Y cerramos las votaciones con las mejores obras internacionales. Como siempre, hemos excluido películas españolas y brasileñas, que tienen su artículo propio.
El primer elemento que ha marcado el año ha sido la ausencia de grandes títulos provenientes del omnipresente Estados Unidos: haberlos haylos, claro, pero no son grandes totems, sino películas que se mueven entre el presupuesto medio y el bajo: Kathryn Bigelow, los Anderson (Wes y Paul Thomas), Aaron Schimberg, Richard Linklater, Zach Cregger, Jim Jarmusch… Las tibiezas de Frankenstein, F1 o Mickey 17 no han conseguido levantar el año desde el mainstream más mainstream. Solo Superman, Los Pecadores y Avatar: Fuego y Ceniza han podido aportar alguna pincelada al mosaico.
El cine europeo tampoco ha terminado de estar a la altura —Brasil sí parece que ha tenido un gran año— como sí lo han estado los directores chinos (Lou Ye produce desde Alemania). Al menos tres películas festivaleras han dejado huella: Black Dog, Una pelicula inacabada y A la deriva. Cine de autor de altas ambiciones, pero China también ha aportado uno de los grandes éxitos de taquilla: Ne Zha 2, que terminar de consolidar una industria de animación al alza, conviertiéndose en una de las películas más taquilleras de la historia —solo en este 2025 ha duplicado la recaudación de su inmediata antecesora, Zootopia 2—. Como un último asterisco, aparece Blue Sun Palace, de una directora norteamerincana de origen chino, Constance Tsang, una obra de una gran delicadeza y sensibilidad en la línea de Vidas pasadas.
También ha sido un año marcado por las polémicas sobre los límites de la representación con La voz de Hind y Sirat, pero también con Las habitaciones rojas, thriller canadiense que ha pasado bajo los radares de los estrenos directos en plataformas y que gira en torno los fantasmas de las imágenes violentas. En cambio, y también desde Asia, llega Un simple accidente de Jafar Panahi, cine político del más alto calado, donde representación y realidad se vuelven a mezclar.
Un año, en definitiva, extraño para el cine. Veremos en qué posición coloca el tiempo a esta añada.
Menciones honoríficas: A different man, Better Man, Black Dog, Blue Moon, Bugonia, ¡Caigan las rosas blancas!, Caza de brujas, Die My Love, El extranjero, El jockey, Esa cosa con alas, Exit 8, F1, Frankenstein, La larga marcha, La torre de hielo, La tutoría, La vida de Chuck, La voz de Hind, Las chicas del balcón, Las habitaciones rojas, Los pecadores, Materialistas, Mi única familia, Mickey 17, Misericordia, Novocaine, Número secreto, Nurember, On Falling, Puñales por la espalda: De entre los muertos, Recién nacidas, Superman, The brutalist, The Running Man, Together, Tres amigas, Un día con Peter Hujar, Una batalla tras otra, Una casa llena de dinamita, Valor sentimental, Warfare, Weapons.
10.— La trama fenicia (Wes Anderson)
«Wes Anderson hace la misma película», «Wes Anderson hace casas de muñecas» o «Wes Anderson no cuenta historias» son frases que se suelen oir con respecto a la obra posterior a El Gran Hotel Budapest como eufemismos de la más devastadora «no vale la pena».
Siendo afirmaciones parcialmente ciertas, la realidad es que el realizador norteamericano ha sido uno de los pocos en el ámbito mainstream en apostar por un cine con fuertes tendencias a la abstracción formal, donde la historia puede diluirse de la misma manera que doblega y moldea cualquier elemento como si fuese animación stop-motion. Además, ha comenzado un revisión de distintos géneros cinematográficos, acomondándolos a sus idiosincrasias: personajes impecablemente inteligentes, humor amable, pero amargo, diálogos rápidamente perfectos, emocionalidad opaca, ángulos rectos, actores imperturbables,… En La Trama Fenicia, Anderson se adentra en el cine de acción/espías y lo hace con la misma elegancia de siempre.
Poco que añadir, pues, con este autor, estamos predicando a conversos, aunque quizá el género la convierta en su obra más accesible de Isla de Perros. Quizá demasiado tarde para el gran público. En cualquier caso, desde aquí siempre atenderemos con curiosidad cualquier abstracción de Wes Anderson.
