Atlàntida Film Fest 2023 (II)

Segunda remesa de reseñas dedicada a la Sección Oficial con algún que otro aderezo. Terminada ya la edición presencial en Mallorca, parte del palmarés se encuentra disponible en Filmin (Passages y Las chicas están bien, premios del Público y Mención Especial del Jurado, respectivamente, se estrenan en salas el 21 de septiembre y el5 de agosto): el homenaje al cine quinqui Sueños y Pan se alzó con el Premio a Mejor Película Nacional, mientras que Safe Place se llevó la Mejor Película Internacional y Falcon Lake la Mención Especial del Jurado.

Aurora’s Sunrise (Inna Sahakyan) – Sección Oficial

Documental de animación que narra el testimonio de Aurora Mardiganian, superviviente del genocidio armenio a principios del siglo XX, su llegada a Estados Unidos y su fama como representante del mismo gracias a la película perdida Auction of Souls (Oscar Apfel, 1919). En ese sentido, discurre por los caminos ya transitados de documentales similares, como es el caso del también animado Flee (o de cintas biográficas como Persépolis) con la distinción del estilo de animación, más heredero de Albert Mucha y otros pintores del Art Nouveau; sin embargo, son los insertos de archivo, tanto las entrevistas a una ya envejecida Aurora como de los fragmentos supervivientes del largometraje, los que terminan por establecer un diálogo con la animación sobre la materia volátil del relato oral. Y esa puede ser la reivindivación más inusual de este documental: la necesidad de conservar las historias propias. Hacia el final de la película, Aurora descubre que su padres adoptivos en Estados Unidos se han aprovechado de ella y se han apropiado de su historia. Quizá debemos recordar también que, dentro de lo que cabe, Aurora fue una inmigrante relativamente privilegiada y, por ello, pudo defender su voz. Jorge Sánchez.

Dalva (Emmanuelle Nicot) – Sección Oficial

Ante los abusos de su padre, Dalva ha desarrollado un mecanismo de autodefensa basado en la negación, con una huida constante de lo ocurrido y anhelando el reencuentro con su padre tras su detención. Ha sido enseñada desde niña a socializar bajo un modelo corrupto, no vinculado a su edad. Solo tiene 12 años pero se cree mujer cuando ni siquiera es adolescente. El abuso de menores no es un tema sencillo de representar en el cine, más aún si estos abusos se dan dentro del propio seno familiar que, de hecho, es donde más ocurren. La miseria, la violencia, la vulnerabilidad infantil y, en definitiva, la pornografía emocional, son dificiles de eludir al abordar historias como la de Dalva. Sin embargo, Emanuelle Nicot sortea esos lugares comunes con un manejo del guion y la puesta en escena poco propias de una directora novel.

Manteniéndose dentro de los márgenes del naturalismo dardenniano, Nicot apuesta por un gran respeto por los personajes y sus emociones, tratando con delicadeza la situación de la protagonista. El sufrimiento queda en un segundo plano y se da importancia a la asimilación del trauma de Dalva y su proceso de resocialización. Ahora debe aprender a ser una niña, comportarse y vestirse como tal, olvidar la autoexposición al abuso para la que ha sido entrenada y generar nuevos vínculos y aprender a gestionarlos. Un proceso complicado que viene acompañado de una cámara al hombro empática —fragmentada si el momento lo requiere — y una iluminación tan sutil y que encierra tanto significado como las miradas de Dalva. A pesar de la crudeza del relato, hay una apuesta por el cariño y la esperanza con un gran esfuerzo de compresión por cada uno de los personajes. Nicot da espacio a su protagonista y le deja volver a respirar poco a poco, dando espacio a la inocencia sin recurrir a la ingenuidad y permitiendo a Dalva afrontar la realidad en lugar de seguir huyendo de ella. María Valdizán Cuende.

Delegation (Asaf Saban) – Sección Oficial

Delegation de Asaf Saban sorprende. No por la historia en sí, una coming-of-age en toda regla, sino por el entorno que rodea al viaje de sus protagonistas. Posiblemente, con esa edad el viaje soñado de fin de curso sería un lugar donde pasarlo bien, bailando,… Pero un viaje a los monumentos conmemorativos de la Shoah en Polonia, mientras en el autobús repiten hasta la saciedad películas como El Violinista sobre el Tejado, Escape de Sobibor o La Lista de Schindler, debe ser una experiencia, por lo menos, un poco traumática a esa edad. Se entiende que se busque la identidad del pueblo judío, pero, como espectador ajeno a todo ello, me sorprende a la vez que me fascina.

