Crítica ‘Daniela Forever’

Tras una larga espera, Nacho Vigalondo ha vuelto al territorio del largometraje. Y lo hace con una película que es muchas cosas y ninguna. Una historia incomprensible; o quizás demasiado familiar. Una rareza que quizás necesite de algún tiempo para contradecir una primera impresión nada halagüeña.

Y es que su última propuesta parece un compendio de lo mejor de su cine, pero bajo una apariencia algo caduca o quizás demasiado adelantada a su tiempo. Un mejunje que resulta difícil de procesar por lo que tiene de obvio o, quizás, porque, en esa aparente obviedad, se esconden trazas de un sabor y aroma visionarios, en tanto que su aparente torpeza quizá deba entenderse también desde una óptica camp. Como si pudiéramos estar ante una obra carne de culto en años venideros. O no. Una película cuya calidad todavía permanece en el ámbito ambivalente de Schrödinger, y que necesitará del paso del tiempo para determinar si supera o no la prueba del algodón.

Conviene no desvelar muchos detalles de la trama, aunque adelantaremos que esta discurre en gran medida dentro de la mente de nuestro protagonista, Nicolas (Henry Golding), cuya vida da un vuelco tras perder a Daniela (Beatrice Grannò) y que pronto se verá sumido en una profunda depresión. Hasta que un día, su amiga Victoria (Nathalie Poza) le habla de un método con el que ella logró lidiar con una pérdida, un ensayo clínico experimental que le permitirá adentrarse de lleno en el mundo de los sueños lúcidos y retomar, así, lo mejor de su malograda historia de amor con aquella chica italiana a la que conoció una noche de fiesta.

Una vez más, el nominado al Oscar nos habla de una crisis de pareja en el marco de la ciencia ficción. Si en Los cronocrímenes (2007) el marco escogido eran los viajes en el tiempo, en Extraterrestre (2011) todo transcurría en el contexto de una invasión alienígena, y en Colossal  (2016) el conflicto amoroso tenía como telón de fondo el género de monstruos kaijū, aquí la cosa está ambientada en el fascinante universo de los sueños lúcidos.

Y entramos en el territorio de Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997), que es a su vez el territorio de Desafío total (Paul Verhoeven, 1990), pero con las gotas algo más contemporáneas de ¡Olvídate de mí! (Michel Gondry, 2004) o, incluso, de Inland Empire (David Lynch, 2006) o Cerrar los ojos (Víctor Erice, 2023) en el apartado visual. Aquí, el de Cabezón de la Sal es capaz de pasar de Amenábar a Erice en un abrir y cerrar de ojos, mientras establece, de paso, un diálogo entre el feísmo de sus primeros cortometrajes amateur en Mini DV y la calidad en la factura técnica de sus películas dentro de la industria. 

Utilizando la estética de vídeo analógico en formato cuadrado para mostrar la cruda (y fea) realidad a la que se enfrenta Nicolas en su día a día,  y una imagen más estilizada, e incluso publicitaria, para dar vida al mundo onírico en el que este busca refugio, Vigalondo parece aderezar su eterna obsesión por las relaciones de pareja con una artillería cinematográfica impropia de él. Así, echando mano de todo recurso estilístico a su alcance, y llegando a tomar prestados hallazgos visuales de un realizador tan en las antípodas como podría ser Christopher Nolan, el cineasta toma ideas de Origen (2010), quizás tratando de resignificar la autoconsciencia de la cinta épica liderada por Leonardo DiCaprio en clave de parodia, quizás a modo de burda y desinflada copia.

Sea como fuere, la película resulta hipnótica incluso cuando fracasa, quizás, estrepitosamente. Avalada por una original trama que a los ojos y oídos de un espectador de cierta edad ya no lo es tanto, bajo el cobijo de una fascinante y repetitiva banda sonora a cargo de los catalanes Hidrogenesse, y en compañía de unos secundarios en estado de gracia (Rubén Ochandiano, Aura Garrido o la ya mencionada Nathalie Poza), que son los que dan calidad a la película, la nueva criatura del mediático creador cántabro consigue salvar los muebles al moverse en una delgada línea, quizás situándose en ese punto limítrofe de los 360°, donde algo llega a parecer tan insólitamente malo que acaba pareciendo bueno.

Merece la pena dejarse llevar por su trama —a veces sin rumbo alguno— y sus imágenes, ya que, a pesar de algunas imposturas visuales que dejan claro que Vigalondo quizá no pisa su propio terreno, dan buena cuenta de una ambición cinematográfica de la que hasta ahora solo cabía encontrar un ejemplo en la quizá fallida Open Windows (2014). ¡Quién sabe! Puede que, a pesar de todo, estemos ante un compendio de la obra anterior del cineasta y en punto de inflexión hacia un cine que busca la excelencia en lo formal y visual, una eterna cuenta pendiente para Vigalondo, que parecía desenvolverse con mayor comodidad en territorios más minimalistas e íntimos. 

De manera más o menos voluntaria, la película quizá esté llamada a ser otro de esos enigmas indescifrables que tanto gustan a cierto sector irredento de la cinefilia. Así lo confirma ese tramo final en el que es difícil encontrar algo a lo que agarrarse y que, como ya pasaba en la mítica obra de su amado Lynch Mulholland Drive (2001), pasado, presente y futuro parecen trascender el espacio-tiempo, desafiando toda lógica —al menos para el que la busque—. Muchas preguntas para la posteridad. Quizá sean los primeros trazos de un nuevo horizonte para un cineasta que se ha prodigado menos de lo deseable y que aún está esperando dar con ese proyecto que le dé ese lugar en el Olimpo cinematográfico patrio que, sin lugar a dudas, se merece. 


Título original: Daniela Forever Duración: 118 min País: España, Bélgica Idioma: Inglés Dirección: Nacho Vigalondo Guion: Nacho Vigalondo Productores: Todd Brown, Maxime Cottray, Nahikari Ipiña, Nick Spicer, Aram Tertzakian, Nacho Vigalondo, William Welsh, Leire Apellaniz, Benoit Roland Fotografía: Jon D. Domínguez Montaje: Carolina Martíenez Urbina Música: Hidrogenesse Intérpretes: Henry Golding, Beattice Grannò, Aura Garrido, Rubén Ochandiano, Nathalie Poza

Sinopsis: La vida pierde todo sentido para Nicolas con la pérdida de su novia Daniela. Un día es invitado a formar parte de un ensayo clínico que le permitirá controlar sus sueños y accede con la esperanza de recuperarse. Ahora Nicolás puede soñar con Daniela cada noche y reanudar su relación, más idílica que nunca. Aunque sea en sueños. Y corriendo el riesgo de perderse en ellos para siempre.


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