Entrevista a Belén Funes y Marçal Cebrián

Ha llovido mucho. Belén Funes y Marçal Cebrián me hablaron por primera vez de Los Tortuga en 2020. Fue en la presentación del DVD de La hija de un ladrón en Vídeo Instant. Me dijeron: «Estamos investigando».

La hija de un ladrón supuso un pequeño impasse para el cine español. Se confirmaba la llamada tendencia de las nuevas directoras en cierto cine independiente español: Belén Funes se convertía en la tercera directora consecutiva en ganar el Goya a Mejor dirección novel, tras Carla Simón y Arantxa Echevarría. Y la norma ya nos la sabemos: la primera piedra es una excepción maravillosa, la segunda también, pero en menor medida; en cambio, la tercera ya es una tendencia. Ya hay un patrón y, hacia un patrón, la mirada cambia. Y podríamos argumentar que la pieza fundacional —si es que hubo una— estuvo diez años antes, con Tres dies amb la familie, que desde entonces y hasta del estreno de Estiu 1993 en 2017, haya habido directoras y directores que encajarían temática y formalmente esa tendencia. Pero no ganaron tres Goyas seguidos. Belén Funes siempre ha mostrado sus dudas, tanto hacia esta llamada tendencia (que espera que no sea una moda y se convierta en una realidad) como hacia los detractores (la obsesión por la individualidad y la competitividad y el carácter negativo con el que se trata al grupo y a lo común).

Ahora, el 23 de mayo de 2025, Dunes y Cebrián regresan a las salas con Los Tortuga, una historia de juventud y espiritualidad, más ambiciosa y acaso más compleja; formalmente más contenida y silenciosa. Permanece, no obstante, esa mirada que mezcla arrojo, ternura, duda y miedo, que se abre desde lo individual hacia lo colectivo. Aunque aquella idea embrionaria, que surgió durante la pandemia y bajo un contexto de incertidumbre, ha evolucionado porque «hemos cambiado mucho. En ese momento teníamos una idea inicial, un punto de partida. Pero luego, lo que ha sido la peli… se cayeron personajes, el entorno cambió mucho. Es un proceso que yo creo que es natural. A medida que vas investigando, descubriendo cosas, se va ampliando el universo.», afirma Marçal Cebrián, co-guionista del filme.

Belén Funes recuerda: “Ha sido un proceso larguísimo, muy costoso. Una película muy difícil de sacar adelante. No pensaba yo que lo fuera a ser. Iba con otra idea completamente distinta”. Prosigue: «Escribir un guion en pandemia es una trampa. Cuando empezamos a escribir, pensábamos que esta película no se iba a hacer nunca. Yo tenía claro que el mundo podía cambiar radicalmente, y que mi forma de ganarme la vida sería más a través de plataformas que del cine de autor. Agarrarnos a este proyecto fue una manera de resistir. Pensábamos: si no lo conseguimos, al menos lo intentamos.»

Y termina por añadir la directora: «Es un guion de una arquitectura muy compleja porque conviven muchas cosas.» En parte porque «estamos acostumbrados a pensar que las películas no pueden contener universos distintos, pero a mí me gustan las que sí lo hacen.» Se refiere a la dualidad que se despliega entre Jaén y Barcelona —las mismas ciudades que en su ópera prima—, donde la comunión de la familia en el campo choca con el aislamiento de los personajes. Sobre esto, Funes apostilla: «En nuestro caso, entre Jaén y Barcelona construimos un espejo con una bisagra: Delia. Ella no está a gusto en ningún sitio, ni con su familia ni con sus amigas. Tiene un conflicto interno tremendo.» Al fin y al cabo, «lo íntimo está atravesado por lo político, y para mí eso era esencial. Si Delia y Anabel vivieran en la zona alta de Barcelona, el duelo sería otro.»

A Delia le da vida Antonia Zegers, a quien recientemente hemos visto encarnando a Jacinta Pinochet en El conde de Pablo Larraín. Escribieron la película para ella, una excusa para trabajar juntas. Eso sí, «escribir pensando en alguien le da más volumen al personaje. Tener presente su cuerpo, su voz, su forma de moverse… ayuda mucho.» Frente a las tablas de la actriz chilena, está Elvira Lara, una joven debutante que se carga a los hombros el peso de la cinta. «Fue muy fuerte. Ella entendió la responsabilidad y la asumió. Pero podía haber salido muy mal, porque era su primer rodaje. La encontramos en la calle, le hicimos muchas pruebas, pero no sabíamos qué iba a pasar. En el cine hay cosas imprevistas que le dan su magia. Yo tengo que aprender a rebajar el umbral de lo que puede salir mal.», asegura la realizadora.

Este duelo interpretativo alcanza su culmen, al menos para mi, en una conversación fija entre ambas. En Jaén. «Esa escena sí estaba escrita como un bloque narrativo. Era el primer momento donde descubrimos la otra cara de la historia. Veníamos de un mundo lleno de vida y familia, y ahí entramos en otra dimensión.» apunta Cebrián; Funes coge el testigo y desarrolla: «Queríamos hacer una película que solo pudiera ser una película. Siempre me pregunto por qué algo es cine y no una novela. ¿Qué tiene de fílmico? Queríamos que la imagen tuviera potencia. Con Diego, el director de foto, planificamos todo juntos. No solo ilumina, también piensa en el lenguaje visual. Por ejemplo, cuando aparece la muerte en la historia, la cámara se detiene. Esa escena en el hostal es la primera vez que se habla del conflicto del duelo. También dialoga con las fotografías —momentos congelados— como las del pasado y la despedida en el coche. Todo está pensado para generar líneas de diálogo visual. (…) Tiene que ver también con el cine de Bergman. Siempre hay una escena-bloque en sus películas.» Algo parecido ocurre con la primera escena, donde intentan «Intentar retratar la felicidad sin necesidad de mostrar sonrisas. Que esté en el encuadre, no en el gesto.»

Y ahora, para cerrar el círculo, llegamos al espinoso terreno de los referentes. Con La hija de un ladrón la prensa y el público crítico fuimos injustos y paternalistas al delimitarla a la sombra de los Dardenne; estaba clara esa herencia, pero también muchas otras (desde Andrea Arnold hasta Eric Rohmer) que el discurso público —ese mismo que habla de un cine actual homogeneizado— borróy homogeneizó. En el caso de Los Tortuga, más allá del ya mencionado Ingmar Bergman, nos confiesan que sí buscaron «ese aire de La Terra Trema o El árbol de los zuecos«.

Como corolario, y como leer y escuchar a esta pareja creativa, juntos o separados, siempre es un placer —y este junket de apenas 15 minutos ha podido profundizar en estas dos personas con un gran discurso—, me gustaría remitir al lector a un par de entrevistas más largas donde poder dialogar con la mirada de Funes y Cebrián.

  • La primera de ellas está en un libro. En septiembre de 2023, Carlos Losilla editó El cine deseado. 10 directoras españolas del siglo XXI donde recogía el testimonio de diferentes autoras españolas. Belén Funes está entre ellas. La conversación sobre las dudas y las pasiones con el crítico ocurrió un año antes, en septiembre de 2022, cuando aún estaban escribiendo Los Tortuga.
  • La segunda se publicó en el número 33 de la revista L’Atalante, dedicado a las cineastas españolas del siglo XXI, donde Funes repasa su trayectoria junto a Shaila García Catalán y Aarón García Serrano.
A Contracorriente Films

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