Top 10 películas españolas 2025

En el listado de 2024 deseábamos que el 2025 fuese un año de gran peso para el cine español. Y vaya si lo ha sido.

Quizá corremos el riesgo de ser maximalistas y presentistas, pero puede que, en el futuro, miremos atrás a este año como uno de los grandes momentos del cine nacional. No solo por el alto número de buenos títulos que han llegado a nuestras salas, sino porque estos también son cada vez más variados. Entre The Human Hibernation y Sorda, hay un mundo entero.

Como siempre, el realismo entra en crisis. Pero este 2025 parece más definitorio que otras veces, porque ahora queda expuesto por diferentes vías: en primer lugar, los casos más notables son de dos directores adscritos a una cierta estética naturalista que nos han dado dos obras que sobrepasan dichos presupuestos, pues los han agotado: Carla Simón y Fernando Franco. En ese equilibrio entre realismo y su agotamiento están Ciudad sin sueño, las exploraciones de género y metanarrativa de Nacho Vigalondo o los Moriarti, que siempre han operado en esta crisis, a medio caballo entre las apariencias cinematográficas y la realidad. Jaume Claret Maxert o Anna Cornudella apuestan en sus debuts por un formalismo más radical para explorar lo personal (Extraño río) o lo natural (The Human Hibernation). También quiebran el realismo Pablo Llorca, su cine-amante y su no-estilo, mientras que los documentales son más ensayísticos que nunca. Y podríamos seguir poniendo ejemplos, pero quizá para un artículo más reposado en un futuro.

Para terminar esta breve introducción, queremos hacer una mención especial a dos películas que no nos han entusiasmado en exceso, en parte por su contenido político con el que no estamos de acuerdo, en parte porque su forma las traiciona, pero que han sido lo suficientemente importantes dentro de este curso como para dedicarles unas palabras: son Tardes de soledad y Sirat. De la película de Albert Serra ya hemos hablado. Podría ser, en unos términos estrictamente cinematográficos, la mejor obra del año; sin embargo, la propia forma traiciona a Serra y demuestra que es una película que fracasa porque falta a la verdad al construirse sobre la entelequia taurina de la trascendencia. Por otro lado, Oliver Laxe parece que ha descubierto su rostro al entregar su obra más accesible hasta la fecha, producción de Movistar+ mediante. Película de atalaya sobre el desierto, comete el error de omitir la parte política al tiempo que busca ser tomada en serio políticamente y de buscar una espiritualidad new age. Pese a esta condena, Sirat tiene tres grandes virtudes: Sergi López, su sonido y que, cuando decide ponerse cruel, tiene la decencia de mirar a dicha crueldad a la cara.

Menciones honoríficas: Aro Berria, Balearic, Bodegón con fantasmas, Ciudad sin sueño, Decorado, Gaua, Eloy de la Iglesia: adicto al cine, En clave de sol, Flores para Antonio, Fragmentos, Jone a veces, La buena letra, La cena, Los aitas, Los tigres, Los tortuga, Madrid Ext, Olivia y el terremoto invisible, Siempre es invierno, Sirat, Sorda, Tardes de soledad, Todo lo que no sé, Wolfang.


10.— Extraño Río (Jaume Claret Muxart)

Hay películas que no se entienden, se absorben. Entramos a ella a través de un tono, de unas imágenes, de una música, de unos paisajes, de unos rostros. No quiere decir esto que estas películas sean difíciles (es más, en teoría, debería ser al contrario). Esto ocurre con el debut en el largometraje de Jaume Claret Muxart.

De la mano de Meritxell Colell, que coescribe el guión y monta la película, y la Elías Querejeta Zine Eskola, Claret Muxart levanta una historia de despertar sexual de un joven en el último verano de infancia con su familia por Alemania. Es cercana al cine de Christian Petzlod (pero no) y de Angela Schaenlec (pero no), a la mirada sobre los cuerpos y rostros masculinos de Pier Paolo Pasolini (pero no) y a los descomunales debuts Charlotte LeBon, Falcon Lake, y Elena López-Riera, El Agua, (pero no). Es una obra construida en movimiento, con aguas y reflejos, con lentos fundidos, en 16 mm y con una cálida melancolía. Cala hondo, hasta los huesos, quizá más allá. Es una obra de esas escasas en nuestro cine de las que es peor poner en palabras, de las que es mejor dejar en imágenes y sonidos.

Y esperemos que este 2026 se estrene Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, compañero de promoción de la Eskola. Habrá que seguir la pista a estos egresados, que marcan un horizonte esperanzador en la forma del cine español.

9.— Daniela Forever (Nacho Vigalondo)

Los sueños lúcidos y las ramificaciones de la ciencia ficción de interiores sirven a Nacho Vigalondo para construir una suerte de ¡Olvídate de mi! español sobre el duelo: cuando a Nicolás le ofrecen un fármaco experimental para poder controlar los sueños lúcidos, este aceptará para ayudar a superar el duelo por su novia recién fallecida. Pero claro, tratándose del firmante de Superestar, va más allá.

