Tres amigas (Emmanuel Mouret)
La premisa es sencilla: Joan decide dejar a su pareja, Victor, y este desaparece, por lo que recurre a sus amigas, Alice y Rebecca; Alice está en un matrimonio aburrido, pero estable; y Rebecca empieza una aventura con el marido de Alice. En otras palabras: una comedia de enredos. Un punto de partida con cierto regusto clásico que terminará desarrollándose por los derroteros morales herederos de la modernidad de Eric Rohmer y Woody Allen.
El responsable es Emmanuel Mouret, quien en 2020 se proyectó hasta la primera línea del cine de autor francés con Las cosas que decimos, las cosas que hacemos. Mouret, que escribe y dirige, se encuentra en una encrucijada estética: su cine resulta un tanto anacrónico, al tiempo que es inevitablemente contemporáneo. Son modelos de películas que encajarían en los años 70 y, sin embargo, está ancladas en el presente. Al tiempo que es un tipo de película que el cine francés ha promocionado históricamente. Todo ello rodado en un estilo sencillo, pero muy eficiente, que aprovecha con inteligencia las posibilidades del lenguaje. Rohmer y Allen. Quizá algo de Sang-soo.
Como decíamos al inicio, es una comedia de enredos en el sentido moderno del término. Es decir, tras los equilibrios tonales (es una comedia, pero nunca se siente como tal, sino como un melodrama multitonal), los giros emocionales (que siempre dan una vuelta más al tema, que siempre muestran una cara más de los personajes) y los personajes perfectamente imperfectos (profundamente reales) hay una voluntad de estudio de la naturaleza humana. La gran diferencia que termina de destacar esta obra respecto a las anteriores de Mouret y a la herencia de cineastas anteriores es precisamente la humanidad y la complejidad con la que se trata a los personajes femeninos, que copan el centro del relato mientras que los masculinos deambulan por los márgenes.
El resultado es una obra deliciosamente engañosa: fácil y compleja, entretenida y reflexiva, rápida y con poso, trágica y empática, cómica y emocionante. Tres amigas es una nueva muestra de la forma de uno de los grandes cineastas franceses de la actualidad. Y no hace mala combinación con Cuando cae el otoño de Ozon y Misericordia de Alan Guiraudie. Y con Tiempo compartido, la última e infravalorada película de Oliver Assayas, también con Vincent Macaigne.
En la corriente (Hong Sang-soo)
Hong Sang-soo es un director particular. Casi cabría decir que sus películas son, más que hitos colgados en la vitrina, el propio salón donde se guardan. Un salón en el que no pasas demasiado tiempo, pero del que disfrutas estando. Un salón minimalista, donde hay pocos elementos, pero muy bien organizados. Tan bien organizados que los espacios cuentan más que los propios objetos dispuestos.
Es precisamente sobre esos espacios sobre lo que versa la nueva película del director coreano: una joven profesora en una universidad de mujeres llama a su tío, un antiguo actor y dramaturgo famoso, para completar un sketch con un grupo de cuatro alumnas de cara al festival anual tras el abandono del antiguo director por un lío con varias alumnas. A este grupo familiar pronto se sumará la profesora que lidera el departamento, que se revelará como una gran fan del actor. Como es habitual en su cine, el fuera de campo es más importante que lo mostrado en cuadro: los pasados hablados de los distintos personajes (de la joven profesora, del actor, del antiguo director), la relación entre el actor y la supervisora, la conversación que nos es negada entre el actor y el antiguo director y, la más importante, aquello que ve la joven profesora en los minutos finales. Es, por tanto, una película cuyo tema principal son esos espacios que rellenamos de motu propio en vez de preguntar, son los prejuicios y castillos en el aire. Hay más, claro está, y muchos de ellos son parroquianos en el salón Sangsoo: la creación artística, el envejecimiento, la belleza del mundo, las filosofías de vida, las conversaciones con comida y alcohol, el disfrute de los pequeños placeres…
He de confesar que no es su obra reciente que más me ha entusiasmado; es más, desde In Water, que considero una de las mejores películas del siglo XXI, me siento confundido con la trayectoria que está siguiendo el realizador coreano. Más allá del romanticismo bohemio que siempre hace gala, y que he aprendido a discutir, En la corriente me parece la película menos coherente que ha estrenado hasta la fecha —siempre dentro de los límites de un cineasta que se ha caracterizado por el rigor—. Hay algo extraño en cómo juega con la imaginación del espectador para luego ¿echarle en cara que lo haga? (¡no era nada!); también en la cantidad de cortes (muchos, para su estándar), la duración de los planos (cortos, para su estándar) y el número de movimientos de cámara, ópticos o manuales (muchos, para su estándar); incluso en el número de personajes y tramas que entran en acción. Es como si hubiese entrado en un «maximalismo» conceptual que chocase de frente con su minimalismo formal, como si la depuración formal hubiese sido sustituida por el juego que revela las costuras del engaño (en varios momentos se siente que la cinta busca que el espectador sea consciente en todo momento de su carácter perfomativo), como si hubiese abandonado la modernidad de Ozu y Rohmer para adentrarse en el posmodernismo.
