‘La misteriosa mirada del flamenco’, ‘Nouvelle Vague’ y Hiroshi Shimizu

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Nouvelle Vague (Richard Linklater)

Hablar de la Nouvelle Vague es hablar, necesariamente, de romanticismo. Más allá de lo que supuso la instalación definitiva del hasta-entonces-mucho-más-fluido concepto «autor cinematográfico» en la figura del director, con todas las implicaciones políticas, económicas, sociales y estéticas que ha derivado de dicho pensamiento; más allá de su coyuntura inflamable (¡esos 60!); y más allá de que, tal y como se ha escrito la Historia del Cine, se trata del gran e inevitable giro dramático de la misma, hay innumerables dosis de idealización, especialmente cuando se piensa un presente de forma arisca; hay cierta tendencia a sobredimensionar la libertad de la que dispusieron y a poner el foco en el círculo cahierista; y hay un olvido intencional de que todos estos cineastas se alejaron de este caldo de cultivo primigenio al que nosotros queremos volver y de todos sacrificios que se tuvieron que hacer para poder alcanzarla. La Nouvelle Vague es, hoy en día, una Arcadia feliz donde las posibles frustraciones del presente se proyectan.

Hablar de Richard Linklater es, inequívocamente, hablar de romanticismo. En su cine se despliegan las distintas acepciones del término: desde el más superficial (sus comedias románticas, y aquí incluimos Escuela de Rock) hasta la más profunda (su visión del arte heredera de Romanticismo, y aquí incluimos también Escuela de Rock). Todas ellas se despliegan con mayor precisión y complejidad en la trilogía Antes de…, aunque su anterior largometraje, Blue Moon, tampoco se queda corto.

A diferencia de Apolo 10½: Una infancia espacial, donde la rotoscopia busca generar una distancia crítica/fantástica con aquella época, en Nouvelle Vague Linklater opta por la búsqueda de un falso histórico, es decir, que esta película de 2025 parezca una película de 1959. No busca imitar a Godard ni a ninguno de sus colegas cineastas. Busca hacer una película de Linklater en 1959. Y es bonita esta película de amigos haciendo aquello que más les gusta: hablar de cine y rodar, estando juntos (ese abrazo final sobre la pantalla en blanco), riéndose. No sé si al director de Movida del 76 o Boyhood le hubiese gustado ser amigo de Godard o de Truffaut o conocer a Bresson o a Melville durante en sus sets, pero, desde luego, lo echa de menos. Es obra fantasmática, pues ocultas tras las risas y el amor desbordante, se erigen las ruinas. Las del pasado y las del presente.

Para terminar solo quiero subrayar el equilibrio absoluto que han logrado con el casting y caracterización de absolutamente todos los actores involucrados: sin parecerse en exceso a sus retratados, hay un ángulo aquí, una pose allá y una mirada más prolongada y terminas por ver a los retratados en vez de a los actores. Sin ser ellos, son ellos y, siendo ellos, son otros. En esa fina línea se mueve todo el aparato formal de la película: a veces acierta, a veces no. Tampoco importa demasiado, pues Linklater está hablando de cine y rodando, estando junto a nosotros y, claro, riéndose con la amarga dulzura que solo un recuerdo inventado puede dar.

Hiroshi Shimizu: El arte de perderse

Quizá uno de los acontecimientos cinematográficos del año sea la breve retrospectiva que el Círculo de Bellas Artes y Fundación Japón comisarian entorno a la figura de Hiroshi Shimizu, la primera que se realiza en España. Digo breve pues el ciclo consta de ocho títulos cuando su filmografía, rodado a lo largo de casi cuarenta años, supera los ciento sesenta largometrajes; muchos de ellos, hoy perdidos. Coetáneo y amigo de Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi, su obra se ha empezado a reivindicar en los últimos años, pese que sigue siendo bastante inaccesible. Por ejemplificar, esta retrospectiva es la primera forma de ver sus películas sin recurrir a importaciones ni a medios alegales en nuestro país. Precisamente por esa dificultad añadida, estas proyecciones conforman uno de los eventos más importantes para la comunidad cinéfila española.

En el momento de publicarse este texto, solo se ha proyectado Forget Love For Now (1937), un melodrama sobre una madre que trabaja como anfitriona en un hotel y su hijo, que sufre acoso en la escuela por ello. Más allá de una trama convencional tratada con humanidad y unas actuaciones, en términos generales, tan estoicas como modernas, la sensibilidad y la belleza que emergen de la sencillez de sus composiciones y movimientos de cámara —mucho más ágiles que las de su amigo Ozu— las convierten en inevitablemente arrebatadoras y conmovedoras. El primer plano de Yuki cuando su hijo le admite que no tiene amigos por culpa de su trabajo está a la altura de los primeros planos más expresivos de los anales de la Historia del Cine. Y poder disfrutarlo en fotoquímico y en pantalla grande solo amplifica la emoción. No hay más que estar agradecidos y disfrutar del cine de Hiroshi Shimizu.

La misteriosa mirada del flamenco (Diego Céspedes)

Recién nominado al Goya, el debut en el largometraje de Diego Céspedes nos traslada al desierto en las montañas chilenas de hace casi medio siglo, en los inicios de la propagación del VIH, donde un grupo de travestis llevan una cantina en un pueblo minero. Dicha cantina, regida por Mamá Boa, es un espacio seguro para que se genere una comunidad, una familia escogida para hacer frente a la violencia. Es el amor, con sus partes más oscuras y pese a la negrura de los tiempos, la reivindicación temática que realiza el director. Con fotografía marrón de 16 mm —o un digital que busca recrear el celuloide—, con una estructura en dos partes bastante fluida y con los ojos de la preadolescente Lidia como principal fuente de ideología, el realizador nos presenta una película que puede ser tan dura con la piedra y la tierra y tan intuitiva como el agua que se abre camino. Quizá mejor entendida en su faceta western, no quiero adelantar mucho, pues en unas semanas se publicará un texto más analítico donde se incluya la breve charla que pude tener con Céspedes. De momento, aquí queda la recomendación.

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