Retrato de mujer blanca con pelo cano y arrugas

Ficha técnica:

Título original:

Retrato de mujer blanca

con pelo cano y arrugas

Director: Iván Ruiz Flores

Duración: 85 min

País: España

Idioma: Español

Intérpretes: Blanca Portillo,

Carmen Esteban, Carlo

D’Ursi, Manuel Morón, Ana

Wagener Imanol Arias,

David Blanka.

Sinopsis: Julia ha esperado toda su vida para poner fin a su labor como profesora de escultura y empezar a dedicarse a su vida y obra. Hoy ya puede hacerlo. Se acaba de jubilar. Su madre, Marina, anciana nonagenaria, es una mujer golondrina. Vive un mes en casa de su hija Julia y el siguiente en la de su otro hijo, Juan. Así lleva ya casi tres años. Hastiada por la situación, y aprovechando la jubilación de Julia, Esther decide que no se quedará más en su casa. Julia se ve obligada entonces a dejar nuevamente sus anhelos en espera para quedarse al cuidado de su madre. Para ayudarle contratará a Miguel, un experto cuidador, que se convertirá además en su confidente y su único amigo. Pero la convivencia entre madre e hija adopta formas que Julia no es capaz de moldear. Atrapada en la nueva situación, Julia tratará de encontrar una salida.

Crítica

Con un ritmo pausado y un guión parco donde hablan las imágenes y los silencios, Iván Ruiz Flores moldea un retrato sobre la soledad y sus formas. Incidiendo en una problemática de gran actualidad, como es la dependencia de los mayores —guiarse por la abnegación y el cuidado o por el interés individual—, se plantea el dilema interno de Julia, que debe elegir entre su madre o sí misma.

La opera prima de Iván Ruiz Flores está marcada por su profunda voluntad autoral. Dentro de este interés se encuentra, por encima de cualquier otro elemento y con notable preciosismo, la fotografía —a cargo de Íñigo Hualde. Cada una de sus escenas y planos (que en esta película casi funcionan como sinónimos, pues la mayoría de las escenas están compuestas de un sólo plano, como si fuesen los “cuadros” del cine pionero) están cuidados y realizados con tal atención al detalle y la composición que parece que estuviéramos ante cuadros barrocos. De hecho, “barroco” es la mejor palabra para definir la cinta. Claroscuros, bodegones y un realismo que incide en la profundidad, en la tradición costumbrista española (Zurbarán, Murillo), son constantes en la cinta. También lo son las composiciones que juegan a dejar mucho aire y el uso reiterado de reflejos en espejos y ventanas, más cercanos a Velázquez y a Vermeer —del pintor holandés también recoge el testigo de sus escenas cotidianas y del carácter voyeurista de sus cuadros. Profundizando en el barroquismo más allá de la inspiración pictórica, se sitúa un marcado carácter teatral, no sólo por los elementos metanarrativos (que funcionan como los trampantojos barrocos), sino también por el elevado número de planos frontales (recordando al teatro filmado), la ausencia de montaje entre escenas y la sencillez aparente que envuelve el intimismo del relato. Las composiciones simétricas se enfrentan a las divisiones, puntos de vista imposibles, encuadres dentro de encuadres, planos que dejan mucho espacio o donde puertas ocupan la mitad del encuadre —como si un voyeur espiara tras ellas—, ilustrando la lucha interna de la protagonista y la difícil relación madre-hija.

Tiempo y silencio se hacen protagonistas de esta obra donde la cuestión de la soledad impregna toda la narrativa. Tras su jubilación, Julia por fin tiene tiempo y espacio para hacer lo que realmente ansía, trabajar en su propia obra; pero su anhelo se ve importunado por la responsabilidad de cuidar a Marina, su madre. El ritmo pausado en el retiro voluntario de Julia adquiere cierta solemnidad, y los pequeños rituales cotidianos y artísticos se acercan a una sacralidad artística y personal. Sin embargo, esa misma calma acompañada por la figura de su madre, queda convertida en angustia y hastío; la consciencia del tiempo y la soledad adopta un matiz diferente, no voluntario, ligado a la incomunicación y la incomprensión. El choque entre sus personalidades y los celos, que resurgen respecto al trato que mantienen su hermano y su madre, ahonda en una herida abierta en el corazón de Julia, a punto de infectarse. Julia se siente más sola acompañada de su madre que estando sola de verdad.

Toda la obra se estructura en torno a la relación madre-hija, la autoimagen y la visión que Julia percibe que tiene su madre sobre ella. Blanca Portillo interpreta a una mujer fragmentada, pero contenida, en cuyo interior se enfrentan su carácter impulsivo, su razón y la negación del yo para contentar a su madre. Al romper con su identidad vacía y abnegada, se permite avanzar; pero sobre todo, y lo más doloroso, al romper con su madre, ésta será verdaderamente consciente de su hija —el único plano en movimiento de la cinta es un travelling que acompaña a Julia, andando sola por la calle de noche y adentrándose en la oscuridad, es justo después de este momento. Una relación, además, marcada por el miedo a envejecer, del paso del tiempo. Con la llegada de Marina, Julia tiene que posponer su deseo de ser escultora, pero el envejecimiento de su madre la recuerda su propia edad. El tiempo sigue pasando para Julia. No espera. Y dedicarse al cuidado de su madre podría suponer no volver a tener la oportunidad de dedicarse a sí misma y a su obra. Debe elegir abandonar a su madre o abandonarse a sí misma.

Entre el teatro, la pintura barroca y el cine pionero, Retrato de mujer blanca de pelo cano y arrugas encierra, bajo una apariencia (falsamente) sencilla, una reflexión sobre las relaciones de dependencia en la vejez, el paso del tiempo, la soledad y la performatividad de la identidad. Una opera prima que ha pasado desapercibida, pero que merece toda nuestra atención.

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