‘A different man’, ‘Cuando nadie nos ve’ y ‘Memorias de un caracol’

A different man (Aaron Schimberg)

Una de las dos obras que han consagrado a Sebastian Stan tras su paso por el Universo Marvel, A Different Man, le consiguió, de hecho, el premio interpretativo de la Sección Oficial de la Berlinale 2024, mientras que The Apprentice permitió alcanzar la nominación al Óscar y al Globo de Oro. Las dos obras, que se emparentan a través de las transformaciones prostéticas, la sátira política y el absurdo, no podrían ser más distantes entre sí.

Con una estética heredera de los años 70, A Different Man está planteada como su fuese una producción de clase media de aquella época. Entre Polanski, Allen, Coppola, Lumet, Pakula o el Scorsese de ¡Jo, qué noche!, esta comedia negra donde el absurdo existencial de Kafka cobra fuerza —tragedia humana en términos clásicos— nos cuenta la historia de un hombre con neurofibromatosis y se enamora de su vecina y decide operarse para transformar su aspecto (hybris). Así comienza una historia llena de giros y angustias, donde el director, gracias a uno de los libretos más brillantes firmados en los últimos años, pone a prueba la empatía, pero también los paternalismos del espectador. Juego de máscaras que se caen y se ponen, donde la cuestión del monstruo se pone en duda, como ocurría en La Parada de los Monstruos de Tod Browning, y donde tanto Sebastian Stan como Adam Pearson brillan en su choque de caracteres. Comedia triste o tragedia divertidísma que, pese a algunos asteriscos (el olvido de lo colectivo en pos de la culpa individual, cierta predilección por el status quo), merece mucho la pena recuperar.

Vértigo Films

Cuando nadie nos ve (Miniserie, Daniel Corpas)

Un suicidio por Harakiri durante la Semana Santa. Unos altercados durante una procesión revelan la aparición de una nueva droga. La desaparición de un soldado norteamericano de la base militar cercana al pueblo. Una familia de tres generaciones de mujeres; una mujer sin familia.

Estos son los elementos que se le plantean al espectador y, como suele ocurrir, el desenlace de tan potente inicio no está a la altura de lo planteado, pero importa poco. Lo estimulante está, salvo algún bache (el episodio flashback que transforma la cinta desde el misterio al suspense, corroborando lo difícil que es ver hoy en día un misterio puro) y lugar común (muchas de las decisiones estructurales de los últimos episodios, algunos trazos definitorios de los personajes y sus relaciones), en el propio viaje y los que encuentros que depara; y en el sobrio trabajo de Urbizu.

Un viaje a través de los hilos que tejen la complejidad del manto social: masculinidad, religión, atavismo, tradición, poder, cuerpos del orden, los márgenes y lo sumergido. Una historia donde el subtexto no lo proporciona tanto la estructura como la atmósfera, el ambiente cargado y abigarrado. Género negro en estado puro. Pura imaginería barroca.

Si bien es cierto que, a priori, su puesta en escena no dista mucho de otras series, es cuando profundizamos que descubrimos el gobierno que ejerce el director de No habrá paz para los malvados sobre sus imágenes. La belleza del tratamiento lumínico, la precisión del trabajo de arte, el cuidado con los encuadres y, sobre todo, el control sobre la duración de cada plano se revelan cuando miras dos veces el plano. La suya es una belleza austera, de quien se sabe en plena posesión de su arte y no necesita pirotecnias; una belleza de largo alcance.

Zeta Studios

Memorias de un caracol (Adam Elliot)

Una nueva obra de Adam Elliot debería ser un acontecimiento cinematográfico de largo alcance; al menos entre la cinefilia. Es cierto que el director australiano solo nos había dado hasta la fecha un largometraje, Mary y Max y un buen puñado de cortometrajes; sin embargo, la contundencia de su obra es merecedora de elogios ineludibles. A principios de año, tras su paso por los festivales de Annecy y San Sebastián, se estrenó de forma discreta en un grupo reducido de salas españolas Memorias de un caracol, su segundo largometraje.

Para aquellos neófitos en el universo de Elliot, diremos que tiene dos pilares clave: la técnica y la mirada. Lo primero es lo que más llama la atención en un primer momento, pues la animación en plastilina (plastimación o, en inglés, claymation) tiene poco recorrido en nuestras pantallas, salvo excepciones. No obstante, no es exactamente la técnica, sino la mirada que la moldea. Es el expresionismo triste, sombrío, deprimente, kafkiano que da forma a la plastilina, no la plastilina en sí aquello que nos interpela. Es esa mirada de apariencia misántropa que siempre termina revolviéndose para encontrar humor luminoso y una vocación humanista.

En Memorias de un caracol no es distinto. Relato sobre corazas y soledades, su protagonista Grace es una mujer aislada, sola, que ha vivido una vida llena de tragedias y algunas alegrías. Imagen gris y marrón, con pinceladas de colores vivos, universo atemporal y diseños expresionistas. La diferencia respecto a su obra anterior es la mezcla que hace entre el género memorístico y la ficción, pues afecta tanto a la estructura como a la forma narrativa. Es la voz en off el elemento que ofrece la cohesión estructural, que guía unas imágenes y escenas de corte impresionista, pero también la que se pelea con lo mostrado para subrayar o contrastar. Parafraseando una línea de diálogo de Grace, la vida solo tiene sentido cuando miras hacia atrás, pero se vive mirando al frente.

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