28 años después: El templo de los huesos (Nia DaCosta)
Quizá lo más gratificante de la saga 28 es el giro hacia cierto humanismo que parece que ha dado Alex Garland. Si en su primera instancia, se asimilaba, rabia mediante, al ser humano con su parte más animal, violenta e irracional, y, en su segunda, se limitaba a subrayar la estupidez y la deshumanización militar, en este reboot, que en unos meses ha duplicado el número de películas, parece mirar a la muerte de una forma más madura y alegórica, mucho más antropológica que política.
En 28 años después, se enfrentaban dos culturas: la aldea aislada en la que crece Spike y el solitario templo donde vive el Dr. Ian Kelson. Conservadurismo vs curiosidad, superstición vs ciencia, sexo y alcohol vs erudición, cultura vs arte, tradición vs ritual. En esta segunda instancia retomamos donde se quedó aquella, es decir, con Spike como nuevo miembro del grupo satánico Los Dedos, capitaneado por el supuesto hijo de Satanás, Jimmy, mientras que Dr. Kelson entabla una amistad con Sansón, el infectado Alpha. Es decir, se contrapone el ritual religioso profundo con la performatividad, la búsqueda de respuestas con el deseo de respuestas fáciles, sencillas y rápidas, fascismo pop (Jimmy está inspirado en Jimmy Savile) y la política de los cuidados. Todo ello retratando diferentes subculturas e ideologías reaccionarias de la actualidad al tiempo que subrayando el romanticismo de todo aquello que representa Kelson —no vamos a negar que Garland aspira y se ve reflejado en este personaje, más que en Spike—. Por tanto, esta nueva saga avanza, grano a grano, gesto a gesto, hacia una madurez temática inusitada en los lares de los grande refritos.
Por otro lado, Nia DaCosta no es Danny Boyle. La sombra del británico en esta franquicia es alargada, aunque tampoco vamos sacar mucha punta a la neoyorkina, pues Danny Boyle nunca ha vuelto a ser aquel Danny Boyle, a pesar de algunos detalles en 28 años después, sobre todo en su primera parte. La realidad es que DaCosta hace bien no intentando parecerse a Boyle y así consigue una puesta en escena más tranquila y convencional, pero también sabia en su funcionalidad, dejando el espacio a sus dos actores principales: Ralph Fiennes y Jack O’Connell. Porque, y ya con todas las cartas sobre la mesa, es innegable que el humanismo que pretende imprimir Garland no llegaría ni la mitad de lejos sin ser por los gestos y miradas de Fiennes —como ya ocurría en Cónclave— ni por la humana, pero escalofriante malevolencia que es capaz de conjurar O’Connell —como ya ocurría en Los Pecadores—. Dos grandes actores en un diálogo continuo que, sin ser sus mejores interpretaciones, demuestran una vez más la capacidad política de su presencia.
Por último, y aunque en gran medida suponga un cierto bajón respecto a la película anterior (que ya era peculiar en su estructura), hay que reconocer su extrañeza dentro del mainstream: dos protagonistas independientes que navegan sendas líneas narrativas hasta el punto de confluencia final, una de esas tramas se centra en los cuidados a un zombie, un alto grado de crueldad en la línea paralela (la escena del granero), un motor más alegórico que dramático, la mencionada madurez temática, un final de resonancias bíblicas y un gran número musical a golpe de Iron Maiden tan potente que se ha convertido en el póster comercial de la cinta. Solo queda esperar la tercera y última entrega de esta trilogía.
La cronología del agua (Kristen Stewart)
La cronología del agua se redescubre cuando aparecen los créditos finales. Concretamente los créditos de guion.
El debut en la dirección y escritura de Kristen Stewart por momentos resulta demasiado festivalera. O, mejor dicho, en los cortometrajes que circulan por estos certámenes se destilan obras que, de aspiración formalista, caen en parámetros similares: uso de celuloide —si es Super8 o 16mm, mejor—, no linealidad, montaje de choque, imágenes buscadamente poéticas (curiosamente de poco recorrido, al resultar tan explosivas y potentes como obvias), temática conflictiva, con el cuerpo como principal arma (a menudo con fluidos y otros materiales que resbalan y embadurnan la piel), por lo que apenas existen los planos generales (todo en primeros planos y detalles),… A priori este es el caso de esta ópera prima.
La película es larga (128 minutos) y eso propone un primer desafío interesante. ¿Durante cuánto tiempo puede aguantar esta estética? Dado que suele funcionar mejor en formatos cortos por lo exigentes y limitadas que se encuentran, por una ausencia de estructura formal que organice la experiencia estética, y por la poca cultura cultura antinarrativa que tenemos. Es, por tanto, una obra irregular, con voluntad tan mastodóntica como intimista. Se puede hacer pesada y larga, pero también corta
El segundo, y más interesante, es que se trata de un biopic, pues se base en el libro de memorias de la escritora Lidia Yuknavitch para retratar su infancia, sus adicciones y sus abusos. Género agotado en sí mismo, en los últimos año los intentos de revitalización ha surgido de diferentes frentes, pero ninguno desde el que explora Stewart. A medio camino entre una pieza cinematográfica y una experiencia lectora —lo más parecido podría ser la experiencia «musical» de Segundo Premio—, la cineasta busca exponer en imágenes las emociones, confusiones y reflexiones de una mujer torturada que encuentra en la natación y la escritura la calma necesaria para salir hacia delante. Como relato de artista atormentada, no aporta mucho. Irónicamente, pues como biopic —es decir, un relato de una figura histórica atormentada— es uno de lo más estimulantes estrenados.
