Tercera tanda de reseñas para abordar algunos de los títulos premiados en la edición presencial del Atlàntida en Mallorca. La Sección Oficial Internacional, que ha estado disponible en Filmin un par de semanas, ha llamado la atención por su carácter estricto correcto. Sin grandes aspavientos. No hay títulos destacables, ni grandes apuestas formales; todo parece circunscrito a un cine de festivales (o de ayudas) que, sin ser malo en ningún momento, tampoco ofrece nada excepcional. Es más, es una sección internacional que palidece en comparación con otras de sus secciones no competitivas, donde se permiten marcianadas firmadas por Bertrand Mandico o los hermanos Zellner, la apuesta documental de Steve McQueen o las rarezas autorales de Radu Jude.
En esta mezcla de registros se presenta la hornada de hoy que, sin más dilación, os dejamos disfrutar.
Conann, la bárbara (Bertrand Mandico) – Bestias y katanas
Conann, la bárbara viaja a través de épocas y espacios, y dibuja un lienzo excesivo en el que lo irreal se apodera de cada molécula de sus imágenes y sonidos. La nueva película de Bertrand Mandico continúa la senda experimental de sus anteriores trabajos y nos trae de vuelta un viejo conocido, reformulado aquí en su vertiente femenina. Llevando la teatralidad al paroxismo más absoluto, esta revisitación recuerda por momentos al cine de Peter Greenaway, en particular a El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante. Su voluntad por desvelar al mago que hay tras la cortina, y su esmerado empeño por trascender este artificio de una manera tan kamikaze y megalómana resulta, a veces, algo difícil de digerir.
Las imágenes en 35mm tienen ecos de un cine de otro tiempo pasado por el filtro queer más macarra, y por momentos consiguen llevarnos a la Europa de pesadilla imaginada por Lars von Trier o Liliana Cavani. Su audacia a la hora de jugar con las texturas y los anacronismos, así como la independencia del sonido, grabado en postpdroducción, nos colocan en un territorio noctámbulo, en una miscelánea expresionista donde se dan cita una serie de episodios que confluyen en un lugar arcano. Lejos de su enconado planteamiento, hay una emoción que germina en el corazón de esta piñata audiovisual tan apabullante, y es la inspiradora fuerza de un cine sin concesiones dispuesto a ir con todo y, si es necesario, contra todos. Sergio Román.
La profesora de literatura (Katalin Moldovai) – Sección Oficial Internacional
Cabe preguntarse porqué siempre se asocia la figura de una profesora a las historias sobre la vulnerabilidad, la defensa y los ataque recibe la educación (Un polvo desafortunado o porno loco, Sala de profesores), mientras que sus compañeros acaparan los roles románticos e inspiradores, donde el poder empancipador del arte y la importancia de la profesión en la creación de individuos políticos libera al ser humano espiritual (Los que se quedan, El Club de los Poetas Muertos, La Ola). En ese sentido, La profesora de literatura ofrece un interesante punto de encuentro entre sendos lugares comunes, pues nuestra protagonista —que se ve metida en problemas por recomendar en clase un biopic de Arthur Rimbaud— tiene esa doble cara: es la diana simbólica de los ataques de la ultraderecha contra la educación (y, por extensión, las artes y la libertad de expersión) como forma de socavar los pilares básicos de la sociedad democrática y, al mismo tiempo, es el foco de inspiración para una serie de adolescentes que aman la poesía, el teatro y la literatura, particularmente el hijo de uno de estos ultraderechistas.
La película discurre por los cauces esperados, tanto narrativamente como visualmente, del cine de festivales acostumbrado a recibir más elogios por sus temas que por sus formas. No hay tour de force actoral que la eleve; o una banda sonora que emocione por su originalidad o grandilocuencia. Y eso, en el fondo, es una pequeña virtud. Porque no hay grandes aspavientos dramáticos que traten de vender la moto. Ni bandas sonoras que traten de corregir las carencias rítmicas de las imágenes o del libreto. En cambio, sí hay unas imágenes digitales que se sienten caducas y mediocres y, por tanto, honestas, incluso en los momentos de mayor rigidez compositiva. Los fliqueos de la imagen encajan con la naturalidad de su aproximación al personaje principal y sus conflictos, siempre dramáticos, nunca teatralizados. Es el rostro normal de Ágnes Krasznahorkai. Como decíamos, no es una gran obra y eso está bien, porque tampoco se pretende. Y es esta rara falta de ambiciones —más allá del intento de combatir políticamente la situación cultural europea— la que termina por arrojar un poco de luz en un mundo ultracompetitivo, lleno de batallas culturales y víctimas reales. Jorge Sánchez.
