Tenéis que venir a leerla. La película, decimos. Volveréis. La nueva película de Los Ilusos, la productora liderada por Jonás Trueba e Itsaso Arana, sobre una pareja que quiere hacer un fiesta para celebrar su ruptura. La entrevista, si queréis también, que, mal que se comente, pero está bien. Se deja leer.
La película es estupenda: muy sencilla y, a la vez, muy complicada. «Es un cine frágil, hay algo ahí, de aparente ligereza que es frágil en su concepción, aunque luego se construya y esté muy bien armado», dice Itsaso Arana. «Y luego, dentro de esa ligereza, en el fondo estamos hablando de personajes que tienen un gran conflicto», añade Vito Sanz. Ellos son Ale y Alex, respectivamente, una pareja que se va a separar y, para celebrarlo, deciden hacer una fiesta con amigos y familiares para celebrarlo. Ellos son Ale y Alex (respectivamente), pero Ale y Alex también son Jonás Trueba. Los tres firman el guion, aunque las aportaciones vienen de «todos. Aunque yo considere que las películas salen a veces de un lugar muy íntimo, pasan por una especie de trituradora con todos ellos, que te van diciendo sí o no, te lanzan ideas, te guían. Así que no solo los actores, hay personas detrás que aportan muchísimo más de lo que a veces me doy cuenta.»
Esta crítica, en realidad, quería hacerla María. En solitario. Porque no ha escrito nada ella sola desde Las chicas está bien y pensamos que sería bonito que su regreso triunfal fuese con Volveréis. «Para mí, ya existía el precedente de que se puede armar una película a partir de una broma (…) Quizá más sofisticado, pero no deja de ser algo que no sabes si es una broma o una frase que encierra una filosofía», esgrime Jonás Trueba, refiriéndose a Los exiliados románticos, una película que surgió «también en una noche en la que Vito y yo, junto con otros dos amigos, nos levantamos al día siguiente y dijimos: «Podríamos hacer una película«, como sosteniendo las bromas de la noche anterior». ¿Y si ellos podían hacer una película seria desde la broma, por qué nosotros no con un texto? Total, ¿quién lo impide?
El caso es que Volveréis surge de «una frase que escuché a mi padre y que fui rumiando en mi cabeza», una tontería de Fernando Trueba, que, en la película, hace del padre del personaje de Itsaso Arana, Ale, que se ha transformado en película. La frase en cuestión es «no son las uniones las que deberían celebrase, sino las rupturas»; por eso, y perdón por repetirnos, Ale y Alex deciden celebrar esta fiesta el 22 de septiembre, en el fin del verano. Fecha que no es baladí, aunque en el estreno en España no se haya decidido respetar el compromiso por las clausuras.
A Jonás Trueba, como a Godard —se sonrojan cuando, intentando que entren al barro dialéctico de las tensiones entre la cultura de los autores y el cine como ejercicio colectivo, les nombramos el Grupo Dziga Vertov: «Esos sí que eran unos punkis», se ríe Trueba. «Sí, eran unos punkis. Yo siempre digo que Jonás es un punk civilizado, pero es un súper punk.», culmina Arana. Aún así, el cineasta lo discutió: «Siempre he sentido que en el momento de la promoción, las películas se cargaban demasiado sobre mí, olvidando casi siempre el trabajo del resto de personas, de los actores, del equipo. Obviamente, yo dirijo la película a muchos niveles, pero es una colaboración creativa con muchas personas.», como esta web, según Jorge. La actriz, por otro lado, asegura: «En el fondo yo creo que sí es un colectivo, pero un colectivo muy guiado por Jonás.» Como en esta web con Jorge, según María. «Siempre pienso que uno de sus mayores logros en sus películas quizá no es cada película en sí, que evidentemente me gusta formar parte de ellas como actriz, sino sobre todo una forma de producir y entender el cine de manera verdaderamente imaginativa, propia, independiente, libre.», sigue Arana, «Eso es lo que nos hace sentir parte de un pequeño movimiento, humildemente hablando.» —, le gusta citar sus fuentes.
Y no solo en los créditos, sino que las integra en el propio texto. (Aunque lo nuestro más que una broma, era una acción poética interna, un intento de relanzar una nueva etapa, el cierre del un círculo que permitiese abrir uno nuevo.) Son claves para entender la obra. Así, se citan comedias de enredo clásicas, filósofos de antes y libros de los de ahora, pero, en este caso, es La Repetición de Kierkaargd, también recomendada por el padre a mitad de cinta, la referencia fundacional para la película: «El amor-repetición es en verdad el único dichoso porque no entraña, como el del recuerdo, la inquietud de la esperanza ni la angustiosa fascinación del descubrimiento, ni tampoco la melancolía propia del recuerdo. Lo peculiar del amor repetición es la deliciosa seguridad del instante«.
