Si anteayer la combinación Samsara + The Beast enfadó al personal, faltan las palabras para describir la indignación que se instaló ayer en el Teatro Calderón tras el primer pase para prensa y público de Música Angela Schanelec. Ojalá decir que fue recibida con frialdad —ironía mayúscula sería esa—, sino que desató las pasiones como pocas veces se ha visto en Seminci. Por suerte para algunos, el día continuó con Las cuatro hijas, un documental/drama social tunecino, en la línea editorial histórica del festival, y El Rapto, del inconmensurable Marco Bellocchio. Cerramos nuestro día con la recuperación de A batalha da Rua Maria Antonia, de la brasileña Vera Egito, que compite en la nueva sección Alquimias, y Hello darkness del dúo creativo Soda Jerk que compite, en el límite de la legalidad, en la sección Punto de encuentro. Gustos a parte, la 68 edición de la Seminci está siendo una de las más punk (y, por tanto, divertidas) de su historia.
Música (Angela Schanelec) – Sección Oficial
…y vamos a proceder a la defensa de la película más odiada de esta 68 Seminci. La alemana Angela Schanelec ha tenido el honor de culminar un proceso que empezó con el viaje espiritual de Lois Patiño y continuó con la tragedia digital inclasificable de Bonello. Película abucheada en el pase de prensa y de recepción gélida en la rueda de prensa posterior, Música recupera el mito de Edipo entre los años 60, 70 y principios del siglo XXI.
Con el Edipo Rey de Pier Paolo Pasolini y la Antígona de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet como principales puntos de anclaje estéticos, la veterana directora alemana vuelve tras la aclamada Estaba en casa, pero… (2019) con una puesta en escena —siempre depurada, narrativamente magistral— que sigue avanzando en un proceso de abstracción y estilización que parece no tener límites.
Sus imágenes son pétreas. No hay palabra mejor para definirlas. En ellas, a través de sus composiciones rectilíneas, de su frialdad, de sus actuaciones hieráticas, de sus fuera de campo, en su aparente sencillez y claridad, está la escultura griega, está el mármol, están Praxíteles y Policleto, pero, sobre todo, está la escultura griega arcaica, están los Kouros y las Kore, están Kleobis y Biton. Y, más allá de lo físico, en la duración de sus planos se esconde otro tipo de escultura, esta más moderna y puramente cinematográfica, la del tiempo, que diría el maestro ruso. Su montaje elíptico parece, más que nunca, un proceso de desbastado, de eliminación de lo superfluo hasta llegar a las formas, a la iconicidad espiritual. Sus imágenes son pétreas. Frías, duras.
Claro que Música deja dudas y muchos interrogantes. El primero de ellos es si se dirige a algún sitio más allá del acto de reelaboración del mito en sí, pues parece más preocupada por la traducción en imágenes y sonidos mínimos que de desarrollar un tema. Otra pregunta surge es hasta qué punto es una película fallida, hasta qué punto hay una estética detrás de tanta forma. Una tercera duda, que se puede aplicar a su filmografía en total (pues, aunque su recepción en Valladolid no haya sido la esperada, Música es la más accesible de las películas de Schanelec, que siempre han sido definidas como ‘obtusas’, ‘difíciles’ o ‘críticas’) es sobre su posición en la sociedad, pues, en contraste con la importancia tanto de los mitos como del teatro, y particularmente la tragedia, en la Grecia Antigua, la obra de Schanelec parece revelar en contra de su voluntad una sociedad individualizada y alienada, donde el arte (el cine) perdió su carácter de rito social para convertirse en un bien de consumo; en este caso, uno elitizado, de nicho. De nicho dentro del nicho. Como tal, quizá es un cine para historiadores, un cine que nace en su propia sepultura. Sus imágenes son pétreas.
Sin lugar a dudas, y pese a las interrogaciones y a los odios que pueda suscitar (por eso mismo) la decisión de programación más valiente de la nueva organización. A aplaudir. Jorge Sánchez.