Delegation es la historia de tres amigos israelíes inseparables en un viaje de fin de curso: Frisch, un chico tímido e introvertido, cuyo abuelo acompaña al grupo para contarles su experiencia durante el genocidio; Ido, un joven con problemas amorosos; y Nitzan, quien está secretamente enamorada de este último. Un viaje donde se pondrá a prueba la amistad entre ellos y podrán descubrir aquellas facetas que ellos mismos desconocían. Adoctrinamiento de una juventud donde el nacionalismo está presente en cada uno de sus actos en los que sus profesores intentan mantener ese carácter político a un viaje que debía ser también una experiencia vital de juventud y de su paso a la edad de adulta. Una película gratificante que surfea entre olas peligrosas, pero que su equilibrio nos llevará hacia una playa ya conocida donde la experiencia habrá merecido la pena. Carlos Garries.

Falcon Lake (Charlotte Le Bon) – Sección Oficial

Falcon Lake vibra y brilla con la ilusión de lo que se vive por primera vez, durante unas idílicas vacaciones de verano en las que Bastien, de 13 años, se enamora de Chloé, de 16. A través de esta relación juvenil, que resulta atractiva por lo poco convencional, Le Bon explora esta incierta y contradictoria etapa de transición.
La historia arranca cuando la familia de Bastien, que todavía tiene un pie en la infancia, visita la casa de campo de la familia de Chloé, que ya encara la madurez, aunque con algo de vértigo. Ambos no tardan en hacer migas, y se inicia así una amistad en la que Chloé introduce a Bastien en sus primeras experiencias propias de la adolescencia, dejando definitivamente atrás la niñez. Resulta atractiva la forma en que Le Bon construye las contradicciones de ambos personajes. Bastien, aunque tímido y taciturno, al momento de ganar confianza se muestra como carismático y encantador. Chloé, rebelde y madura, un misterio inaccesible para Bastien en un primer momento, todavía conserva rasgos inmaduros, como su afán por jugar a hacerse la muerta, dar sustos o inventar historias de fantasmas.
Es interesante ver este tipo de películas que apelan a una experiencia universal como la del primer amor durante unas vacaciones en las que se da el paso definitivo hacia la adolescencia. Probablemente muchos puedan ver la película con nostalgia, y revivan con Bastien experiencias como la excitación por ver que una chica se interesa por él, la inseguridad al ser introducido a su grupo de amigos de más edad o los errores fruto de su inmadurez. Quizá sea todavía más interesante ver la película desde la nostalgia fantasma de aquellos que no llegaron a vivir ese verano idílico. Es así como el cine también sirve como ventana para vivir por primera vez cosas pequeñas y dulces que se perdieron en el camino. Un instante congelado en el tiempo que resuena por el final triste de Falcon Lake, que pone el broche de realismo mágico en una historia en la que, aunque feliz, flota sobre ella un sentimiento funesto. Carlos Cousillas.

Grand Paris (Martin Jauvat) – Controversia

Dos jóvenes de extrarradio salen una mañana de su barrio para realizar trapicheos y terminan convirtiéndose en los nuevos Indiana Jones suburbanos entre esas mastodónticas obras ferroviarias con las que nos topamos cada día en nuestros trayectos por los transportes públicos. En cada ciudad nos encontraremos con una; en Barcelona. por ejemplo, hablan de que un día finalizarán nuestro Grand París llamado La Sagrera, o, incluso, estaciones fantasmas más allá del Arco de Triunfo parisino, donde posiblemente se encuentren reliquias arqueológicas que tan solo dos aventureros despistados podrán descifrar el misterio que esconden.

Grand Paris es una brillante comedía de aventuras que en muchas ocasiones se aproxima a los universos del creador de Mandíbulas, Quentin Dupieux. La película es la adaptación de Grand Paris Express, un cortometraje dirigido por Martin Jauvat con el mismo equipo. Desde el absurdo de sus actos, Renard y Lesli llevan hacia aventura con ecos al Scorsese de After Hours donde iremos conociendo a diferentes personalidades cercanas a la locura quijotesca en busca de una meta final, descifrar el código de la reliquia encontrada. Con una fotografía con una colometría luminosa y una banda sonora sorprendente, Jauvat consigue introducirnos en su mundo surrealista pero con aroma a clásico. Un viaje poético hacía lo absurdo de la periferia urbana que nos mostrará que hay más allá de esos paisajes que esconden nuestros misteriosos transportes públicos, tejido entre lo fantástico y lo surrealista. Carlos Garries.