No solo porque ese párrafo que nos recuerda Itsaso Arana-Ale sea una condensación temática de la obra —el amor cotidiano, presente, el de los pequeños gestos, pero también el propio concepto de película-hogar («es como casa», asegura Trueba) que han venido practicando Los Ilusos y que, en Volveréis, encuentra su culmen; de momento—, sino también condiciona la propia estructura narrativa de la obra. Ale y Alex anuncian la ruptura y la fiesta una y otra vez, como si de las entrevistas promocionales de una película se tratara. «No, pero estamos bien», dicen los actores. Esa repetición abre las ventanas a una humanidad sutil, que predica con la emoción de un abrazo que no es nostálgico —como el que abría La Reconquista— o melancólico —como los que puntuaban Los Exiliados Románticos—, sino que simplemente es un abrazo. «Al final, acumulas recuerdos, vida, vídeos, memorias digitales… Todo se llena de vida.», concluye la actriz. Además, la reiteración de escenas y situaciones permiten configurar no solo una especie de «tratado de la actuación», en palabras de Arana para otro medio, sino una serie de grietas que terminan por alcanzar una epifanía emocional de ecos bressonianos, que quita todas las máscaras y permite mirar al futuro, que es hacia donde se escribe la película.
No es casualidad que, en 2005, Jordi Balló y Xavi Pérez (nuestros padres culturales) abriesen Yo ya he estado aquí. Ficciones de repetición con otra cita del mismo libro de Kirkegaard. El libro de los autores catalanes, a día de hoy, sigue siendo un de las más bellas defensas del placer por la repetición en contra del «mito del valor único de la novedad al que el mercado (cultural) ha vivido anclado». Y, salvando las distancias —pues Balló y Pérez se centran en relatos seriales—, es ese carácter experimental de las ficciones lo mismo que vienen reivindicar Los Ilusos. Lo explica su director: «Esta taza que hemos usado en cuatro películas la volvemos a poner aquí porque para nosotros significa algo, es como casa. Y hay algo de esto que, bueno, también en esta película en particular tiene que ver con el reciclaje, con reutilizar las mismas cosas. No hace falta estar siempre buscando todo nuevo. Es bonito poder reutilizar elementos y objetos en la película, colocándolos de manera diferente para que sean algo distinto cada vez. Me acuerdo de que les decía que estábamos haciendo una película que dialogaba con las anteriores. Siempre lo hemos hecho, siempre ha habido una continuidad natural de una a otra.»
Algo que se hace patente, si atendemos a la cita que abría Los exiliados románticos: «Hacerse a la mar significaba cambiar el elemento de la vida, trocar lo firme por lo fluido, lo cierto por lo incierto, conquistar distancia y extensión. También se agitaba la pasión de un nuevo comienzo.» Pertenece a Romanticismo (una odisea del espíritu alemán) de Rüdiger Safranski. No es que esta apuesta por la ficción de repetición deje de lado todo el romanticismo —Trueba, como Sang-soo, de quien viste una camiseta durante esta entrevista, como Ozu, como Rohmer o como Godard, sigue necesitando de una Firma (concepto netamente romántico) para que esa repetición tenga valor social—, sino por cómo se adapta y se transforma. El cambio entre la llamada a la aventura de unos jóvenes treintañeros (la juventud de la crisis) que viven en una casa móvil, a la necesidad del dolor (emocional) y a lo fluido como filosofía de vida, y una obra sobre lo sólido de nuestras vidas (hogares, parejas, arte, amigos,…), donde las rupturas son agridulces y se celebran y donde no importan tanto la distancia y la extensión de la carretera como una mirada distinta a lo cotidiano; ese cambio, con sus contradicciones, matices y continuidades, es la mayor prueba de honestidad que pueden aportar Los Ilusos en general y Trueba en particular.
Quizá Trueba (Los Ilusos), pese a ser tan Rohmer, tan Ozu, tan Bergman, tan Godard, tan Sang-soo, se ha terminado acercando más al espíritu de la autocomedia humanista de Nanni Moretti. Como en el cine del italiano, aquí también hay esperanza, política, juegos metanarrativos, música y un rodaje. Es el rodaje de Los años nuevos, que lidera Rodrigo Sorogoyen y protagoniza Francesco Carril, actor adscrito a las películas ilusas desde su germen en 2013. La serie gira también en torno a la pareja y la repetición: 10 episodios, 10 Nocheviejas y una misma pareja. El día que presentaron la serie en el Festival de Venecia, nosotros veíamos Volveréis en los Cines Van Dyck de Salamanca y empezamos a concebir este artículo, este pequeño homenaje entre los dos, desechando finalmente la idea de dos publicaciones una crítica normal escrita por María y una entrevista normal redactada por Carlos. Por escribir también desde la creatividad y el juego, por divertirnos.