Con todo, Hong Sang-soo sigue siendo un maestro y siempre hay decisiones que admirar, disfrutar y de las que aprender y reflexionar. Y, por si eso fuera poco, siempre es un placer reencontrarse, dos o tres veces al año, con un salón en el que te sientes como en casa.
Calle Mayor (Juan Antonio Bardem) / En construcción (José Luis Guerín)
Recientemente Filmoteca Española ha proyectado en días consecutivos Calle Mayor de Juan Antonio Bardem y En construcción de Jose Luis Guerín; dos películas que intentan hablar desde la arquitectura y el urbanismo de sus sociedades coetáneas y lo hacen con formas y resultados distintos.
Calle Mayor es uno de los primeros grandes hitos del cine español y no es necesario reivindicarla, aunque nunca esté de menos recomendarla. Hay muchos motivos para amarla: los encuadres milimétricos, el montaje, los movimientos de cámara, las interpretaciones de Betsy Blair y José Suárez, la propia revolución histórica que supuso, el conflicto moral, la crítica a la sociedad cerrada de la época,… Bardem cuenta la historia de un grupo de hombres solteros que deciden gastar una broma Isabel, una mujer a punto de convertirse en «solterona», haciendo que uno de ellos se haga su novio para casarse; así la arquitectura de la Calle Mayor se convierte en una expresión de la cultura social que impera y los travelins de seguimiento una extensión de la empatía hacia los personajes, obligando a los espectadores a recorrer sin cortes ese laberinto social dibujado en línea recta.
Pero aquí quiero hablar de una cuestión que podría poner en jaque la mirada desarrollada en esta película por Bardem: la voluntad de impugnación política. Pues ésta termina desembocando, primero, en un tono angustioso, segundo, en un final emocionalmente precipitado, tercero, un manejo de la cámara que tiende a epatar desde el virtuosismo (los encuadres perfectos, los movimientos de cámara) y, cuarto, una cierta condescendencia hacia los personajes y situaciones, exceptuando a sus protagonistas. Claramente el director se proyecta en el joven escritor que viene de Madrid y hace de salvador de la joven Isabel, que sirve de brújula moral.
Aunque hay algo de petulante en esa decisión, también hay cierta honestidad, pues se reconoce esa distancia que siente el joven escritor respecto a la vida en la ciudad de provincias; la misma distancia que da acceso a una realidad alterada que puede cobrar forma cinematográfica. Es conceptual y dramáticamente coherente; y quizá en parte por eso ha sobrevivido mejor, porque tenemos una referencia menos distante a la que agarrarnos. Es más, el tiempo (la dirección moral de la sociedad) ha terminado por dar la razón a Bardem en su empatía hacia Isabel y Juan, pilares absolutos del conflicto moral y político de la cinta, y es esta conexión genuina la que permite a la metáfora urbanística funcionar. Como los oprimidos son Juan (resonando en la actualidad con las ficciones sobre la construcción de la masculinidad) y, sobre todo, Isabel (resonando con las posteriores olas feministas), setenta años después, Calle Mayor sigue resultando opresiva.
En construcción, en cambio, es un documental propio de la modernidad, es decir, un cine comprometido que hace de la estética una extensión de la ética, que hace de su forma el propio mensaje. Pero también un cine que busca la realidad, que se obsesiona con su captación, con la no-manipulación. No en vano surge de uno de los movimientos académicos más estimulantes como es el máster en Documental de Creación de la Pompeu Fabra.
En este caso, la cinta, a priori, quiere enraizarse con el documental observacional, es decir, el cineasta se esconde tras la cámara que se quiere mostrar como invisible. Su objeto de estudio es la construcción de un nuevo edificio en el barrio chino de Barcelona a través las pequeñas anécdotas que rodean la obra: unos niños, los vecinos en los balcones, los ancianos que deambulan por la zona, los propios trabajadores de la obra, una pareja de jóvenes,…
No obstante, Guerín enseguida se desvía del rigor documental para emborronar los límites con la ficción: unas composiciones sencillas, pero de gran fuerza visual, el deseo de generar pequeñas «tramas» y un extraordinario montaje que busca la manipulación del espectador lideran una serie de decisiones que terminan de socavar el propio proyecto. Las anécdotas no terminan de trascender, la arquitectura es una mera excusa que pronto nos damos cuenta que importa poco (importa más «el paisaje humano», en palabras del propio director) y la forma se termina imponiendo con rotundidad como tema último por encima de cualquier comentario antropológico, político, social, económico o cultural, que queda reducido a meros encuentros y apuntes. O dicho con otras palabras, es una película que no logra ser sinécdoque de nada externo, solo proyección de sí misma. Incluso en los elementos cómicos se ve la distancia del creador para con sus personajes.
En construcción a posteriori es, por tanto, otra cosa y esa cosa tiene elementos sin duda interesantes: su forma cinematográfica es extraordinaria, como decíamos, propia de uno de los autores más reverenciados del cine español actual y, además, son dos horas de observación de personas en toda su humanidad, dándonos generosamente momentos divertidos, reflexivos, trágicos y un largo etcétera que recorre las distintas caras de la vida.
