‘Weapons’, ‘Hal & Harper’ y ‘The Deep Blue Sea’

Weapons (Zach Cregger)

Hace unos años, Zach Cregger, que hasta entonces se había dedicado a la comedia, sorprendió a propios y ajenos con una de las cintas de terror de la temporada, Barbarian. Tras ese éxito entre la cinefilia joven, se le abrieron las puertas de Hollywood y nos trae su siguiente proyecto, Weapons, sobre cómo afecta a una comunidad la desaparición de todos los niños de una clase de primaria.

La gestión del punto de vista es más bien caprichosa y se basa casi exclusivamente en el manejo y ocultación de la información disponible al espectador. Los continuos saltos entre personajes resultan, en el mejor de los casos, golpes de efecto con los que lograr tensión —porque se logra— y, en el peor, expansiones vacías y redundantes sobre las historias de cada personaje. Además, cabe reflexionar por qué, en una película tan gobernada por las supuestas subjetividades, las imágenes más escalofriantes son aquellas que corresponden a las cámaras de seguridad, es decir, objetos inanimados sin punto de vista.

Quizá lo más decepcionante es la escasez de desarrollo temático. Se podría entender por el título, cierta parte de la sinopsis y una imagen poco sutil que estamos ante un comentario sobre los tiroteos en escuelas en Estados Unidos. Se genera un determinado sentimiento de desconcierto y fatalidad que sí podría remitir a la frialdad de cintas como Elephant (2003), pero que no termina de ser explorado más allá de la atmósfera. Las acciones de los personajes ni construyen ni destruyen, ni el baile de personajes tampoco aporta matices o visiones nuevas. Incluso el que parecía ser el móvil principal durante gran parte de la cinta (una venganza contra el bullying) termina derivando hacia otros lares, donde lo parasitario coge más fuerza.

Y, pese a todo, es una película a recomendar.

El principal motivo es el trabajo de Amy Madigan como la tía Gladys: su mera presencia desestabiliza compositivamente el plano y dramáticamente la escena.  Luego estarían sus fugas cómicas, que funcionan mejor que los momentos propiamente de terror o de suspense: que en todo el tercer acto, incluido el clímax, predominen las carcajadas lúdicas debería darnos una pista sobre dónde está el corazón de la película. En una hermosa contradicción. Y por último la propia puesta en escena de Zach Cregger: un trabajo con más estilo de lo habitual en el cine de género mainstream proveniente de las majors norteamericanas a medio camino entre la autoritis, el efectismo, el cuidado por el encuadre y la narración.

Hal & Harper (Miniserie, Cooper Raiff)

Cooper Raiff es el nuevo niño prodigio del cine independiente estadounidense. Más por niño (es de 1997 y ha estrenado dos largometrajes y una serie) que por prodigio. Su segundo largo fue un pequeño bombazo gracias a Sundance y Apple TV+, que compró los derechos de distribución. Su obra hasta la fecha ha versado en exclusiva sobre la juventud, vista a través de sus inseguridades, miedos y ansiedades.

Raiff, por tanto, se ha hecho un hueco a base de renovar la mirada sobre los afectos de la juventud del siglo XXI. Pero, a diferencia del público de los Phillipou, el norteamericano construye sobre los afectos de los jóvenes de su generación como de anteriores. Así, en Bailando por la vida (2022), se retratan tanto las ansiedades de un joven de instituto y las de una madre joven; en Hal & Harper se amplía el espectro para abarcar a una familia nuclear —hermano, hermana, padre (y madre ausente) y madrastra— que entra en crisis tras el anuncio de la venta de la casa familiar y de un hermanastro tardío; o mejor dicho, es la nueva forma que adquieren las mismas crisis de siempre.

Precisamente es la puesta en forma tanto del estancamiento temporal como de las distintas rimas y recaídas aquello que termina de diferenciar a la serie, tanto de otras propuestas similares como de la propia obra de Raiff. Los continuos insertos, cambios de tiempos y saltos entre líneas generan un totum revolutum que captura bien la ansiedad y la impotencia ante no poder dejar atrás los traumas del pasado.

Tanto Cooper Raiff (Hal) como Mark Ruffalo (el padre) están bien en sus respectivos papeles, como un adulto tan rebosante de inseguridades y dependencias que no deja de ser un niño pequeño y un padre viudo marcado por la muerte de su pareja y un sentimiento de fracaso en sus labores parentales; sin embargo, es Lili Reinhart (Harper) quien se lleva la palma. Su personaje es el corazón de la cinta. Ella es quién desea cambiar, superar los traumas; pero también el personaje más variado emocionalmente. Y Reinhart no sólo está a la altura, sino que eleva lo escrito. Con ella sentimos dolor, culpa, amor, ansiedad, soledad, tristeza, la importancia,… y lo sentimos porque su interpretación nunca se siente como tal, sino como un ataque de ansiedad o como una depresión.

Si bien se le pueden achacar cierta reiteración, falta de desarrollo o debilidad estructural, la realidad es que, en el fondo, el melodrama es el motor de la serie, encabalgando emociones opuestas hasta conseguir ese equilibrio tan difícil donde la esperanza y el amor conviven sin desactivarse con el dolor y la tristeza. Como la vida misma.

The Deep Blue Sea (Terence Davies)

Esta reseña va a ser breve porque actualmente ando dándole vueltas a un posible texto largo sobre el cine del recientemente fallecido Terence Davies, que ocupa un lugar particular en la cinefilia y la Historia del Cine, entre la admiración y el olvido.

The Deep Blue Sea, que se ha proyectado en Filmoteca Española dentro de la retrospectiva dedicada a Anatole Litvak, recupera la obra de teatro homónima de Terence Rattigan que ya adaptó el director rusoamericano en 1955. La obra de Terence Davies, claro, poco tiene que ver con el teatro ni con la película previa. Como será recurrente en su filmografía, The Deep Blue Sea solo responde a su propio universo estético y a su propia autobiografía.

A través de la historia de la soledad de una mujer casada enamorada de un joven ex-piloto, el realizador británico deconstruye el melodrama clásico anglosajón de los años 50. El de Douglas Sirk y Max Ophüls, el de David Lean. El de tantos otros. O quizá mejor dicho, lo radicaliza. Lo lleva hasta sus últimas consecuencias. El romanticismo idealista de aire trágico aquí se vuelve una tragedia causada por el choque entre el idealismo romántico y la realidad.

Crónica de una mujer encarcelada por sus propias pasiones y por una sociedad que la juzga, pero también testimonio de un mundo debilitado que aún necesita recuperarse del trauma de la Segunda Guerra Mundial. Baile de tiempos congelados. De pasiones latentes, trágicamente reprimidas.

Pocas películas más bellas que esta se han rodado —alguna podría haberla rodado el propio Davies, como El largo día acaba (1992)—. El cuidado a la hora de componer el cuadro, a la hora de dar textura a la luz, a la hora de hacer dialogar música e imagen, a la hora de elegir el momento idóneo para el corte, a la hora de mover con elegancia la cámara, a la hora de componer los gestos interpretativos y a la hora de encabalgar imágenes para generar una estructura más heredera de la poesía o la música que de la ficción tradicional da como resultado una obra delicadísima, tan frágil y hermosa como sus protagonistas.

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