‘El Imperio’, ‘Una quinta portuguesa’ y Jess Franco

El Imperio (Bruno Dumont)

Pasado más de un año desde su estreno en festivales y con su anterior película estrenada directamente en plataformas, la nueva obra de Bruno Dumont va a tener una discreta distribución a cargo de Noucinemart. Y nos alegramos de ello.

La cuestión de fondo es sencilla. Una sátira de las franquicias de superhéroes/ciencia ficción que codifican el mundo en una lucha cósmica entre el bien y el mal. Así, en un pueblo de Normandía, se lucha por el control de la Tierra; o mejor dicho, se espera la lucha por el control de la Tierra. Los Unos y los Ceros toman forma humana para su labor y, a lo largo de dos horas, se encuentran, se miran mal, se insultan e intercambian planes para someter a los otros y reflexiones sobre los otros.  Lo único que consigue romper brevemente esta nada son los dos divertidos encuentros sexuales entre los representantes de sendos bandos.

De esta manera el cineasta francés busca, no sin cierta condescendencia, mostrarle al espectador la artificiosidad, la retórica vacía y la falta de humanidad de las historias de ciencia ficción/superhéroes. Algo que subraya a través de una puesta en escena que ahonda en las ironías, contradicciones y la falsedad a través de la dirección de actores y la posición en cuadro de los personajes .

La ambientación geográficamente concreta, cotidiana y rural—otro paternalismo de lugar común: la humanidad del pueblo frente a la deshumanización de la ciudad—, el elemento desestabilizador del deseo y el juego con el absurdo permiten bajar a tierra la abstracción narrativa. Pero no es suficiente contrapeso y la obra termina contagiándose de la vacuidad que pretende retratar. No hay más que nada. Ni la exploración de nuevos lenguajes cinematográficos, como ocurría en la modernidad, ni el uso del pastiche como forma política, como ocurrió en el cambio de siglo. Más allá de enseñar las costuras del calcetín, poco encontramos en El Imperio.

Y ahí es donde fracasa Dumont, pues la sensación última es la de un señor que se burla desde su torre de prestigio social, bien por dislocación generacional, bien por cinismo, sin entrar en la crítica de rigor en ningún momento. Y los no pocos aciertos se vuelven islas en un mar agridulce.

Noucinemart

Una quinta portuguesa (Avelina Prat)

Estrenada con discreción, la segunda película de Avelina Prat es un salto cualitativo importante respecto a su anterior obra, Vasil, una correcta dramedia protagonizada Karra Elejalde. Un salto que la convierte en una de las tres mejores películas españolas de lo que llevamos del año, que no es poco.

Narrada con muchísima sencillez, humildad y emoción, Prat cuenta la historia de un profesor de geografía no encuentra su lugar en el mundo tras la repentina vuelta de su mujer a su país natal. En un viaje a Portugal, conoce a un jardinero que vive cuidando quintas y que muere inesperadamente. Fernando tomará su nombre e identidad y comenzará a trabajar como jardinero en la quinta de una misteriosa mujer portuguesa.

Historia de fantasmas y, por tanto, pasados presentes, sobre identidades y deseos y, por encima de todo, sobre aquello que conforma lo que llamamos hogar. Todo comienza con un guion perfectamente trazado —incluso los ecos a Vértigo están perfectamente trazados— que no necesita de estruendos para levantar un conflicto en los términos clásicos sin que esto impida tampoco el abandono a cierta modernidad, la de los odiseos que se cuestionan su lugar en el mundo. Es un libreto que no levanta nunca la voz, pero que llega hondo.

Este punto de partida es enseguida elevado por los actores: Manolo Solo y María de Medeiros, que dan vida a los personajes siguiendo la misma lógica: por dentro, con silencios, pequeños gestos y miradas. Sin gritos, sin grandes maniobras dramáticas, sin exhibicionismos. Solo con su compostura y saber estar en plano. Y, por último, cabe destacar una puesta en escena en plena coherencia con lo escrito y lo interpretado. Luz diáfana, planos centrados, montaje que deja respirar sin ahogar el ritmo y planos amplios para que podamos ver a los personajes en equilibrada relación con su entorno.

No quiero decir mucho más. Es mejor experimentarla.

Filmax

Jess Franco – Clásicos Renovados

Este verano aproveché que la Filmoteca Española y Flixolé, en un ciclo comisariado junto a Alex Mendibil, han rescatado la restauración de seis películas de Jess Franco para empezar a adentrarme en el universo fílmico del cineasta y actor madrileño y poner por escritos algunos primeros pensamientos y sensaciones. Las películas en cuestión fueron Gritos en la noche (1961), Bésame, Monstruo (1969) —la única que no he podido ver—, El Conde Drácula (1970), El muerto hace las maletas (1971), El diablo vino de Asakava (1971) y Las vampiras (1970).

El cine de Jess Franco es… particular. Enmarcado generalmente dentro del cine de fantaterror y del cine erótico de la transición, o despreciado por su vocación barata y amateur, su figura como cineasta es, sin negar lo anterior, más especial de lo que ha reconocido la historiografía tradicional.

Es cierto que sus argumentos son meras excusas para explorar imágenes, tropos argumentales y genéricos o, tampoco vamos a negarlo, cuerpos femeninos. Es más, muchas de sus historias resultan en gran medida confusas, mal dialogadas o de explotación, cuando no directamente ridículas y olvidables. También es cierto que encontraremos sangre evidentemente falsa, planos desenfocados y saltos de raccord. También es cierto que hay una vocación erotizante del cuerpo femenino en los términos que acuñó Laura Mulvey. Y también es cierto que sus actuaciones son, por lo general, torpes y con un doblaje unificador de idiomas que tampoco ayuda a la causa.

Innegable es, no obstante, que Franco tiene una sensibilidad propia y que dicha sensibilidad se construye en imágenes, que funcionan más como una abstracción, como único soporte posible de la obra. Si dejamos a un lado el paternalismo pseudocrítico y observamos con rigor sus películas, descubriremos una sorprendente coherencia formal en su obra: Los zooms, los ángulos o la posición de los personajes esconden una voluntad gramatical singular; e incluso la vocación erótica está rodada con mucha autoconciencia a través del montaje, alcanzando una extraña honestidad donde el espectador también tiene espacio para reflexionar sobre el placer cinéfilo. Además, si seguimos su evolución cronológica, se entienden mejor las decisiones que toma: el abaratamiento se transforma en un proceso de obtención de control sobre el material y la ausencia de narrativas solidas es el resultado de un arrebato ontológico. Son las imágenes, no las historias.

Porque, por encima de todo, el cine de Jesús «Jess» Franco va a de una cosa: el placer de hacer cine. Sin atender a presupuestos o a criterios artísticos o morales. Solo respondiendo al impulso de rodar, montar y ver proyectado. El acto cinéfilo definitivo.

Flixole

Deja un comentario