El 2021 fue el año de Rysuke Hamaguchi. Ese año el director japonés estrenó en Berlín La rueda de la fortuna y la fantasía y en Cannes Drive my car, considerada por muchos como la mejor película de ese año. Su cine es un melodrama sutil, de formas contenidas y emociones soterradas. Por eso sorprende la frialdad con la que se ha recibido Love life de Koji Fukada, una película en muchos sentidos similar a la de Hamaguchi.
Taeko vive una vida feliz junto a su marido y su hijo de seis años, Keita, cuando una tragedia rompe todo; un ruptura liberadora, pues traerá a colación un largo proceso purgatorio que se camuflaba. La institución familiar verá sus cimientos sacudidos por las mentiras, medias verdades, secretos y vidas pasadas. De esta forma, el director japonés conjura una bella y agridulce reflexión sobre el amor y las relaciones sociales íntimas, sobre cómo las desgracias generan profundidad en estas últimas, sobre cómo la vida es un proceso de desbastado y sobre cómo, a pesar de toda la purpurina, estamos solos.
Los globos y la propia gama cromática de la película irán dando pistas al respecto. Los globos, al ir desapareciendo y depurándose, desde su abundancia multicolor en la escena inicial hasta los globos amarillos solitarios que se ven en la boda final, acompañan el viaje emocional de Taeko. De la mismas forma, la gama cromática al principio será mucho más amplia y viva, para irse apagando y reduciendo a lo largo de la cinta. En ella, el amarillo tendrá una ubicación central, representando la soledad y el dolor interno de los personajes.
Fukada trabaja la puesta en escena con sutileza, sencillez y precisión, distanciada de sus personajes y, al mismo tiempo, absolutamente conmovedora. La posición de los personajes, el juego con el foco y la composición, la arquitectura y el mencionado color canalizan toda la emoción (incluso, casi toda la información) sin que eso se traduzca necesariamente en planos cortos ni otras formas estridentes que subrayen la emotividad del momento.
Y así puede alcanzar su objetivo por dos vías distintas a los espectadores: por un lado, a aquellos que gusten de una historia melodramática sencilla y poderosa y, por otro, aquellos que busquen estímulos estéticos a través de un lenguaje cinematográfico sin aspavientos, pero con precisión, emoción y mucho oficio. Presentada en Sección Oficial en el pasado Festival de Venecia, Love Life es una nueva muestra, como lo fue la también discreta El combate de Keiko, de un cine japonés pequeño y sensible, donde las formas sutiles se adueñan del relato. Una película sutil y contenida, muy en la línea de cierto melodrama que ha desarrollado el país asiático en las últimas décadas. Fukada puede que no pase a la Historia del cine nipón o internacional como un gran autor, ni siquiera como uno —habrá que ver cómo se desarrolla su filmografía a lo largo de los próximos años—, pero gracias a su saber hacer ha logrado entregar al mundo una de las obras del año.
Título original: Love Life Duración: 123 min País: Japón, Francia Idioma: Japonés, coreano, lenguaj de signo coreano Dirección: Kôji Fukada Guion: Kôji Fukada Productores: Yasuhiko Hattori, Masa Sawada Fotografía: SN Montaje: Kôji Fukada, Sylvie Lager Música: Olivier Goinard Intérpretes: Fumino Kimura, Kento Nagayama, Atom Sunada, Marika Yamakawa, Tomorô Taguchi, Tetta Shimada, Hirona Yamazaki, Misuzu Kanno.
Sinopsis: Taeko vive felizmente junto a su marido Jiro y su hijo Keita, pero un inesperado accidente cambia radicalmente sus vidas. Tras el repentino regreso de Park, el padre biológico de Keita, Taeko empezará a plantearse un nuevo objetivo vital, aunque para ello deba romper con todo lo que había construido hasta entonces.

Un comentario en “Crítica ‘Love life’”