Existe en La estrella azul un intento por mostrar la belleza del proceso artístico entendido como viaje, y subrayarlo como igual de significativo que la obra una vez terminada. Partiendo del viaje del músico zaragozano Mauricio Aznar a Argentina en busca de reencontrarse con su pasión, se dan en la película una serie de escenas que rompen con la narrativa de ficción, dramatizándose, por ejemplo, el propio casting en busca de “un Mauricio” o mostrándose en clave documental el viaje de los cineastas para escuchar los testimonios de aquellos que conocieron al músico allí en Argentina. De esta forma, se da este intento de engrandecer el cómo se hizo la obra, integrándose el rodaje en la propia película y dejando que baile con la historia que la hizo posible. Cara a Cara. Probablemente esta idea se deba, al menos en parte, a la odisea que, según cuenta el director Javier Macipe en varias entrevistas, ha supuesto el rodaje de esta obra, que ha tenido que enfrentarse a problemas como un largo parón debido al confinamiento de 2020 (tras tres días de comenzar el rodaje) o la monstruosa inflación de Argentina. Sin embargo, son precisamente estos contextos los que pueden terminar engrandeciendo una obra ya de por sí atractiva, haciéndola más interesante por lo que encierra bajo su superficie. Y es esta mirada épica y romántica hacia la creación artística, la que puede envolver historias como la de Mauricio Aznar, de una belleza terrible y magnética, muerto cuando aún tenía mucho que decir, en una historia que se las ingenia para ser luminosa a pesar de contar una historia triste.
Aunque La estrella azul es una película honesta, que no pretende hacer grandes florituras o llamar la atención de forma barata o fácil; la película de Macipe también es profundamente valiente. O al menos, existe en ella la sensación de que no se han cohibido a la hora de plantear ciertas escenas (sobre todo aquellas que transitan entre realidad y fantasía, documental y ficción), bajo un sentido de ambición personal y humilde de un director que parece no querer dejarse nada en el tintero. Son los elementos metanarrativos y documentales que rescatan el proceso en la misma obra per sé, los que vuelven a esta película una rareza especial y digna de conservarse en la memoria. Por un lado, estos elementos suponen un homenaje y un reconocimiento a aquellos que están detrás de las cámaras, que terminan uniéndose al baile (literalmente) de una película que habla de héroes anónimos. Por otro lado, nos recuerda que estamos ante una quimera, una representación de lo que realmente se habla y una extensión del propio sueño y motivaciones del Mauricio Aznar real, en el sentido en que no hay un espíritu de mímesis o de «banda tributo» respecto a la vida y canciones del músico. Y, finalmente, mostrar el casting al comienzo y al final de la película se vuelve un recurso cinematográfico para representar una dimensión paralela y liberadora, donde una historia con un final brusco puede tener un “segundo desenlace”, apaciguador, con un valor capaz de reparar aquello que terminó antes de hora. Curiosamente, esta escena, tras la muerte de Mauricio «en la ficción», donde se reencuentra con su hermano fallecido, termina siendo el momento donde Macipe realmente se permite la emotividad y “llorar” con un personaje que solo habíamos acompañado de cerca en momentos que no se dejaban caer en la sombra. Escenas antes, la cámara «huye» de estas lágrimas al saltar fuera del bar donde el protagonista rompe a llorar, viéndolo sin escucharlo a través del cristal desde la calle. En otra ocasión, para mostrar la muerte de Mauricio, pasamos por primera vez a una escena donde estamos en la perspectiva de otro personaje, y su sobredosis llega como la experimentaron sus amigos, de forma brusca y fría.
