66 SEMINCI – Crónica #6

Las películas de la sexta jornada han continuado con esa presencia femenina que mencionábamos en la crónica anterior, dos de ellas dirigidas por mujeres y las tres con protagonistas femeninas.

El acontecimiento es la primera de ellas, ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, adapta la novela homónima de Annie Ernaux. La película narra las dificultades de Anne, una brillante estudiante que ve en peligro su futuro debido a un embarazo no deseado durante los años 60. La joven se ve sola y desamparada en un contexto que reprime la sexualidad femenina y criminaliza el aborto. Atormentada por las expectativas depositadas en ella y sus propios sueños frustrados, se encuentra ante una difícil situación (como dice Anne al ginecólogo, a pesar de que desea ser madre, no quiere renunciar a su vida por ello), agravada por el rechazo de todo quien la rodea, fruto del pensamiento conservador y del miedo a la ley. Audrey Diwan aboga por la libertad de las mujeres a través de un relato duro e incómodo que refleja el infierno que vive la protagonista. Con una fotografía fantástica es capaz de obtener imágenes bellas sin por ello olvidar la crudeza de la situación, potenciada por planos secuencias o la cámara en mano. Las actuaciones resultan impecables y honestas, en especial Anamaria Vartolomei, capaz de transmitir la angustia y desesperación, así como la determinación del personaje.

Las siamesas de la cineasta argentina Paula Hernández explora la relación de dependencia de una madre, Clota (Rita Cortese), y su hija, Stella (Valeria Lois). Las protagonistas, realizan un viaje juntas para ver los apartamentos que Stella ha heredado de su padre. Se trata un relato sobre una ruptura necesaria, sobre dejar el nido y construir una vida propia, anteponiendo las necesidades propias. Angustiosa y dilatada, resulta reiterativa en temas, trasladándonos a la experiencia de la hija que se ve encorsetada dentro de las rutinas y manías de su exasperante madre, con la que convive y de la que se hace cargo. Clota, trata de mantener cerca a su hija cueste lo que cueste; presa del miedo a quedarse sola, manipula a su hija y se alegra de su dolor si esto ayuda a que no la abandone. Stella con una paciencia casi infinita, trata de lidiar con el difícil carácter de su madre, que empeora la experiencia de su viaje por momentos. Muy dialogada, desvela pronto sus defectos respecto a la construcción del relato al recurrir reiteradamente a las mismas discusiones; si bien, permite brillar a las dos actrices, en especial a Valeria Lois.

Los hermanos Zürcher, por su parte, presentan una historia surrealista de la mudanza de una joven en La chica y la araña. Poniendo especial atención en la cotidianidad y las relaciones sociales, resulta caótica, confusa y melancólica, aunque transmite la sensación de estar estudiada al milímetro. Una película de conversaciones extrañas que terminan con un tercer personaje desconcertado observando desde el umbral de la puerta, como la propia obra; llena de sugerencias, se plantean cuestiones pero no se profundiza en ellas, dificultando la comprensión por parte del espectador. La toxicidad parece ser omnipresente con una narración plagada de frases duras y lapidarias, donde los lazos que unen a los personajes parecen a punto de romperse en todo momento y la responsabilidad afectiva, inexistente. La protagonista, como la propia película, resulta un personaje paradójico, que pasa de sensible y reflexiva a fría y cruel en cuestión de minutos. Por lo tanto, estamos ante una película muy críptica de la que es difícil hablar con seguridad: puede resultar indiferente en el primer visionado por confusa, pero también puede ganar al analizarla en profundidad.

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