Devuélvemela (Danny Phillipou, Michael Phillipou)
Lo más importante de la nueva obra de los hermanos Phillipou no está ni en su cada vez menos extraño origen (YouTube) ni en su maridaje de terror con el drama psicológico ni siquiera, como muchos sostienen, una influencia del lenguaje de las redes sociales —que se reduce a una pequeñas pinceladas de creepypastas—. Es algo puramente coyuntural: en un mundo donde cada vez es más difícil debutar a una edad joven, los gemelos australianos, tras Háblame y con Devuélvemela, se están consolidando como un nombre de referencia en el ámbito del género.
Más allá de que el resultado de la película esté mejor o peor, esto es ya una victoria. Una victoria pírrica que deja ver el estado del campo de batalla. Los jóvenes no pueden hacer largometrajes a menos que vengan con seguidores bajo el brazo. Hay excepciones, claro, pero en líneas generales vivimos en un época donde el talento joven —las nuevas miradas— encuentra más dificultades para infiltrase en la industria al tiempo que no se reconocen los márgenes del Audiovisual desde cualquier sector —la critica, la academia, la cinefilia—. A eso hay que sumarle que el género y el subgénero que les han sido concedido en sendas películas sean el terror y de adolescentes, respectivamente podría equipararse a cuando el mercado editorial limitaba a las escritoras a publicar libros «para mujeres». En esas circunstancias, el hecho de que sus dos películas no sean particularmente innovadoras en su forma no resta a lo conseguido.
El resultado se asienta en tres pilares: una villana implacable e ineludible que el espectador pueda odiar y, sobre todo, entender. Sally Hawkins eleva una muy buena escritura de su personaje —un inexorable arco en perfecta e inalterada ascensión y una caracterización que se amolda al currículum de la actriz—, hipertrofiando la luminosidad e ingenuidad a las que nos tiene acostumbrados la actriz británica hasta alcanzar cotas de oscuridad y maldad; o mejor dicho, ella pone cuerpo a aquella vieja idea de que el exceso de amor mata. El segundo gran acierto es la forma de afrontar las escenas de horror sin rehuir mostrar la violencia sin ironías, generando situaciones opresivas y abrasivas; esa misma tozudez se transmite también a las decisiones sobre el destino de los propios personajes. El gran problema es que dichas escenas saben a mucho ruido y pocas nueces, es decir, que más allá de la música alta y estridente y el poco uso que tenemos de imágenes tan violentas, no queda mucho donde rascar. Y el tercer y último gran punto es el intento de subvertir el prototipo de adolescente problemático —que ha tendido a dominar la pantalla desde, al menos, James Dean— que termina convirtiéndose en un eterno falso culpable con el fin de enganchar emocionalmente al espectador a través de la impotencia y la injusticia.
Más allá de eso, la película es menos estimulante que su obra previa: los temas no se desarrollan tanto, visualmente se vuelve un tanto cansina en la repetición del motivo circular, como si no tuviese más recursos, y la propia arquitectura narrativa es un poco débil y, sobre todo, predecible al reducirse el conflicto a un «les pasan cosas». Por tanto, constituye un pequeño bajón respecto a su anterior obra que esperemos recuperen en su próximo proyecto.
Nueve Reinas (Fabian Bielinsky)
El próximo 26 de agosto llega a salas comerciales el estreno de la restauración de Nueve Reinas de Fabian Bielinsky y vamos a dejarlo claro desde el inicio: lo mejor es su guión. La escritura del propio Bielinsky es una muestra de cómo, cuando los engranajes funcionan con gran precisión dentro de la estructura clásica, ésta puede ser totalmente arrolladora.
Todo empieza con el encuentro casual entre dos timadores de poca monta a los que se les presenta una oportunidad para el timo que les resolvería toda una vida: vender una falsificación de unos valiosos sellos de la Alemania de Weimar. Como en cualquier, gira, fluctúa y vuelve a girar, alternando éxitos imposibles y fracasos desoladores. Bielensky juega muy bien sus cartas para que el espectador tenga herramientas para que sospeche el resultado final y aún así resulte tan impredecible como inapelable —aunque, todo sea dicho, el último giro elimina una lectura política brutal sobre el sistema financiero que llevó a las diversas crisis económicas de la primera década del siglo XXI.