9.— Una película inacabada (Lou Ye)
Pasados 30 minutos de Una película inacabada, empiezo a dudar de si se trata de una ficción o un documental. La película sigue a un director y a su equipo que recuperan un viejo ordenador de una película inacabada por falta de fondos. Se proponen retomarla en un hotel cercan de Wuhan cuando los infectados por coronovirus empiezan a paralizar el país. Terminada ya, sigo sin tenerlo claro y se añaden una mansalva de incertidumbres:
La palabra «inacabada» ya solo se ramifica en diferentes opciones corrosivas: ¿Es la pelicula del 2010? ¿Es el rodaje que se retoma en 2020? ¿Es la propia película de Lou Ye? ¿Es la muerte? ¿Fue la pandemia del COVID? ¿Es la censura china? ¿Es el destino del cine bajo un régimen autoritario? Miles de preguntas se concentran en un ficticio making off protagonizado por los propios miembros de grabación de la película de Ye. Comedia, apocalipsis, vídeos de internet, videollamadas, imágenes corporativas. Puede que la película, como el cuadro, esté inacabada, pero su fe en la imagen no cesa nunca.
8.— A la deriva (Jia Zhangke)
Segunda película china que parte del material propio de su director junto a un leve apoyo rodado en plena pandemia COVID. En este caso, el relato es otro. Para empezar no se trata de una película inacabada, o no del todo, sino de una recopilación de imágenes de las anteriores películas de Zhangke que entran en nuevo diálogo entre sí para ofrecer una historia nueva; una historia de amor a través de los tiempos y las imágenes. Una historia de ausencias. Una historia de formatos y texturas; una historia del cine digital. Una historia de historias; una autohistoria.
Esto toma forma a través del montaje, claro. El montaje como sinónimo de lo cinematográfico; el montaje entendido como elemento agregador más que como elemento disruptivo; el montaje como forma política del humanismo.
7.— Un simple accidente (Jafar Panahi)
La gran película política de este 2025. Irónicamente, la última Palma de Oro. El trabajo de Jafar Panahi desde su arresto domiciliario en 2010 ha sido uno de los mayores tesoros estéticos de lo que llevamos de siglo. Las condiciones de producción y personales del cineasta son de por sí extraordinarias, resultando ya incalculable el valor de que estas obras existan, pero, además, el espíritu político de Panahi también es admirable: después de todo, parece imposible que escriba desde el resentimiento, con odio y sin esperanza.
En la primera película que estrena después de ser liberado de la cárcel por protestar contra la detención de un cineasta se refugia en Godot, en su estructura de dos actos y su absurdez existencial, y entrega una obra descomunal que bien podría ser la película más aterradora y la más divertida del año, cubriendo todo el espectro humano entre medias. Todo ello con un gran sentido de la puesta en escena tan transparente y accesible como riguroso.
6.— Grand Tour (Miguel Gomes)
Un futuro matrimonio en crisis, principios del siglo XX y una miríada de países del sudeste asiático. Estructurada en dos partes (una para el marido que huye, la otra para la mujer que lo sigue) que narran los mismos acontecimientos, es una obra entre muchos mundos. Entre la comedia y el melodrama, el documental y la ficción, occidente y oriente, Lisboa y Asia —cabe recordar que estamos ante una obra dirigida en un estudio para las partes de ficción y telemática (con Miguel Gomes desde Lisboa dando indicaciones por restricciones COVID) para las partes documentales—, pasado y presente, documento e invención. Entre la admiración a un cine pasado y su crítica más férrea, Miguel Gomes deja al descubierto la mirada colonialista desde sus propios escenarios.
La magia de los cuentos que Miguel Gomes ha propuesto friccionaba, en algunos de sus primeros largos, con su mirada de de autor moderno. Es, en cambio, cuando la voluntad de deconstrucción de géneros/miradas/estilos lleva las riendas de la obra cuando todo se vuelve más orgánico y la inocencia fabulística engarza mejor con la mirada de su autor. Ocurrió en Tabú y ha vuelto a ocurrir ahora.
5.— Vermiglio (Maura Delpero)
La gran sorpresa de este top es una película que, en España, ha pasado con más pena que gloria, apachurrada entre todos los estrenos comerciales. Segunda película de la directora italiana Maura Delpero, nos cuenta la historia de una familia en los Alpes, cuya calma en la montaña se ve perturbada por la llegada de un desertor de la Segunda Guerra Mundial yaa la aldea.
Rodada con austeridad, pausa y pictoricismo, es una película sencilla, sin grandes aspavientos ni ambiciones, retrato de una época y un lugar atemporales. Fábula que se desmiente a sí misma. El cuidado que Delpero y Mikhail Krichman ponen en la composición, en la textura de la luz o en la duración de cada plano dialogan estrechamente con la historia de cuidados famliares y amores sombríos. Como si La buena letra de Celia Rico hubiese sido rodada en la montaña, en vez de la costa, y se hubiesen inspirado en los grandes pintores paisajistas del siglo XIX. Una pequeña joya.