En la película se dan la mano dos partes claramente diferenciadas: la estancia de Mauricio en Argentina y aquellas escenas donde se encuentra en la capital aragonesa. El tiempo de aprendizaje y descubrimiento que el personaje vive en Latinoamérica se refuerza con luz natural que hace brillar su pelo con un halo veraniego, y escenas mayormente en exteriores con encuadres amplios y localizaciones naturales. En contraposición a esto, las escenas en España son mayormente nocturnas, con iluminación artificial y una serie de encuadres más cerrados y asfixiantes que apelan a la sensación de desamparo y pérdida de Mauricio. Es así como esos días tan significativos, donde se concentra la vida para el músico, se transmiten con un estilo cinematográfico que trata de vibrar con la magia de un lugar con otros tiempos y otra forma de mirar la vida. Se mantiene a lo largo de toda la película, sin embargo, la elección de mantener la cámara en mano en todo momento, de forma que hay una sensación de “estar ahí”. Desde luego, es una película en la que viajamos con Mauricio en todo momento: bailamos, comemos y charlamos con él. Esta cámara en mano y movimientos que no se preocupan tanto de encuadrar quirúrgicamente sino de moverse con la escena, no tienen tanto que ver con la garra de parte del cine latinoamericano moderno sino con un desaliño y una búsqueda de un sentimiento real sin refinar. Además, durante las numerosas charlas en una película que no tiene prisas y trata de buscar la belleza de los pequeños momentos, Macipe evita los planos/contraplanos, se toma el tiempo para escuchar a sus personajes con atención plena, y deja que la magia de unos actores no profesionales contagie la pantalla. En definitiva, empapa toda la cinta un sentimiento cotidiano y contemplativo que mucho tiene de espiritual, relacionado con esta nueva forma de entender la vida y la música que Mauricio encuentra en Santiago del Estero, en una película que habla de un aprendizaje y una búsqueda.
Hay también en La estrella azul un intento por alejarse de lugares que ya se han explorado, como el arquetipo de músico caído en la adicción y el hastío, que tan solo intuimos. También hay una forma diferente de acercarse a las interpretaciones musicales en comparación a otros biopics o películas musicales. En esta película, con un diseño sonoro delicioso, la música se integra y relaciona de forma muy orgánica y natural con la historia, vibrando con energía propia; de forma que estas canciones realmente suenan inmersivas y se alejan del sonido grabado en estudio. Además, que la historia se desarrolle en los 90 conduce a su puesta en escena a una especie de fetichismo pre-digital con gran cantidad de planos detalles de casetes, posters y diferentes aparatos electrónicos que ahora son vintage.
La película de Macipe habla de contradicciones, pasiones y artistas; de forma que se ven ejemplos de diferentes formas de acercarse al arte, manteniendo en todo momento una clara tesis sobre lo que es verdaderamente bello en él, y criticando de forma socarrona la fama. Pero sobre todo, La estrella azul es una película que busca la luz, que, pese a contar una historia triste, se las apaña para resultar luminosa. En una película donde el proceso, largo y costoso, es igual de bello que la obra acabada, se habla de una estrella que, aunque de forma fría y tenue, marca el camino de forma eterna para todos los perdidos que buscan algo a lo que agarrarse.
Título original: La estrella azul Duración: 129 min. País: España, Argentina Idioma: Español Dirección: Javier Macipe Guion: Javier Macipe Productores: Natalí Córdoba, Simón de Santiago, Amelia Hernández Causapé, Hernán Musaluppi, Antonio Pita, Diego Rodriguez Fotografía: Álvaro Medina Montaje: Nacho Blasco Música: Peteco Carbajal, Alicia Morote Intérpretes: Pepe Lorente, Mariela Carbajal, Noelia Verenice López, Demi Carbajal, Marc Rodríguez, Bruna Cusí, Catalina Sopelana, Aitor Domingo, Guillermo Mata, Alberto Solobera, Carlos Gracia, Jonatan Sierra
Sinopsis: Años 90. Mauricio Aznar, un famoso rockero español recorre Latinoamérica buscando reencontrarse con su vocación dejando atrás el fantasma de la adicción. Allí conoce a Don Carlos, un anciano músico en horas bajas que, a pesar de ser autor de algunas de las canciones más famosas del folclore de su país, apenas consigue pagar sus facturas. Carlos acoge con generosidad al extraño visitante haciendo las veces de maestro Miyagi musical. De su encuentro nace un extravagante dúo quijotesco, con todos los visos de ser un absoluto fracaso comercial.