A batalha da Rua Maria Antonia (Vera Egito) – Alquimias
Cuando la directora brasileña Vera Egito comenzó a trabajar en el guion de lo que terminaría siendo A batalha…, Brasil era muy diferente. No habían arrestado a Lula y Bolsonaro no había sido presidente. Lula ahora es presidente del gobierno y Bolsonaro un mera indigestión, síntoma, eso sí, de una enfermedad mucho mayor. Esa enfermedad es la que viene a derruir Egito a golpe de celuloide y plano secuencia.
La cineasta brasileña, que se estrena en España, construye una crónica posicionada sobre los hechos reales acaecidos en octubre de 1968: un enfrentamiento entre aquellos estudiantes y profesores que quería acabar con la dictadura y la policía y aquellos que la defendían. En el corazón de todo ello está la lucha contra el privilegio (en la vía pública, en la educación, en la familia, en la pareja), que sigue extendiendo sus redes corruptas por el Brasil actual. No hay dictadura, eso sí. A batalha… es la reinterpretación de un momento histórico —el blanco y negro, el carácter de reportaje— en clave contemporánea. Es decir, en clave feminista, en clave LGBTQ+ y en clave racial. No obstante, lo más interesante es que revela de forma inconsciente la situación del país latinoamericano —y de su cine—, de sus crisis, de sus encrucijadas, de sus dudas, de sus miedos y de sus deseos.
La energía que desprende la cinta —pura electricidad estudiantil; algo que no debe ser despreciado a la ligera en tiempos donde cintas tan dispares, estética y geográficamente, como El año del descubrimiento o Retorno a Reims se preguntan qué pasó con la juventud política y los deseos de cambio— encaja muy bien con las imperfecciones de la cinta (ritmo, arbitrariedad, actuaciones, fetichismo, un dispositivo formal que ahoga por momentos a la propia película), que se siente hecha por alguien joven, aún aprendiendo, pero con ambición y ganas de cambio. Si eso se suma a las imágenes herederas de Mijaíl Kalatózov, nos encontramos con una obra de alguien que aspira a construir una nueva modernidad. Algo ambicioso, pues, de momento, solo se limita a imitarla, consiguiendo, pese a todo, una de las obras más estimulantes —junto a La vida invisible de Eurídice Gusmão, Espiga de Plata en 2019, y El niño y el mundo— que nos han llegado desde tierras brasileñas. Jorge Sánchez.
Las cuatro hijas (Kaouther Ben Hania) – Sección Oficial
En Las cuatro hijas, Kaouther Ben Hania retrata la historia real de Olfa Hamrouni, que en 2016 perdió a dos de sus cuatro hijas tras unirse estas al ISIS en Libia. Ante la difícil tarea de decidir cómo representar una historia así, que fácilmente podría caer en el morbo y el melodrama plano, Hania opta por un ejercicio de estilo, una forma fresca, en la que une a Olaf y sus dos hijas supervivientes con las actrices que las interpretan, en una especie de híbrido entre documental y ficción donde la trama principal trata acerca de cómo están grabando y contando la propia ficción, basada en sus vivencias.
En el último trabajo de la directora tunecina, las emociones siguen su curso de manera natural, con una historia que entiende las contradicciones de la vida, en la que confluyen momentos divertidos con momentos desgarradores. En Las cuatro hijas hay inesperada comedia gamberra; momentos de risa e intimidad con Olaf, sus hijas y las actrices, en los que comparten opinión y bromas sobre temas de todo tipo; así como reflexiones acerca del machismo en el mundo árabe y la consiguiente represión femenina. Con esta película, estamos con las mujeres que la protagonizan: reímos con ellas, lloramos con ellas, al tiempo que se da este juego formal metanarrativo en el que se explicita que se está grabando una película.
Tal vez pueda verse como problemática la propia naturaleza de su elección, en la que el uso de la ficción acaba empañando la parte documental, de forma que la condiciona. Probablemente la elección de la directora pasaba por la imposibilidad de ser emocionalmente veraz a los hechos con las herramientas de una u otra posibilidad, de forma que ha elegido esta forma híbrida y novedosa. Carlos Cousillas.
