La tarta del presidente (Hasan Hadi)
Supongo que hablar de La tarta del presidente es hablar de Abbas Kiarostami. O así se puede iniciar una aproximación a la ópera prima de Hasan Hadi. Tiene puntos en común desde luego (la mirada infantil al autoritarismo, la estructura clásica reducida a su esencia, el realismo poético), pero no dejar de ser injusto y paternalista pedir al world cinema que sea innovador a cada obras. Sería como comparar As Bestas con Calle Mayor y reducir todo el cine español a ello. Es normal que más películas que las películas que circulan por festivales sean más o menos parecidas y no es tanto por los propios festivales, sino por la imposición de una mirada crítica que siempre se erige desde lo occidental y, más concretamente, desde lo anglosajón o, como excepción de prestigio, desde lo francés.
No es raro que muchos cineastas, como es el caso de Hadi, hayan estudiado en Estados Unidos, en Reino Unido, en Francia,… Tampoco hay que irse muy lejos para buscarlos. Entonces, ¿por qué nos sorprende que la mirada siga siendo la misma, si, además, somos bastante más reacios a cualquier salida de nuestra zona de confort profunda.
Toda esta retahíla para reivindicar una gran película que no va a pasar a la Historia del Cine por su aportación al arte, sino por motivos extrafílmicos: es uno de los primeros largometrajes iraquíes en triunfar en el extranjero. Ayuda, claro está, que el extranjero y la película compartan una mirada. Pero vamos a hablar de la película.
Se acerca el cumpleaños de Saddam Hussein y a Lamia le toca preparar la tarta conmemorativa para su escuela. El problema viene con que las sanciones impuestas por las Naciones Unidas, el propio despotismo de Hussein y los bombardeos constantes de los aviones estadounidenses han reducido al país a sus ruinas y huir a la ciudad es más fácil que encontrar huevos, harina o azúcar.
Hay varios elementos a destacar empezando por la joven actriz Baneen Ahmad Nayyef, que sostiene con contención un papel cargado de emociones y vicisitudes. Es cierto que la mirada infantil es un recurso peliagudo, pero en este caso la ternura, la fragilidad y la determinación que aporta Nayyef con todo su cuerpo son esenciales, así como el amor que transmite por su gallo Hindi.
Por otro lado, el uso del formato panorámico, si bien en alguna ocasión se siente desaprovechado, encaja a la perfección con su deseo de crear una panorámica de Iraq de los 90. La importancia del paisaje y el fondo dan relieve a una historia que no se queda en la peripecia de sus personajes y nos presenta pequeños universos a cada momento. La textura y los colores azules otorgan a la imagen una delicadeza inusitadas. Es suave sin ser nostálgica; es amable, agradable e inocente sin dejar de mirar cuando el horror, la pobreza, la muerte o la sangre entran en cuadro.
Por último, y quizá más importante, pese a todas las deudas occidentales, no le tiembla la mano a la hora de señalar responsabilidades. Si bien no es tan concreto como con el régimen de Hussein, la primera y la última palabra van dirigidas a la Naciones Unidas y a Estados Unidos.
Tres Adioses (Isabel Coixet)
Isabel Coixet hace mucho que hace cine de autor, al menos en una de sus variantes: hace aquello que quiere sin que le importe demasiado el qué dirán. Es un película Coixet. Punto. Algo que tiene mérito cuando muchos de sus intereses se alejan del supuesto buen gusto y buen hacer cinematográficos.
En ese sentido, que las películas de la directora catalana se plieguen a los criterios industriales o críticos es algo que dejamos de esperar. Esperamos la confluencia entre su mirada y la nuestra. en este último intento, Tres adioses, conmigo lo ha conseguido a medias.
Hay elementos que me sacan de la película: su composición Pinterest/Instagram, su voz en off explicativa/poéticamente impostada que funciona como el Guadiana, su mensaje final que se acerca peligrosamente a la autoayuda, el dibujo de un mundo irreal, más cerca de un deseo de realidad (el problema es ese: que la realidad deseada me resulta antipática por adinerada, burguesa y romántica).
Pero también me sucede lo contrario y tiene destellos que me atraen considerablemente: cómo en algunos planos se subvierte la imagen-instagram a través de un foco y una luz que la desbordan, la interpretación de Alba Rohrwacher, la incoherencia lúcida de algunos cortes e insertos o la valentina descarada de una autora que sabe qué cine le gusta hacer (lo interesante sería, puestos a ser platónicos, saber cuál es el cine que podría llegar a hacer) y se lanza con arrojo a mostrar su mirada del mundo. Y esto último no es tan fácil de encontrar.
La chica zurda (Shi-Ching Tsou)
Más allá de una sorpresa inicial al descubrir que el siguiente paso de Sean Baker tras ganar cuatro estatuillas de la Academia a título personal iba a ser ser co-guionista, montador y productor del nuevo proyecto de su antigua colaboradora Shi-Ching Tsou (Take Out), La chica zurda está llena de momento de extrañeza y pasmo.
Shu-Fen es la última gota de una familia que se muda a Taipei para sobrevivir en el mundo el comercio callejero. Es zurda y su abuelo la riñe por ello: el brazo izquierdo es el brazo del diablo, corrompe y trae mala suerte.
Con la perspectiva infantil que desarma la complejidad del mundo (The Florida Project), el objetivo en esta ocasión tiene menos calado político y más social: las tradiciones, el honor y las supersticiones como corsés que suprimen las expresiones individuales. Las variaciones del tema se dan en cada subtrama de cada miembro familiar: la madre, la hermana y, claro, la propia Shu-Fen. Contada a medio camino entre la inocencia y la dureza, sin juzgar a los personajes, permitiéndoles fallas e incluso delinquir y ser mezquinos sin que el amor de sus creadores hacia ellos cese en ningún momento.
Formalmente, el uso de la luz y el color ¿natural? recrean el ambiente de fábula, de aventura caleidoscópica que, en ningún momento, deja de aproximarse a la realidad de la forma más directa posible. Técnicas documentales, montaje a retales para capturar los diferentes ángulos, la luz «bruta», el trabajo de coreografía de actores y cámara. Dicho de otro modo, es una película con un espíritu muy cercano a Baker pero que sabe conjugarse con una gramática propia.