Hasta el viernes, Robinson (Mitra Farahani) – Arties

Ebrahim Golestan, realizador y poeta iraní, pasa sus días en su palacete en Essex esperando la llegada de su 100 cumpleaños. Jean-Luc Godard y él nunca se conocieron; sin embargo, en 2014, gracias a la mediación de Mitra Farahani, directora de la cinta y colaboradora de Godard en sus últimos proyectos, ambos cineastas desarrollarán una breve amistad telemática con la esperanza de un encuentro físico que no llegará. Ese encuentro tendrá lugar en el cine. Así, a lo largo de una hora y media muy heredera de los últimos trabajos de Godard, se desarrolla una pequeña observación de dos personas solas, alejadas, quizá incomprendidas, rotas y ancianas que saben encontrar, sin embargo, la belleza y la emoción en la poesía críptica del suizo, en el humor del iraní o en un buen vino con agua embotellada y una mirada a cámara. La cinta golpea distinto tras el suicidio asistido de Godard el pasado septiembre. La soledad, el cansancio y el aislamiento se hacen más pesados, pero la sonrisa final también se vuelve más armónica, libre y canalla. Puede que Godard haya muerto, pero siempre nos quedará(n) su(s) fantasma(s). Jorge Sánchez.

Neon Spring (Matiss Kaza) – Sección Oficial

Fiesta, drogas y tecno en una rave que nunca acaba. Podría ser el retrato de cualquier joven en una ciudad donde la sociedad le permite el descontrol, sabiendo que, al día siguiente, sus padres podrán encontrarlo en su cama, en plena descompresión del subidón de la última anfeta. Neon Spring está co-escrita por su joven actriz protagonista, Marija Luize Melke o “Neon Spring” y nos lleva hacia esas fiestas clandestinas —llamadas últimamente «raves», pero que en cada época ha tenido su nombre—. Esos inframundos de drogas, libertad y sexo que tienen el botón de control parental con el consentimiento de una clase social que sabe que sus cachorros necesitan ese tipo de desfogue.

Nada nuevo en la película del director Matïss Kaza. Quizá el conocer que la juventud de letona no dista tanto de la de otras sociedades. En algunas ocasiones pueda sorprendernos sobre todo cuando subvierte y rompe con reglas establecidas en dicho subgénero; a destacar momentos como la cámara en mano sigue a la protagonista en esos antros de supuesta perversión y logra que el espectador entre casi en el mismo trance que la protagonista. esos momentos dan a la película una energía singular, pero el ambiente con las luces, el neón y la poca empatía con los participantes de la rave con una puesta en escena totalmente desangelada hacen que desconectemos en muchísimas ocasiones con la intensidad que deberíamos sentir. Neon Spring apunta pero no apuntala aquel desfase existencial al cual nos quiere transportar. Carlos Garries.

Thunder (Carmen Jaquier) – Sección Oficial

1900. Alpes suizos. Una mujer adolescente, Innocence, se suicida. Elisabeth, su hermana pequeña metida a monja por ser la pequeña, regresa para estar con la familia. Pronto descubre la razón del suicidio: la fama que obtuvo su hermana por su promiscuidad. Leyendo su diario, se encuentra con una revelación: Innocence encontró en el sexo a Dios. Junto a tres jóvenes, la joven Elisabeth emprenderá un viaje teológico donde el dogma religioso se hará patente como instrumento de represión del placer y exaltación del dolor y la culpa como formas de expiación. Esto, en última instancia, lleva a una sociedad (el pueblo, la familia) jerarquizada, dividida y enfrentada, frente a la utopía igualitaria y comunal, con el sexo y el placer como epicentro y la mirada como brazo simbólico, que establece Elisabeth con sus tres novios.

