Crítica ‘Sala de Profesores’

Puntuación: 2 de 5.

Sin aún haber recorrido gran parte del camino que propone el alemán Ílker Çatak, uno se da cuenta que Sala de Profesores, pese a la insistencia en evocar la estética naturalista (cámara en mano que sigue a los personajes de cerca, generalmente desde atrás; formato cuadrado; luz ausente de dramatismo o expresión) de los Hermanos Dardenne, está más cerca de una abstracción alegórica que de esa imagen realista que pretende imponer a ratos la película.

En un instituto tenso por una oleada de robos, una debutante e idealista profesora de secundaria, Carla Nowak, denuncia ante la directora del centro a una de las conserjes —madre de uno de sus alumnos para más inri—  por el robo de su cartera en base a un vídeo tomado, de forma inconscientemente ilegal, desde la web de su portátil, en la sala de profesores que da nombre a la película. A pesar de su acto bienintencionado, la película focaliza su atención en el ecosistema moral de la escuela y en la pequeña revuelta que inician los alumnos del centro.

En los primeros instantes, la cinta recuerda a otras obras europeas sobre el estrés laboral, como decíamos, de corte naturalista como A Tiempo Completo, Runner o la propia Rosetta; sin embargo, su imagen, primero, y su montaje, después, desactivan esa supuesta adscripción al realismo estético y la convierten en otra cosa, una de carácter más abstracto. Además, el teatrillo y el trampantojo que conforman el altisonante drama también se configuran como un viaje de lo concreto a lo abstracto: el realizador y guionista no parece preocupado por sus personajes más allá del colegio, ni por la clausura de sus tramas, ni por la verosimilitud de algunas situaciones y de muchos personajes, particularmente los más jóvenes —en esta película están la unidad indestructible de la izquierda y la deontología periodística que se buscan por todo el globo, todo ello en manos de mini-hombres de doce años—. Y es, ante esta falta de compromiso con la realidad, donde la película entra en el territorio de las ideas y solo se puede juzgar en un terreno puramente alegórico.

Hay varios temas que conviven a golpes en Sala de Profesores: ese fantasma llamado «cultura de la cancelación»; el racismo y otras estructuras de poder; el abuso de la autoridad y, por tanto, el carácter corrosivo del poder; por consiguiente, la necesidad de rebelión; la cuestión de la privacidad y las sociedades del control; la precariedad laboral y emocional en la que viven los educadores; la situación de los más jóvenes en el mundo actual y el trato paternalista que reciben; o el deseo de control de una vida caótica y cacofónica. El espacio tan cerrado que se impone (el instituto del que la cámara solo sale en un par de momentos a los alrededores) hace que el mundo se restrinja a esas paredes y que las acciones y los gestos se amplifiquen. Los temas luchas por revelarse, pero no se les permite, pues el director, irónicamente, intenta controlarlos para subordinarlos a un crescendo dramático que es la única solución, pese a los esfuerzos de una gran Leonie Benesch, para mantener la atención del espectador. El resultado es una alegoría sobre la sociedad y su futuro creada a brochazos, con una mirada un tanto infantilizada y un final terriblemente cínico y conservador que celebra la inacción política. No en vano, el fantasma de Ruben Ostlünd, y no el de Alexander Payne, circula por sus imágenes.