Hello dankness (Soda Jerk) – Punto de encuentro
Decía Alan Moore, a través de V, en el cómic V de Vendetta que el anarquismo —el verdadero, el que constituye un proyecto político serio— es construcción, previo paso de una destrucción del sistema. En ese sentido, la estética del sample encaja bien con esos presupuestos teóricos: la destrucción de cualquier idea sobre la propiedad intelectual y, con ello, la concepción y la construcción de algo nuevo mediante la combinación de elementos ahora iguales. La realidad es que la Postproducción (que diría Nicolas Bourriaud) ha estado lejos de esos preceptos y ha servido, en el mundo museístico, para ahondar en el capitalismo al favorecer un anarquismo ultraliberal donde elementos que pueden servir para proteger a los trabajadores, como la propiedad intelectual (si esta no la tiene una empresa), desaparecían.
Algo similar ocurre con Hello Dankness, del dúo Soda Jerk, película de formada por más de 300 piezas, entre vídeo, audio y música, que componen un «documental musical de terror» sobre la «época Trump» de Estados Unidos. La cinta, de poco más de una hora, propone una bienintencionada obra que derruye, vía humor adolescente, algunos preceptos políticos. Pero no construye nada. Solo derrumba. Y se avoca al comentario apolítico más cuñado en una obra que daba mucho más juego.
Porque la estética del sample ya no es novedosa ni en el mundo del arte, pues pasó de moda con el paso de siglo, ni en el del cine, que tocó techo con los últimos trabajos de Jean-Luc Godard; es decir, ya no basta con samplear, hay que tener más. ¿Y qué tiene Hello Dankness? Nada. Un montaje que elimina cualquier diálogo real entre los materiales de origen al intentar hacerlo «narrativo» y «tradicional» —esto es, una edición más preocupada por los espacios, la ley de la mirada, racord de luces, de formatos, de texturas…; una labor, eso sí, muy trabajada y que sería un caso de estudio admirable si no fuese porque estaríamos hablando de otro tipo de película, algo más cercano a la maravillosa Green Fog de Guy Maddin— que por la creación de significados nuevos; clips escogidos no por sus imágenes —que ni son puestas en cuestión políticamente—, sino por la casualidad, es decir, imágenes, en su gran mayoría, reemplazables por otros fragmentos; unas referencias limitadas, adscritas en su mayoría a comedias adolescentes e infantiles de los años 80, 90 y 00 y al subgénero zombie, que terminan imponiendo un tono limitante; y un comentario (a)político superficial basado en los lugares comunes del Internet del 2021.
Políticamente inepta y estéticamente nula, Hello Dankness podría haber sido una de las mejores propuestas del festival, capaz de reflexionar, desde un anarquismo militante, sobre la propiedad intelectual, la política de las imágenes de la comedia adolescente o el neoliberalismo salvaje en el que vivimos. Siempre nos quedará Godard. Jorge Sánchez.
El rapto (Marco Bellocchio) – Sección Oficial
Marco Bellocchio mantiene la misma línea que en sus anteriores trabajos, en una película que trata sobre un secuestro y los abusos de poder de la Iglesia Católica en la Italia de 1856. El Rapto cuenta la historia real de Edgardo Mortara, que fue secuestrado de la casa de sus padres hebreos por orden eclesiástica, bajo el argumento de que había sido bautizado como católico. Así pues, la película trata de cómo sus padres tratan de recuperarlo sin éxito, debido a que el caso se vuelve mediático y de él depende la imagen del Papa Pío IX y la Iglesia, en una época donde abundaban las críticas y los ataques hacia ella.
Bellocchio construye una película de época con estilo propio, que brilla por algunas ideas: la caracterización e interpretación de un Papa decadente que sufre delirios, cómo van lavando la mente del pequeño Mortara hasta alejarlo de su identidad original, la representación de una época convulsa en Italia de revueltas y violencia, etc. Tal vez Bellocchio peque de melodramático, con una banda sonora de proporciones gigantescas que trata de potenciar las escenas que indicen en cómo la Iglesia arranca de los brazos de sus padres a un niño de 6 años, y cómo luego estos son incapaces de recuperarlo. Carlos Cousillas.