Uno no puede evitar recordar las no pocas relaciones que ha tenido el catolicismo con el placer sexual y su relación con la espiritualidad (Cantar de los Cantares o, especialmente, Santa Teresa de Jesús y el Cristo de Pasolini) y aún así, sentir que nada contracorriente, al tiempo que participa y actualiza esa tradición, pues son dos claves de lecturas opuestas y complementarias: si entendemos la película en términos literales y religiosos, Thunder reivindica los valores morales del cristianismo primigenio que parecen, en gran medida, olvidados o manipulados (el amor, la comunidad, la igualdad —que, como diría Pasolini en su Evangelio, son los valores comunistas—), representados a través de la sexualidad; o, si la leemos desde la sexualidad, las figuras de Dios/Demonio se vuelven puramente simbólicas y la reivindicación de un feminismo laico, aquel que alcanza la igualdad en la mirada. Sin embargo, quizá lo más interesante sea cómo escenifica todas esas ideas con imágenes de vocación poética, donde los cambios de formato (del dominante digital a la poética analógica) y los consecuentes cambios de textura y significado (los juegos con las aberraciones de la imagen, los contornos y la exposición crean imagenes desdobladas, impresionistas, imperfectas y bellas) y donde los encuadres cortos, intimistas, liberan y las grandes panorámicas, paisajistas, encierran. Jorge Sánchez.

El matrimonio de Maria Braun, Lola y La angustia de Veronika Voss (R. W. Fassbinder) – Ciclo Fassbinder

A finales de la década de 1970, R. W. Fassbinder, ya consolidado en su carrera como cineasta, se sintió atraído por la idea de realizar una serie de películas que reflejaran la sociedad de la Bundesrepublik Deutschland, o RFA, en la posguerra. La intención era que la serie se prolongara, pero acabó siendo una única trilogía debido a la prematura muerte del cineasta. Tres películas, tres mujeres, tres aspectos de la sociedad alemana del lado occidental del muro. Hanna Schygulla interpreta a Maria Braun en El matrimonio de Maria Braun (1979), Barbara Sukowa interpreta a Lola (1981) y Rosel Zech interpreta a Veronika Voss en La angustia de Veronika Voss (1982). Ambientadas durante el milagro económico alemán de los años 50, estas tres obras tienen como principal conexión temática la cuestión de la búsqueda del olvido del pasado como forma de intentar avanzar hacia un futuro mejor.

Maria Braun sería una mujer corriente que se casa con un hombre al que ama, Hermann, si ese matrimonio no se consumara en medio de los bombardeos al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Su marido regresa al frente al día siguiente, y la única noticia que Maria recibe de él es la de su muerte. Sola, emprende un verdadero periplo, impulsada por su ambición y utilizando su belleza como arma, que alegoriza el propio desarrollo de la República de Alemania Occidental. Su impecable belleza y su elegante forma de vestir no consiguen cambiar el hecho de que Maria es un alma rota, ni mucho menos garantizarle la perenne prosperidad económica que tanto ansía, teniendo que depender siempre de la ayuda económica de otros hombres a los que no es capaz de entregarse plenamente porque sigue atrapada por el fantasma de su primer marido.

Del mismo modo, Veronika Voss está atrapada por los fantasmas de su pasado. El personaje se nos presenta como una gran estrella de la UFA, la corporación mediática oficial del Tercer Reich, adorada en su momento por el público, pero que ahora sufre para superar una vida oscura en el Múnich de 1955. El efecto de la contrastada fotografía en blanco y negro, al estilo del cine negro, intensifica esta idea al resaltar la palidez del personaje y darle un aspecto fantasmal en vida. La narración se pone en marcha cuando se relaciona con un periodista deportivo, que pronto queda fascinado por su misteriosa belleza y su pasado. Junto a él, el espectador va desvelando poco a poco los oscuros secretos de la protagonista, entre ellos la relación de control que ejerce sobre ella un neurólogo corrupto y ávido de dinero, vinculado a los grupos científicos que pretendían demostrar la superioridad de la raza aria antes de la derrocada del reich.

En contraste con estos temas y esta estética oscura y contrastada, Lola es una explosión de color en Technicolor, con un humor satírico y una narración salpicada de momentos musicales, pero no por ello menos contundente en su mordaz retrato de la sociedad alemana. Coburgo, otoño de 1957, la protagonista es una seductora cantante de un cabaret por el que circulan los principales hombres de la ciudad, poderosos o no. Ella goza de un enorme poder al ser capaz de tentar y manipular a todos ellos, y por consiguiente el curso de la propia ciudad. Pero ella quiere algo más que el mero poder: quiere dinero, propiedades y, sobre todo, amor. Con el telón de fondo de las disputas políticas que hay detrás de la construcción de un gran complejo de edificios modernos, Lola pone en marcha un infame plan que la llevará exactamente a la posición social que desea ocupar. Con la premisa de que en esa sociedad todo y todos están en venta, Fassbinder hace un tributo jocoso y extremadamente satírico al capitalismo alemán de posguerra. Rafael Bürger.

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