David Fincher y Andrew Kevin Walker, quien regresa a la primera línea tras Sleepy Hollow (Tim Burton, 1999), vuelven a colaborar tras el éxito de Se7en, segundo largometraje de un cineasta que, desde entonces, siempre ha estado vinculado al thriller y a los asesinos. Esta colaboración con los psicópatas se fue consolidando con los años: después, vinieron The Game, El club de la lucha, Habitación del Pánico, Zodiac, La red social, The Girl with the Dragon Tatoo y Perdida. Y eso sin contar con sus trabajos para televisión House of Cards, Mindhunter,… En ese sentido, El curioso caso de Benjamin Button, adaptación del relato homónimo de F. Scott Fitzgerald y pionera en el uso del de-aging tecnológico, y Mank, película basada en un guion escrito por su padre sobre el guionista en la sombra de Ciudadano Kane, se construyen como pequeñas islas de intimidad y amor, entre tanto nihilismo y tanta masculinidad frágil. El Asesino, su nuevo largometraje para Netflix, es un puente entre ambos mundos, el del thriller frío y desapegado y el del optimismo vital y romántico.
Michael Fassbender recupera y pervierte a su personaje de Shame y da vida a un sicario —de quien nunca sabremos su nombre— estoico, calculador y estricto. No pocos, y con razón, han visto en él al samurái de Jean-Pierre Melville. Como Alain Delon, Fassbender mantiene su rostro sin emoción, su mirada impenetrable, no pronuncia casi palabra en todo el metraje y lleva sombrero. Él es el pilar sobre el que se sostiene toda la película. Como ya han apuntado muchas críticas y usuarios, este personaje puede ser leído en clave meta, siendo un reflejo del propio David Fincher, realizador frío y calculador. Sendos sicarios están construidos en torno a la épica del sacrificio y de la soledad (la épica del samurái, del monje o del genio); sin embargo, Fincher la subvierte para cuestionar una masculinidad que se niega los momentos de vulnerabilidad, de emoción.
Pero los ecos no solo se encuentran en los personajes, sino también, más lejanos, en la trama: En una misión en París, el asesino comete un error (¿Mank?) y tendrá que lidiar con las consecuencias. Así empiezan una serie de objetivos a corto plazo que le sirven para alcanzar su objetivo principal. No obstante, Andrew Kevin Walker vuelve a caer en el mismo tropo narrativo que ponía un asterisco en el final de Se7en: mujeres en frigoríficos. En este caso vuelve a ser su pareja y su ataque se convierte en la motivación que le lleva a la actuación, el motor de la trama, porque, en última instancia, esta es una película de venganza. Será esto lo que impida que la crítica a la masculinidad sea completa o profunda. No impedirá, no obstante, una lectura política —más coja, eso sí— sobre, como dice él mismo, «las minorías y las mayorías», sobre el valor político de la vulnerabilidad y la empatía.
Fincher, por tanto, está dando una vuelta de 180º a su universo. En Se7en y Zodiac, thrillers sobre la obsesión, terminaban revelando la imposibilidad de la democracia, de sus ciudadanos y de sus instituciones y autoridades para contener el mal; en el corazón de Mindhunter está la pulsión entre la razón y lo primitivo; y House of Cards y La red social sacan los trapos sucios de las inmutables estructuras de poder del mundo contemporáneo para la indignación conspiranoica del espectador; y eso sin olvidar la mirada cínica sobre la institución del matrimonio en Perdida o su incursión en la home invasion con La Habitación del Pánico. Su universo siempre se ha caracterizado por un nihilismo inexorable, por un fatalismo que aplasta a sus personajes y sus deseos e ideales. En El asesino, pese a su forma —planificación calculada con frialdad, densas texturas digitales— más cercana a La red social, Perdida, The girl with the Dragon Tatoo o Mindhunter, tiene un fondo que la enraíza más con la sátira de la masculinidad herida en la sociedad de consumo El club de la lucha y, sobre todo, con el humanismo de El curioso caso de Benjamin Button.
Por tanto, que nos encontremos ante una película que casa lo mejor de ambos mundos es para celebrar. La maduración de un discurso social que, sin abandonar los mismos componentes, llega a cotas más estimulantes y complejas, alejadas del furor y la rabia adolescente. Es hermoso (y contraintuitivo) ver cómo la calidez del humanismo logra adentrarse —a veces de las formas más aparentemente contradictorias— entre las grietas del cinismo y la masculinidad que encuentran en la rectitud un orden, un sistema que les permita evitar el error, la humanidad. Y aún más hermoso es ver cómo todo eso se transmuta en un puesta en escena con una depuración visual aún mayor de la que acostumbra.
Más allá del lamentable «ilustrador» como crédito para Luc Jacamon, el dibujante del cómic que adapta, y de algunos lugares comunes de las historias de venganza masculinas, El Asesino es una obra, por su carácter conciliador o de puente, clave en la filmografía de David Fincher. Y, por tanto, una de las películas clave del cine estadounidense mainstream contemporáneo.
Título original: The Killer Duración: 118 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés Dirección: David Fincher Guion: Andrew Kevin Walker, basado en el cómic ‘El Asesino’ de Alexis Nolent y Luc Jacamon Productores: Ceán Chaffin, William Doyle, Peter Mavromates, Alexandra Milchan Fotografía: Erik Messerschmidt Montaje: Kirk Baxter Música: Trent Reznor & Atticus Ross Intérpretes: Michael Fassbender, Tilda Swinton, Charles Parnell, Arliss Howard, Kerry O’Malley, Sophie Charlotte, Sophie Charlotte, Emiliano Pernía, Gabriel Polanco, Sala Baker, Endre Hules.
Sinopsis: Después de un fatídico error, un asesino se enfrenta a sus jefes y a sí mismo en una persecución internacional que, según él, no es personal.

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