Como mucha de su obra, el control de la realidad y de las propias responsabilidades son el fondo último, más incluso que el duelo o el machismo estructural, pues las considera derivados de ese deseo de control. En ese sentido, el uso de los formatos y del color (cine vs vídeo, color vs gamas grisáceas), heredero casi de la voluntad antidramática de Matrix Resurrections, no sólo sirve para diferenciar realidades, sino para cuestionar, en última instancia, el orden de la imagen.

8.— Maspalomas (Moriarti)

El concepto argumental es genial: Vicente un hombre vasco jubilado vive en Maspalomas disfrutando de su sexualidad cuando tiene un ictus que le obliga a ingresar en una residencia en su tierra natal, donde regresará al armario. La productora y colectivo Moriarti, responsables de La trinchera infinita, Marco o Loreak, regresa bajo una óptica nueva a la temática de siempre: los limites autoimpuestos y los sociales. Como en aquellas, se construyen desde un realismo atípicio, casi antirealista: hay una voluntad formalista que se camufla bajo la apariencia de transparencia clásica, así como autoconsciente de su propio contexto y de los límites de su propia narración. En este caso, los confinamientos se extienden también a la actualidad con la intromisión del COVID-19 (por cierto, es una de las primeras obras de ficción en España en mencionar a Vox). El final, optimista, da la vuelta a la contradicción que había imperado: pese a las constricciones sociales, Vicente vive en plena libertad.

7.— The human hibernation (Anna Cornudella)

Quizá la más obscura de este top, pese a su premio en su paso por la Berlinale 2024, es un ejercicio de ciencia ficción de arte y ensayo. En un mundo donde la humanidad se ve obligada a hibernar, una hermana se encuentra que su hermano se despertó antes de tiempo y desapareció en el invierno. Esta búsqueda es el elemento mínimo de argumento y estructura, pues Anna Cornudella, que se gestó en el videoarte, se entrega a las imágenes y a la experiencia estética.

A través de los planos generales, vemos a lo(s) humano(s) en relación con su ecosistema; a través del sonido, obtenemos las únicas señales de civilización; a través de los planos detalles, vemos a los seres vivos que habitan ese paisaje de bosques de coníferas y tundra; a través del montaje, conviven en equidad los restantes humanos con los restantes animales, vegetales y hongos. Una ecoficción con ecos de Tarkovsky desarrollada en inglés por una directora española de primer nivel internacional.

6.— Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa)

La película que más ha dado que hablar en la segunda mitad del año, cuando la anterior Concha de Oro ya había sido engullida por los estrenos de primavera, verano y primeros vientos festivaleros otoñales. La confluencia con el disco de Rosalía provocó la burbuja mediática perfecta para debatir sobre si el cristianismo estaba resurgiendo en la cultura popular; burbuja que enseguida se pincha al entrar en la película.

Ainara, una joven en los estertores del instituto, pide permiso para iniciar los procesos que culminarían tomando los hábitos en un convento de clausura. La decisión, por anómala, provoca un terremoto en su familia, especialmente su tía que la insta a estudiar una carrera y vivir la vida. La perseverancia verborreica de la tía se contrapone con la perseverancia silenciosa de Ainara para reflejarse iguales. Puede que estemos ante la mejor escritura de personajes y situaciones; desde luego, la más empática y abierta, la que más capas contradictorias y complejas engarza con naturalidad, la que más radicaliza el deseo de entender. La puesta en escena, clara y limpia, continúa esta idea: componiendo sin excesos, siempre a la altura de los ojos y con el rostro como pilar estético. Por eso, cuando lo rompe, solo se subrayan las similitudes, las diferencias y las ausencias; por eso, solo queda la separación; por eso, culmina con un rostro. Y, aunque todo esto no fuese una enorme virtud, simplemente el debate y el pequeño fenómeno que ha supuesto ya es algo a celebrar.

5.— Subsuelo (Fernando Franco)

Fernando Franco no solo puede presumir de ir a contracorriente en una época donde los directores tienden a montar y fotografiar sus propias películas (es un montador que, cuando dirige, no edita), sino de tener una de las filmografías más cuidadas y mimadas del cine reciente. En Subsuelo, su primer guión no original, se adentra en el género para explorar la violencia intrafamiliar a través de la relación entre dos hermanos mellizos.

Con un uso muy inteligente de los formatos que lleva inevitablemente a una reflexión sobre la imagen, la mirada, el deseo y la violencia donde Franco consigue no solo abocetar una respuesta al gran desafío al que se enfrenta el audiovisual contemporáneo (¿cómo filmamos nuestras vidas digitales?), sino que demuestra un pulso excelso en la narración, limpia y opaca, tortuosa y bella, siniestra y profundamente humana: es una de las películas más pertubadoras de los últimos años, pero, a diferencia de otros cineastas, no llegan a ese terror desde la crueldad sino desde una humanista mirada al prójimo.