Vivimos en una época —desde el siglo XIX— donde el papel del arte está en entredicho; no por los gobiernos y estructuras de poder, sino por los propios artistas, que buscan contrarrestar la aparente inutilidad social del arte con un romanticismo adorable (el arte, esa palabra que divide y permite capitalizar más que define, importa) y una dosis de existencialismo deudor de la Muerte de Dios a manos de los diversos descubrimientos científicos de las edades moderna y contemporánea (ahora es el artista quien debe ser un profeta y mostrar un espejo, una lupa o una ventana para que el espectador se asome y descubra Una Verdad). La realidad es que el arte no importa (¿por qué vale más esta película que los pupitres de tu colegio?) y no todos los artistas son filósofos. Algunos son artesanos, maestros no siempre excelsos de un oficio. No obstante, el reconocimiento de tales suele ser aletargado, pues la pulsión natural (¿capitalista?) de la crítica y del espectador es buscar a pequeños mesías que sobresalen, que nos prometen un sueño o un fantasma de lo que podremos/pudimos ser. Los artesanos no importan, porque artesano puede ser cualquiera. De hecho, hay más artesanías que Artes, cuando las diferencias entre ambas reside en una diferencia de clase —quizá una forma de ilustrar esto es estudiar los escritos desde Plinio el Viejo hasta los artistas del Renacimiento sobre el Parangone de las Artes, teniendo en cuenta el componente social y económico que se escondía detrás—; e incluso, en otros tiempos, hubo Artes que hoy en día no son consideradas ni artesanías, como las Matemáticas o la Retórica. No hay diferencias esenciales entre Sala de Profesores y el diseño espacial de un aula de instituto; sin embargo, una de las dos opciones es más fácil de vender que la otra.

Esta cultura, este clima de mercantilización de la intelectualidad, empuja a Ílker Çatak a crear una fábula moralizante sobre la enseñanza; cuando el cineasta alemán, como la gran mayoría de artistas, críticos y otros ensayistas que comercian con información, no tiene madera de ni de analista social ni de filósofo. El intento, no obstante, es encomiable y necesario. Tampoco se trata de cercar la reflexión en voces que se encuentran en lo alto de la pirámide; al contrario: consiste en diferenciar la sabiduría popular del marketing y entender cómo el desarraigo de lo vulgar ha condicionado la cultura en la que vivimos sumergidos. En la Era de la Información, los artistas, en una mezcla entre el declive (según Mark Fisher) del rol paterno en la sociedad y una pulsión por redimir la culpa que les corroe por su propio privilegio, ya no saben qué decir y, sin embargo, sienten la imperiosa necesidad de demostrar al mundo que sí lo tienen, que el arte sigue siendo socialmente útil e íntimamente trascendente.

El gran pecado, sin embargo, no es que Çatak no tenga nada que decir (no es el primero ni será el último), es que la apuesta tan fervorosa por la alegoría socava el oficio: solo el compromiso hacia y de Leontine Bernesch, junto con alguno de los actores infantiles, y su peculiar adscripción al género ‘de colegios’ son capaces de arrojar algo de luz en una selva de ideas más estridente que compleja. Sala de profesores tiene grandes problemas para levantarse sin el apoyo de la música grandilocuente y un guion construido a base de decibelios y giros efectistas; no digamos ya la dificultad para aclararse y diferenciar entre ambigüedad y caos. Pero, sobre todo, sus imágenes son tan explícitas —hasta entramos en la mente de la profesora en un par de ocasiones— que se agotan de inmediato; y, debajo de esa máscara, solo queda un fiel y cristalino reflejo del arte en la sociedad contemporánea.


Título original: Das Lehrerzimmer Duración: 98 min País: Aelmania Idioma: Alemán, Polaco, Turco, Inglés Dirección: Ílker Çatak Guion: Johannes Duncker, Ílker Çatak Productores: Ingo Fliess Fotografía: Judith Kaufmann Montaje: Gesa Jäger Música: Marvin Miller Intérpretes: Leonie Benesch, Anne-Kathrin Gummich, Rafael Stachowiak, Michael Klammer, Eva Löbau, Leonard Sttenisch, Oskar Mats Zickur, Can Rodenbostel

Sinopsis: Carla Nowak, una idealista profesora de matemáticas y deportes, comienza su primer trabajo en una escuela de secundaria. Cuando se producen una serie de robos en la escuela y se sospecha de uno de sus alumnos, decide llegar al fondo del asunto por su cuenta. Carla intenta mediar entre padres indignados, colegas obstinados y estudiantes agresivos, pero se enfrenta a las implacables estructuras del sistema escolar.


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