Yasujiro Ozu siempre hizo la misma película. Una y otra vez. A veces de forma explícita —remake de—, a veces de forma implícita, recayendo en las mismas estructuras, personajes, temas, etc. Su filmografía es un viaje a la depuración de un estilo estrechamente ligado con la filosofía zen. Robert Bresson podía vanagloriarse de lo mismo, si bien en su carrera las estructuras y personajes camuflan más la repetición; sin embargo, su filmografía también es el viaje a la depuración de un estilo, en este caso, estrechamente inspirado por el arte cristiano pre-renacentista. Estos dos cineastas, junto a Carl Theodor Dreyer, son los protagonistas del libro, de sobra conocido, El estilo trascendental en el cine de Paul Schrader.
De educación calvinista y pasado tumultuoso, cuando Paul Schrader saltó a la dirección con Blue Collar, ya había firmado los guiones de El Yakuza, Taxi Driver y Obsesión —ese reivindicable remake no acreditado de Vértigo—. En las décadas siguientes, creará sus más importantes trabajos, tanto en la dirección (Mishima, American Gigoló, Hardcore) como en la escritura (Toro Salvaje, La última tentación de Cristo, La Costa de los mosquitos), hasta la entrada de siglo, donde su filmografía sufre un bajón. No obstante, a mediados de la década de los 2010s inicia una suerte de serie redentora sobre la masculinidad y la sociedad estadounidense que, a día de hoy, cuenta con tres entregas —El Reverendo, El contador de cartas y, ahora, El maestro jardinero— y que le vuelve a colocar en la primera línea.
Las tres cuentan la misma historia: un atormentado hombre blanco de mediana edad encuentra la redención a través de una joven mujer de la que se enamora. En el caso de el reverendo Toller la opresión y la culpa viene de su crisis de fe; en el de William Tell, su pasado en la «lucha» antiterrorista en Irak; y, en el que nos ocupa, Narvel y su anterior vida neonazi. Un certero y oscuro análisis de los problemas profundos del Estados Unidos actual, atravesados siempre por su mirada espiritual y con la culpa como pilar fundamental. No obstante, en esta tercera entrega, el guionista de Toro Salvaje apuesta por despojar aún más del contexto actual para adentrarse en la abstracción argumental. Pocas pinceladas argumentales (el uso del vacío, heredado del arte oriental, heredado de Ozu) para profundizar más en el espíritu de sus personajes.
Paul Schrader, en esta trilogía, ha aplicado lo aprendido de Bresson con mayor radicalidad que nunca, al tiempo que lo adapta e hibrida con formas expresivas más tradicionales (la luz, la música, la fuerza de las interpretaciones), generando una amalgama la mar de estimulante. No obstante, a medida que la serie ha ido avanzando, el estilo trascendental se ha diluyendo hasta hacerse irreconocible y, en El maestro jardinero, ya no están la contención musical, ni el aplanado de la imágenes, ni la repetición de las pequeñas acciones, ni la triplicación de la acción (voz en off, diario, acción). Quedan huellas de ese modelo: la voz en off, las imágenes sobrias, la propia estructura, el arte sobrio, la fotografía digital,… Pero son solo eso, huellas. Huellas que, sin embargo, sí hablan de un universo propio y de una imagen personal.
Quizá ese «relajamiento» del estilo esté relacionado con el propio cambio en la historia que, a su vez, quizá esté condicionado por su situación personal (su delicado estado de salud y el de su esposa, con Alzheimer). Por primera vez, Schrader se aleja del estudio de los conflictos internos para intentar vislumbrar el camino de vuelta; por primera vez, hay luz al final del túnel. El amor, pese a todo, triunfa. Ya no hay barrera, como sí la había en Pickpocket y como la había en todas las reinterpretaciones que ha hecho Schrader a lo largo de su carrera (desde Taxi Driver a El contador de cartas). Y, sobre todo, el amor otorga esperanza (siempre en cuerpo de una joven mujer), algo muy valioso en estos tiempos. Aún tenemos futuro. Ahí entra el jardín, metáfora no muy sutil, pero muy completa del interior del protagonista. Mientras lo cuida, evita que su pasado resurja. Existe la belleza, aunque sea para esconder las semillas del odio. Al mismo tiempo, Pero también es una idea que se puede invertir: incluso cuando el paraíso ha sido destruido, aún quedan otras formas de belleza, quizá más profundas. Y, por eso, el último plano es conmovedor.
Con todo, Paul Schrader cierra a lo grande, al menos en términos espirituales y morales, una de las grandes trilogías del cine contemporáneo. Una trilogía que se ha caracterizado por la repetición, no por la expansión. Y, en la repetición, ha encontrado la diferencia y la humanidad y, sobre todo, ha encontrado el camino.
Título original: Master Gardener Duración: 111 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés Dirección: Paul Schrader Guion: Paul Schrader Productores: Amanda Crittenden, David Gonzales, Scott LaStaiti, Luisa Law, Jamieson McClurg, Dale Roberts, Linda Ujuk Fotografía: Alexander Dynan Montaje: Benjamin Rodriguez Jr. Música: Devonte Hynes Intérpretes: Joel Edgerton, Sigourney Weaver, Quintessa Swindell, Esai Morales, Eduardo Losan, Victoria Hill, Amy Le, Erika Ashley, Timothy McKinney, Jared Bankens, Matt Mercurio, Christian Freeman.
Sinopsis: Narvel Roth (Joel Edgerton) es el meticuloso horticultor de Gracewood Gardens. Está tan dedicado a cuidar los jardines de esta maravillosa e histórica finca como a complacer a su jefa, la rica viuda Sra. Havernhill (Sigourney Weaver). Pero el caos se apodera de la ordenada existencia de Narvel cuando la Sra. Haverhill le exige que tome como aprendiz a su rebelde y problemática sobrina nieta Maya (Quintessa Swindell). Esta nueva situación va a sacar a la luz oscuros secretos de un pasado violento que también es una amenaza para todos.

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