‘Anatomía de un instante’, ‘Valor sentimental’ y ‘Blue Moon’

Anatomía de un instante (Rafael Cobos, Alberto Rodríguez, Fran Araújo)

Anatomía de un instante fracasa en sus propios objetivos no porque sea literaria, como se ha venido diciendo, sino porque no sabe ensayarse cinematográficamente, es decir, no sabe contarse como historia, solo como artefacto narrativo. El punto de partida es la novela homónima de Javier Cercas que, a medio camino entre la ficción, el ensayo histórico y el periodismo abordaba uno de los llamados momentos clave de la democracia española: el intento de golpe de estado del 23-F. Cuando Tejero y los Guardias Civiles disparan contra el techo del Palacio de Congresos, todos los presentes se esconden tras sus escaños salvo tres hombres: el presidente del gobierno Adolfo Suárez, el secretario general del Partido Comunista Santiago Carrillo y Gutierrez Mellado, quien llegó a levantarse para quitarle la pistola a Tejero en calidad de la máxima autoridad militar de la sala. ¿Qué piensan? ¿Qué les lleva a no esconderse, a adoptar esa actitud?

La idea de interesante es imposible y de imposible, estimulante. Entrar en la psique de tres personajes históricos en un momento histórico concreto; en unos segundos donde, probablemente, ni ellos sepan qué pensaban ni si pensaron. Quién no lo querría, cómo facilitaría el trabajo a los historiadores, ese objeto de deseo de los escritores y actores. Con ese objetivo en mente, la serie no podía más que fracasar; un fracaso, eso sí, atractivo. Ficcionalizar (es decir, crear una realidad de cero a base de capas) los pensamientos que una persona real pudo haber tenido en un momento concreto es una tarea tan compleja que, en un libro se puede disimular, pero en 50 minutos de episodio, no.

La serie, más allá de un sorprendente lenguaje académico y corporativo de la mano de un tímido Alberto Rodríguez, decepciona no porque yerre su alto objetivo, sino porque apenas explota los recursos de las series para remar en esa dirección. Cuatro episodios, tres personajes y un juicio. La idea, otra vez, es perfecta sobre papel. No obstante, los tres personajes parecen limitados por los títulos de cada capítulos («Un falangista de provincias», «Un revolucionario frente al golpe», «Un golpista frente al golpe») pues apenas adquieren relieve o matices. Son el mismo personaje una y otra vez; solo así pueden estar predestinados a actuar como actúan durante el 23-F. Es la planicie, la falta de interés en profundizar -recordemos, el punto de partida-, el yugo de esta serie.

Por suerte el casting, tanto la calidad de las elecciones como el estado de los propios intérpretes, salvan la función: tanto Álvaro Morte como Suárez, como Jaime Lorente como Tejero, como Manolo Solo como Mellado o incluso Miki Esperabé como Juan Carlos I. Terminan siendo los actores y sus gestos los que consiguen arrojar algo de luz sobre qué pudo pasar por sus cabezas en aquel instante.

Valor sentimental (Joachim Trier)

Joachim Trier es un director europeo nórdico y, por tanto, ha crecido a la sombra de Dreyer y Bergman, primero, y Lars von Trier, después. Valor sentimental parte de una casa familiar de madera y dos pisos (¡qué pena que con este inicio no se explore más las arquitecturas como forma expresiva a lo largo de la cinta!), como testigo de todos los devenires de varias generaciones. Esa casa que toma la palabra ocupa, en un primer lugar, el puesto del espectador-narrador para luego transformarse en el campo de batalla de los conflictos entre un padre ausente y sus hijas. Campo de batalla deseado, botín de la memoria. Es la casa, pero también es el pasado.

Los mimbres dramáticos, como decíamos, recuerdan a Ingmar Bergman: cine, teatro, padres ausentes, padres autoritarios, desgarros familiares, ansiedad, represión, representación, muerte, desdoblamientos, creatividad, tormento… Desde Persona hasta Hacia la felicidad, el cine de Bergman tiene su eco; un eco, eso sí, que busca reconfigurarlo en el cine ¿europeo? actual.

Es una eco configurado bajo la particular mirada de Trier; o, más que mirada, su universo: sus actores fetiche se encuentran con uno de los iconos del cine europeo (que se consolidó precisamente junto a Von Trier) que ha sobrevivido de su salto a Estados Unidos, Stellan Skarsgard; su tono de dramedia de festival europeo; su puesta en escena transparente de juegos con el foco, composiciones rectas y luz cristalina.

Por algún motivo que desconozco, quizá por la menor presencia de Renate Reinsve, quizá por la duración, quizá porque la figura del padre creador y la hija traumada suena a ya vista, quizá porque su desarrollo sigue caminos ya transitados, quizá por tratarse de un artefacto narrativo más calculado y cerrado sobre sus temas, quizá porque es una película de segundo visionado, se siente una obra mucho más fría que La peor persona del mundo, cuando seguramente sea su obra más sólida en sus planteamientos temáticos, narrativos, estructurales e incluso formales. Es más, tengo la teoría de la conspiración que Valor sentimental surge de la crisis del director noruego ante la imposibilidad/incapacidad de rodar algo tan poderoso como el rostro de Reinsve en su anterior colaboraciñon. Y, sin embargo, para los espectadores, para esa casa, parece que, como él, como ella, nunca es suficiente.

Blue Moon (Richard Linklater)

La nueva aventura de Richard Linklater en su investigación fílmica sobre el tiempo es la biografía del letrista Lorenz Hartz. Drama de cámara (un puñado de localizaciones limitadas a un mismo edificio), un puñado de personajes y un mismo tiempo (la noche del estreno del musical Oklahoma!).

Lo más atractivo de la cinta, a título personal, es que no me he quitado de la cabeza desde que la estaba viendo es su relación con la literatura, concretamente los cuentos, de J. D. Salinger. Hay algo en la ambientación compartida, en ese personaje verborreico, solo, inteligente, cínico, profundamente enamorado, en su propio concepto (toda una vida contada desde una barra de bar neoyorkino) y su propia estructura y tono.

Estamos ante el Richard Linklater, por tanto, más romántico y nostálgico; a aquel que cree que el amor más puro es inalcanzable, el que vive atravesado por el dolor y la tristeza de no ser. En cierto sentido, es la fórmula opuesta a Boyhood, pues donde aquella se expande, Blue Moon se contrae sobre sí mismo. Y lo hace, como decíamos, con los dotes de la gran literatura sin que quede reñido con el gran cine, que Linklater exprime en el rostro de Ethan Hawke, en su mirada apasionada. En la misma que sostenía En El club de los poetas muertos o en las primeras instancias de la Trilogía Before, en su voz aterciopelada que aporta humanidad a unas acorazadas e ingeniosas líneas de diálogo. Como la película, como los relatos de Salinger, como los personajes de Salinger, Hartz habla para esconder, rechaza para olvidar y, sin embargo, si aguantamos lo suficiente, si observamos con cautela , ese personaje se revela arrolladoramente cercano y la obra consigue ese adjetivo, tan escurridizo en toda su profundidad: «encantadora».

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