeth. Completando el trío de protagonistas, Charles Melton encarna a un perfecto héroe melodramático: vulnerable, acostumbrado a una vida que se le impone, aplastado por el peso de una madurez y de un rol patriarcal que llegaron antes de tiempo.

Siguiendo el proceso de transformación de Elizabeth en Gracie, la narración se estructura como una cebolla, que se va pelando capa a capa, desmontando etapa tras etapa, en busca de una verdad esencial. Sin embargo, a medida que nos acercamos a lo que parece ser el meollo, sólo nos encontramos con la revelación de los mecanismos que conforman esta imitación de la vida. La única verdad es que participamos en una imitación de una imitación, en un fraude de un fraude. Esto nos enfrenta a una cuestión casi metafísica: la principal característica del melodrama es la existencia de una polarización moral que ordena el universo diegético. Los polos de este enfrentamiento se definen simplemente entre la transparencia y la opacidad, definiéndose los personajes «buenos» por la sinceridad y la fidelidad a sus verdades interiores, y los «malos» por la hipocresía, la falsedad y el engaño. Entonces, ¿cómo resolver la polarización moral de un melodrama en el que la regla impuesta a todos los personajes es llevar máscaras sociales y guardar secretos?

La propuesta de Todd Haynes es muy concreta: al introducir al espectador en el dispositivo de la representación, la polarización moral traspasa los límites de la narración y empieza a contraponer directamente a los personajes con el espectador y sus deseos masoquistas. El espectador se enfrenta a su propia maldad, y a la falta de respuestas simples y directas a a través de una cámara que nos sitúa repetidamente en un punto de vista de identificación directa con los personajes que nos miran directamente a los ojos. Como si se miraran en un espejo.


Título original: May December Duración: 117 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés Director: Todd Haynes Guion: Samy Burch, Alex Mechanik Productores: Natalie Portman, Sophie Mas, Christine Vachon, Pamela Koffler, Grant S. Johnson, Tyler W. Konney, Jessica Elbaum, Will Ferrell Fotografía: Christopher Blauvelt Montaje: Affonso Gonçalves Música: Marcelo Zarvos Intérpretes: Natalie Portman, Julianne Moore, Charles Melton, Cory Michael Smith, Elizabeth Yu, Gabriel Chung, Piper Curda, D. W. Moffett, Lawrence Arancio.

Sinopsis: En su lecho de muerte, su alteza real Alfredo, rey sin corona, regresa a lejanos recuerdos de juventud y a la época en la que soñaba con ser bombero. El encuentro con el instructor Afonso, del cuerpo de bomberos, abre un nuevo capítulo en la vida de los dos jóvenes inmersos en el amor y el deseo, y suscita su voluntad de cambiar el status quo.


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