Escritura canónica sublimada a la enésima potencia en uno de sus mejores ejemplos contemporáneos y que se sostiene en el rostro de Gastón Pauls. Es su eterna expresión de perdedor, en su cara de «buena gente» donde engancha al espectador y se convierte en esencial para el desarrollo del texto. Imposible, pese a las enormes distancias, no pensar en Robert Bresson, en L’Argent y en cómo hace unos años Rodrigo Moreno, también argentino, convirtió al film francés en el pilar de su particularísima película de atracos, Los delincuentes. Menos transversal es la puesta en escena de Bienlesky, construida desde el gris que homogeneiza, los teleobjetivos que aplanan sujeto y fondo y el movimiento —interno y, sobre todo, por corte— que lleva siempre al siguiente diálogo —como buena película de atracos, la escritura de los intercambios es muy divertida—, a la siguiente escena sin descanso hasta que se marca el punto final. No quiero decir mucho más por aquellos que aún no hayan descubierto la obra (como yo hasta esta semana), mejor verla sin saber demasiado, y por aquellos que sí la han visto, tampoco puedo aportar demasiado en este espacio. En cualquier caso, véanla.
The Game (David Fincher)
Y, por último, voy a reivindicar una de las obras más olvidadas de David Fincher, cuando no directamente menospreciada. Es cierto que está lejos de lo que entendemos por lo fincheriano (porque esta autoría se empieza a desarrollar con el salto al digital, con Zodiac) y es cierto que en ciertos momentos su propuesta narrativa puede volverse algo cansina. Incluso podría ser cierto que está lejos de las mejores imágenes conjuradas por el autor de Se7en. También hay que reconocer que los giros y retruécanos en determinado momento del metraje pueden hacerse reiterativos y que no hacen avanzar la cinta —y no es de extrañar, pues, escuchando a los guionistas, parece que fue un trabajo de guión bastante precario e improvisado—.
Y, pese a todo, puede que sea una de las grandes películas de su autor y del cambio de siglo.
The Game juega en la liga de películas como El show de Truman, The Matrix o la propia El club de la lucha, es decir, películas donde lo simulado (lo cinematográfico) y lo real se confunden. Un tema muy de moda, como se ve, en la década de los 90 y que hunde sus raíces en películas como La mujer del cuadro, El hombre que mató a Liberty Valance o el cine de Jacques Rivette o de David Lynch. No obstante, de entre sus coetáneas es la obra de Fincher la que lleva más lejos su propuesta y termina anticipándose a muchas de las dinámicas del mundo actual hasta el punto de ser una de las mejor representaciones del zeitgeist del 2025. No es difícil, pues el mundo actual solo es una radicalización de aquel que se empezaba a intuir y consolidar en los 80 y 90, aquel del que escribían Braudillard, Jameson o Debord.
La forma en la que los guionistas Brancato y Ferris, junto a Fincher, ponen en juego temas como el trauma, la masculinidad, las redes sociales, la ciberdelincuencia, los puntos débiles del neoliberalismo y el mercado financiero, la gamificación de la realidad heredera de una crisis estructural que ya se enunció a finales de los 50s y, sobre todo, la necesidad de vivir la realidad a través de una ficción, de una fantasía, de un deseo. El gran acierto está en la organicidad que se establece entre todos esos temas, que se revelan como el mismo. Uno y todos a la vez. De alguna forma, sirve como reverso oscuro a Avatar, la película que mejor ha sabido formalizar las autonarrativas propias del mundo virtual y que explota para adentrarse en la fantasía, en el simulacro.
Es precisamente en el plano final donde se desborda todo y se revela la tragedia: tras revelarse el último giro, vemos cómo el personaje interpretado por Michael Douglas sigue deseando esa simulación.