El otro gran cambio parece desencadenado por el debut en la dirección de Itsaso Arana. Las chicas están bien, como todas las película ilusas, comparten la misma filosofía: hacer de la vida una película. Que el cine, ese espacio formado por ideas, pero asentado en la realidad, sirviese como proyección; quizá escape, quizá remedio. ¿Y qué es escribir de cine si no un intento de prorrogar la experiencia de la obra, cuando no directamente hacer de la vida una obra cinematográfica? Volvemos a Godard. Lo resume bien Sanz: «lo que podemos hacer, hablar de nosotros mismos, imaginando. Hay un margen en estas películas donde la imaginación está a otro nivel, pero sigue existiendo, aunque está muy próximo a nosotros. Es bonito poder imaginarlo.» Y Trueba: «El plano de la tumba [de François Truffaut] en la película es cosa de Vito, que fue allí hace 10 años o más con Lorena, nuestra ayudante de dirección, y estaban ellos dos grabando eso sin saber que 10 años después iba a formar parte de una secuencia muy importante de nuestra película». Lo mismo ocurría con el viaje de Los exiliados románticos, con las anécdotas que conforman Tenéis que venir a verla o, sobre todo, las vivencias de los adolescentes en Quién lo impide. Y la opera prima de Arana no es distinta.
La gran diferencia que se ha acortado con esta nueva película es que la actriz había apostado por una puesta en escena jugetona. No es que el cine de Jonás Trueba hubiese sido ajeno al juego. El propio cineasta se reconoce «en esas decisiones absurdas que, de pronto, se te ocurre en medio del rodaje. Hay dos personajes ingleses, y de repente pensamos: sería interesante que este inglés hablara como con acento español, como si no fuera inglés, un poco en broma. Y esa es otra de las cosas que me gusta de este cine, que siempre cabe esa especie de cosa arbitraria, como si, no sé, un pintor de pronto decidiera hacer un trazo distinto porque sí, porque quiere y le apetece. Es decir, hacer lo que te apetece. Es verdad que no es un cine ni muy dogmático ni excesivamente estilizado, que responde a una especie de placer del momento.» No obstante, en Volveréis, se aleja de la austeridad formal que le había caracterizado y se permite unos jump cuts por allí, una pantalla partida por allá, un rebobinado, una sobreimpresión final o un montaje evidentemente cómico entre capas narrativas, por poner unos pocos ejemplos. Y eso parece infectado —en su justa medida, sin abandonar la imagen que le caracteriza; como este mismo texto, redactado en su mayor parte por Jorge, con sus frases largas, alambicadas y referenciales, pero intentando que la escritura lúdica de María se filtrase en todo momento— por los ensayos fílmicos de Arana. Lo cuál solo se puede celebrar.
El resultado es una comedia… Bueno, «una comedia fracasada, pero no fracasada porque la película esté mejor o peor, sino porque el propio objetivo de los personajes, ni ellos mismos lo pueden sostener a lo largo de la película.» Vito mira a su compañera de reparto desde el otro lado de la cocina y contesta con pasión: «parece una comedia, pero realmente es un drama sobre la crisis de los cuarenta y un elogio al matrimonio». Para una (anti)comedia romántica de tintes dramáticos, una entrevista que «tiene un tono raro, pero raro bueno». Porque, quizá, sea todo a la vez, incluyendo el aire entre medias. Quizá esas contradicciones (individuo vs colectivo, cotidianidad aburguesada, naturalidad vs artificio meta, alta cultura vs cultura popular, comedia vs drama) sea una última prueba del grado de honestidad arrojada. «Es bonito que ocurra, que, a veces, si no tenemos a otra persona al lado que pueda darte ese foco, pasan desapercibidas.» Y ahí están Los Ilusos, para alumbrarnos y abrazarnos. Y para que nosotros, los espectadores, podamos acompañarlos, película a película, en su propio viaje biocinematográfico. Aquí no hay ruptura que celebrar, solo el amor-repetición que se expande en cada proyecto. Volverán. Y nosotros con ellos.
Entrevista: Carlos Garries y Juan Ignacio Martín Blázquez
Texto: Jorge Sánchez y María Valdizán Cuende