4.— Muy lejos (Gerard Oms)

En los Goya de la pandemia, Mario Casas le dedicó su primer Goya a Gerard Oms, el que había sido su coach de actuación en No matarás y en otros proyectos y al que agradeció haber crecido como actor. Por eso es tan bonito que el primer largometraje de Oms lo protagonice Casas. Y que Casas esté tan impresionante. Quién sabe si estamos ante su segundo Goya.

Acompañando a la fantástica interpretación protagonista, nos encontramos con un estilo heredero del documental, bastante propio del naturalismo europeo y de las realizaciones catalanas de los últimos años. Esto no nos debe confundir, ya que la puesta en escena de Oms es muy precisa, desde la fotografía oscura y desaturada que toma luz en momentos concretos, hasta una banda sonora que pasa del plano no diegético al diegético como reflejo de las emociones y cuestionamientos que están surgiendo en la cabeza de Sergio y poco a poco se van trasladando a su realidad.

3.— Una ballena (Pablo Herrando)

La película promete lo que da: una ballena. Concretamente una ballena muerta en una playa nublada que se encuentra Ingrid durante sus rutinas de natación entre encargo y encargo, entre asesinato y asesinato. Cine polar vasco donde Ramón Barea hace las veces de capo portuario e Ingrid García-Jonsson (que ha tenido un año 2025 donde ha demostrado sus silencios e hieratismos) es una asesina a sueldo metódica, silenciosa e imperceptible con, digamos, problemas de imaginación, secreción y existenciales.

Aunque en un primer instante dialogue más con Melville (tanto Jean-Pierre como Herman), tiene el mejor adjetivo que se le puede dar a una película: bressoniana. La compostura de García-Jonsson, su desarrollo narrativo, el uso de la elipsis, esa vocación trascendental, que en el director francés era una cuestión de estilo y en Herrando una cuestión de género e imaginario, y unas imágenes de un preciosismo sencillo que buscan alcanzar el misterio —no resolverlo, ni generarlo: ser misteriosas y líquidas, como su protagonista— dialogan con el cine del director de Pickpocket y logran una de las obras más maravillosamente extrañas, extrañadas y misteriosas del año. Más accesible, eso sí, desde la vista y los otros sentidos (ese horror cósmico) que desde la narración convencional.

2.— Una quinta portuguesa (Avelina Prat)

Nueva metáfora sobre el control vital es el último largometraje de Avelina Prat. No difiere en pocos puntos de la mencionada Daniela Forever: la parte fantasmal, la antigua masculinidad, la muerte o la ficcionalización de la vida; sin embargo, la narración pausada de Prat dista mucho de las ambiciones de género de Vigalondo.

Cuando la mujer de un profesor de universidad de Geografía desaparece, éste llegará a Portugal donde, tras los giros del destino, se hará pasar por un jardinero de una quinta, adquiriendo una nueva identidad para intentar, ahora sí, encontrar el sentido. Hay algo inexplicable en esta película: es una de las más sencillas del año y, sin embargo, también es una de las más conmovedoras, con una honda emoción que cala a través de una imagen que respira, tanto en composición como en montaje. Supongo que algo tendrá que ver Manolo Solo (en un papel similar al de Garay para Víctor Erice), supongo algo tendrá que ver la sutileza, supongo que algo tendrá que ver la profunda humanidad de sus personajes, supongo que algo tendrá que ver la pausa, supongo que… 

1.— Romería (Carla Simón)

Coronando el año está el cierre de la trilogía autobiográfica de Carla Simón, una película que ha venido a dinamitar las fundamentos del cine naturalista español que ella misma ayudó a arraigar con Estiu 1993.

Frida ahora se llama Marina tiene 18 años y visita los lugares donde sus padres se enamoraron, la concibieron y contrajeron el VIH que acabó matándolos. Lo hace cámara en mano y con los diarios de su madre. Hélène Louvart recoge el testigo de Santiago Racaj y Daniela Cajías e imprime en texturas y en luz un fatalismo mortuorio y optimista que se aleja del realismo para adentrarse en una ficción mucho más simbólica y formalista, donde la puesta en escena no busca la mínima intervención y sí un reconocimiento semántico. El realismo da paso a lo onírico y lo imaginado de forma natural, pues es el resultado de su propio agotamiento: la realidad llega hasta los límites de la propia experiencia; todo lo demás son relatos. Estructurada en torno a esta imposibilidad, no solo habla del pasado perdido y de las ausencias, sino que retrata con gran precisión un proceso arquetípico de enfrentamiento con la realidad y que, por tanto, se puede aplicar a la teoría del espectador, convirtiéndola en una película que expone como narcisista e inoperante cualquier crítica que no se haga en los propios términos que propone la película.

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