4.— The Mastermind (Kelly Reichardt)
Años 70.
Cine de atracos.
Josh O’Connor.
Esos son los elementos con los que Kelly Reichardt regresa a nuestras salas, unos años después de que nuestro mercado ignorase Showing Up, y los que necesita para hacer una perfecta deconstrucción de un género hipermasculinizado: JB Mooney es un perfecto atracador en potencia, que cuando pasa a la acción resulta un desastre. Este pensamiento, que define una época porque nunca nos hemos construido tanto, religiones aparte, a base de imágenes y ficciones. No obstante, la cineasta evita caer en la condescencia y reirse de su personaje, sino que lo cuida y lo mima. La ausencia de estridencias (salvo las puntuaciones de jazz) y la imagen digital que imita la calidez del celuloide arropan a Mooney y al espectador. En tiempos donde la humanidad de los otros está en continuo cuestionamiento, Reichardt lo cuestiona todo y afirma: la humanidad, pese a todo.
3.— Father, Mother, Sister, Brother (Jim Jarmusch)
Paterson fue el último gran hito cinematográfico de Jim Jarmusch. Estrenada en 2016. Después vinieron, The Dead Don’t Die, una tibia incursión en la comedia de zombies, y Return to Reason, una recuperación de la obra de Man Ray con música propia. El 2025 supuso el regreso por la puerta grande: León de Oro en Venecia y una de las mejores películas que ha entregado en mucho tiempo.
Alguien escribió (pido perdón por no acordarme de quien) que esta es la más Hong Sang-soo de todas las películas de Jarmusch sin dejar de ser Jarmusch. Es una buena descripción: tres historias de familia sobre aquello que ocurre fuera de campo. Rencillas, secretos, duelos. Incluso, la extraña, pero coherente manera de fotografiar los interiores del coche, parece tirar líneas con la obra del maestro coreano. Ahora bien, el humor amablemente ácido, sus gustos geométricos y pasión por las historias cortas son marca de la casa. Si no este año Sangsoo no se ha colado, siempre estará Jarmusch.
2.— Flow (Gints Zilbalodis)
Un gato y un apocalipsis. Solo necesita eso Gints Zilbalodis para armar su nuevo largometraje de animación después de su ópera prima donde partió de un hombre con una moto. Bueno, un gato, un perro, un capibara, un lemur y un pájaro sagitario, que la película va de eso también, de la familia encontrada, de la sociedad. Su argumento es sencillo (salvarse de la inundación), no necesita diálogos ni explicaciones. Es precisamente esa depuración lo que permite que al director letón llenar la película de capas, pues ésta crece vertical, no horizontalmente. Los motivos se desarrollan: el espejo, el agua, lo circular,… Lo individual se convierte en político y lo político en espiritual (esta sí). Y lo hace sin ademanes ni alardes, con total accesibilidad. Construyendo sobre unos cimientos narrativos sólidos es capaz de llegar hasta espacios abstractos y huecos donde la belleza y el humanismo se pueden colar durante unos instantes de pausa.
Parte del encanto de Flow tiene que ver con el lenguaje de los videojuegos: Blender es un software usado también para los videojuegos, mientras, además, su estética también es heredera de cierta tipología de juegos indie. Pero también es un software de código libre, es decir, no requiere un pago de licencia para su uso. O dicho de otra forma, es una de las mejores muestras de una cultura creada de forma horizontal, definiendo a los compañeros como compañeros y no como clientes.
1.— Alpha (Julia Ducournau)
Que la Palma de Oro de Titane fue una condena para Julia Ducournau se ha podido comprobar en la recepción en segundos festivales y salas comerciales de aquella y en la unanimidad en la desaprobación de su ultimo trabajo, nuestra corona.
Como Romería, aborda el desgarro que produce en un nucleo familiar el VIH; a diferencia de Carla Simón, lo hace desde el género. No hay metáfora, como tanto se ha comentado. Hay cuerpo, color y piedra. Hay imagen fantástica, pero, sobre todo, hay drama familiar. Una rutina que también estaba en sus trabajos previos, pero aquí engarza con mucha más naturalidad y coherencia visual. Como los enfermos, la imagen se queda congelada en un momento y espacio, incapaces de volverse polvo. Los dos tiempos que narra la película son el mismo, se confunden y entremezclan. Conviene recordar que la película dura más de dos horas y, aunque la temporalidad del plano es más o menos homogénea, sí logra aquello que en sus dos primeros largos no había conseguido alcanzar: crear unas imágenes a la altura de la potencia de sus conceptos.