La venus de plata (Hélena Klotz) – Sección Oficial Internacional
Gran ganadora de la Sección Oficial Internacional, La venus de plata, el debut en el largometraje de la coguionista de Madeleine Collins, Héléna Klotz, cuenta la historia de una joven hija de un militar que se abre paso en el mundo de la economía financiera, a pesar de carecer de una red profesional de contactos y una educación de élite, gracias a un talento descomunal para las matemáticas y el análisis de datos. El libreto bien podría ser un primer boceto de un guión de los hermanos Dardenne: el seguimiento a una joven con problemas sociales que busca prosperar, la crítica al capitalismo descarnado que deshumaniza al individuo o una latente estructura dramática clásica escondida tras una apuesta radical por el punto de vista; sin embargo, todo se queda corto. Y es, en gran medida, porque la directora no tiene —o no consigue transmitir— el compromiso ético y estético —por muy criticable sea esa mirada— que sí tienen los hermanos belgas con sus personajes y sus imágenes.
Las tres subtramas se unen a base de brocha gorda, conformando una bolsa de aire temática que aparenta más que construye un discurso serio entorno a la generación Z, el sistema financiero de inversiones, el género o la violencia. Algo parecido ocurre con su puesta en escena: a ratos, videoclip; a ratos, drama político francés de qualité; a ratos, coming of age de Daniel Sánchez Arévalo —la presentación de personajes es idéntica que en Diecisiete—; a ratos, cine francés de festivales. Un maremágnum de ideas que no siempre terminan de casar bien entre si; aunque sí dejan pequeños destellos, breves momentos de interés, como la marcha de los infantes a la salida del recinto militares camino de la escuelas al ritmo de la corneta de sus progenitores o la actuación hierática de Claire Pommet que da vida a un personaje, pese a ser coartado por la trama, de gran potencial. El resultado es una película aún por madurar, un conjunto de instrumentos orquestados sin un rumbo fijo que, desde luego, puede dar algún plano, momento o rostro estimulantes, pero que, en general, deja indiferente. Jorge Sánchez.
Photophobia (Iván Ostrochovsky y Pavor Pekarcik) – Tiempos de guerra
Photophobia nos lleva a la guerra de Ucrania y nos sumerge en el submundo del metro de la ciudad de Járkov. Niki, un niño de 12 años, nos mostrará la vida de una sociedad que sobrevive entre los andenes de la estación, los vagones del metro y sus vías. En Photophobia, la luz del día representa el peligro de la guerra, mientras que el mundo subterráneo significa la supervivencia. Niki y Vika, de 11 años, se esconden de la terrorífica guerra en una estación de metro en Járkov. La luz del día es sinónimo de peligro mortal, mientras que la vida bajo el resplandor de los fluorescentes de la estación es la esperanza de vivir un día más. En ese mundo conviven familias que esperan volver a una ansiada normalidad. Mientras tanto, conectamos con la realidad exterior gracias al visor de diapositivas de Niki, que nos transporta a través de imágenes en Super 8 a la devastación de sus hogares, calles y colegios, mostrándonos la fortaleza del individuo frente al horror de la destrucción, lo que a su vez nos lleva a la melancolía de esos espacios añorados.
En esa sociedad distópica observamos sus propias leyes internas, que generan códigos de conducta que garantizan el orden en esa anarquía sobrevenida. Ostrochovský y Pekarcik nos muestran esos espacios sin interrumpir, molestar o juzgar, llevándonos a través de su cámara a los problemas de sus protagonistas, pero desde una perspectiva causal, sin reproches, sin acritud, y con un hilo de esperanza que a menudo surge gracias a pequeñas dosis de ironía en esa visión tan dostoievskiana del destino. Los padres hablan del futuro de sus dos hijos o comparten sus pocas reservas de alimentos con sus vecinos del vagón del metro. El viejo trovador ronda con sus canciones de amor, y Niki y Vika adaptan sus juegos a su nuevo tipo de vida. Finalmente, ellos representan esa nueva evolución de la raza humana, cuando la luz del sol podría convertirse en la causa de una nueva epidemia mundial: la Photophobia.
Una película que transita entre la realidad y la ficción, contrastando la larga y estupenda secuencia exterior, donde percibimos la perplejidad ante una situación de peligro, con la escena de los padres de Niki fumando en el vestíbulo de la estación, donde sentimos una cierta seguridad, mientras volvemos a escuchar las bombas explotando en el exterior. Contrastes de la condición humana, de la adaptación a una nueva situación, del retorno a las cavernas, el abandono de la individualidad y la vuelta al sentimiento de tribu. Carlos Garries.
Sasquatch Sunset (David y Nathan Zellner) – Bestias y katanas
Los hermanos Zellner son una rara avis dentro del cine independiente norteamericano. Lo son, incluso, dentro de las propuestas más extrañas que este ha exportado al resto del planeta. Tras una trayectoria de lo más curiosa que ha conseguido coquetear con presupuestos relativamente decentes, este tándem ha conseguido hacerse un hueco y afianzar su singularidad con el aval de algunas estrellas de la talla de Robert Pattinson o Jesse Eisenberg.
Su nuevo concepto es un ‘high concept’ en toda regla, que pretende tomar el testigo de las aproximaciones antropológicas de cintas como El oso o En busca del fuego, pero con unas notas del Spike Jonze más desenfadado –sí, el de Jackass-. Y es en este punto donde la propuesta no consigue llevar más allá lo divertido –y original, si se quiere- de su premisa, a pesar de hacer serios esfuerzos por dosificar los momentos dramáticos y los directamente ridículos, y sugerir, según avanza la historia, un cierto desarrollo temático.
Por el camino hay escenas memorables, como aquella en la que las criaturas se contagian de la energía electrizante del tema «Love to Hate You», del grupo Erasure. El problema es que estos instantes andan algo desamparados y descoordinados, y apenas sostienen una ambición reducida a lo anecdótico, que no añade nada nuevo a lo que cabía esperar viendo el trailer. Una pena que este apéndice alargado de la introducción de 2001: Una odisea del espacio no consiga encontrar su monolito. Sergio Román.
Tempestad en Washington (Christoffer Guldbrandsen) – Tiempos de guerra
Desnudando a tres asesores de Donald Trump, descubrimos parte de la personalidad del expresidente de los Estados Unidos y, sobre todo, el tipo de país que desean construir. Steve Bannon y Roger Stone, ex-asesores de Trump, no se han resistido a mostrar sus logros y manipulaciones a través de un equipo documental que sigue sus pasos. El Gran Manipulador y Tempestad en Washington, e incluso la película de ficción Brexit, nos hablan del cambio de paradigma en las reglas de la política a nivel mundial. Gracias a este tipo de narcisismo mediático, podemos observar cómo se ha manipulado a la opinión pública, adulterando así el sistema democrático de las elecciones. Un nexo de unión claramente identificable es la capacidad de retorcer la verdad hasta alcanzar los fines deseados, desprestigiando al oponente e intoxicando constantemente con mentiras a todos aquellos que se interpongan en el camino hacia su verdadero objetivo: el poder y cómo obtener grandes beneficios de él.
Roger Stone nos atrapa con la vehemencia de los grandes vendedores de mentiras, capaces de crear un eslogan, como los que antiguamente nutrían al sector izquierdista, ahora trasladado a la extrema derecha. The New Deal o el «No pasarán» se transforman en Stop The Steal (Detengan el robo), lema bajo el cual marcharon hacia el Capitolio el 6 de enero de 2021, espoleados por el propio Donald Trump y llevados a cabo principalmente por grupos de extrema derecha como los Proud Boys. En el documental, seremos testigos de la relación entre este movimiento y Stone.
El director, Christoffer Guldbrandsen, filmó durante tres años a Roger Stone, logrando capturar la verdadera personalidad de uno de los principales apoyos de Trump para llegar a la Casa Blanca y cómo Stone sentó las bases para llevar a cabo algo impensable en una democracia como la de Estados Unidos: un golpe de estado civil, haciendo realidad lo que habíamos visto en múltiples ocasiones en películas: la toma del Capitolio.
Tres años de filmación en los que apreciamos las diferentes motivaciones que impulsan a este villano, recién salido de un cómic de Batman o Superman de los sesenta. Lo veremos fumando grandes puros habanos que apenas caben en su boca, bailando con trajes y chalecos a rayas con sombreros anacrónicos, al ritmo de un peculiar foxtrot, como una mezcla entre el Pingüino de la serie de los 60 y el histrionismo del Joker de Jack Nicholson, pero con la extraña sensación de que puede interferir en el status quo real. Es sinceramente angustiante y aterrador escuchar cómo pone toda su influencia al servicio de una mentalidad maligna al servicio del movimiento de extrema derecha. Uno de los grandes aciertos de Christoffer Guldbrandsen es convertirse en un personaje más de esta historia. La interacción con Stone hace que este último se desnude con total brillantez ante su cámara. Además de esas grandes sentencias en las que amenaza veladamente al director («Si usas algo de esto, te mataré») o lo desprecia («¿Te digo cómo hacer películas danesas? No, entonces no me hables de política estadounidense»), la proximidad que consigue permite captar el nerviosismo en los tics de su boca. Momentos en los que percibe la traición de Trump son memorables, como cuando ve que Giuliani tiene un coche oficial para ir al discurso del presidente en Washington y él no. Guldbrandsen se mimetiza en el círculo de Stone, logrando momentos espontáneos que retratan al personaje y al momento que se está viviendo.
La primera parte prepara al espectador para lo que será esa segunda parte demoledora, que es uno de los grandes momentos de la historia de Estados Unidos, una historia que todavía se está escribiendo. La cámara del director capta todo lo que se cocinaba entre bambalinas antes, durante y después del asalto al Capitolio el nefasto 6 de enero. Se ilumina cómo surgió el impulso de no aceptar las elecciones presidenciales, las campañas orquestadas por medios de comunicación afines que sembraban la duda a base de mentiras comprobables, el apoyo de grupos paramilitares civiles de extrema derecha dispuestos a dar un golpe de estado, la búsqueda de la violencia, la traición de Donald Trump y, por supuesto, la huida de todos los implicados de Washington. Tempestad en Washington es una película tanto terrorífica como fascinante, que nos acerca a una verdad inexistente, sustentada en la mentira y la manipulación. «No importa si nunca lo dijo», mientras esperamos las tormentas que están por venir. Carlos Garries.
The Island (Damien Manivel) – Sección Oficial
The Island es una película confusa en sus decisiones narrativas y de puesta en escena, tan llena de contradicciones como la adolescencia. Curiosa como película-experimento, ficción y realidad se mezclan en esta historia sobre las sensaciones, la corporalidad y la actuación. Con la excusa de una fiesta de despedida de unos jóvenes adolescentes, Manivel explora la hibridación de formatos y la sensorialidad, enfocándose especialmente en el sonido y en el tacto. Una última noche de verano para Rosa y sus amigos antes de que ella se vaya a Montreal; beben y fuman en la playa, hacen peleas de algas y se bañan en el mar, pero esta premisa es absolutamente secundaria. El argumento pudiera haber sido cualquier otro, la amistad o la pérdida resultan intrascendentes, incluso el acercamiento de los actores al personaje es irrelevante. Todos los elementos quedan en segundo plano para centrarse en un juego de autoimagen, de trabajo de construcción de la propia película, especialmente desde la actuación y la dirección de actores, ejercicio por desgracia bastante superficial.
El verdadero interés de la cinta reside en el diálogo entre las imágenes de la ficción y el registro de los ensayos del mismo, exprimiendo al máximo un formato que arriesga en la hibridación. Un formato que construye una breve narrativa donde los actores anticipan los acontecimientos de los personajes, los sustituyen o los reiteran. Sin embargo, esta conversación meta cinematográfica, especialmente centrada en la actuación, agota rápidamente sus posibilidades, limitándose a un ejercicio de estilo vacuo. Personajes y actores se pierden en el formato. Sus cuerpos son recipientes de sensaciones. Se mueven con coreografías, recitan su frases y reaccionan al resto de actores, pero se antojan volubles e incluso fríos, ajenos a las emociones representadas. El sonido y el tacto son solo experiencias, la supuesta pasión de Rosa por el baile queda borrada del mapa y una cámara cercanísima a los personajes retrata una atmósfera volátil, sin llegar a captar la intimidad y el viaje emocional de los jóvenes. Al fin al cabo, el foco no está en los sentimientos, si no en la propia representación. María Valdizán Cuende.
