Al inicio de Samsara, la nueva película inclasificable del director gallego Lois Patiño y ganadora del Premio del Jurado de la Sección Encounters en la Berlinale, nos encontramos en Laos, con unos niños que han entrado en el mocanato con el fin de convertirse en monjes budistas. Ellos meditan. En paralelo conocemos a un joven que lee un libro de preparación a la Resurreción a una señora anciana. El cineasta de Costa da Morte o Lúa Vermella retoma su particular lente pseudo-antropológica aplicada, no sin su pequeña dosis de mirada occidental exotizadora posiblemente paternalista, a los paisajes de Laos y a los monjes para reflexionar, diálogo mediante, sobre la muerte y la vida. La señora muere y es entonces cuando la película se rompe.
El cineasta pide al espectador que cierre los ojos. Así, durante los próximos 15 minutos, nos adentraremos el bardo, ese mundo transitorio entre una vida y la siguiente. Para ello, toda imagen desaparece de la pantalla y quedamos a merced de un mar de sonidos que resumen el mundo, su pasado y quizá su futuro sus geografías y culturas, sus lenguas, su fauna, sus accidentes geográficos… Pero eso no es todo, sino que Patiño aprovecha los ojos cerrados del espectador para generar una segunda pantalla, los párpados, donde diferentes fotogramas de colores y formas geométricas son proyectados con gran fuerza y optimismo para que las imágenes sigan en el interior del espectador. Es abstracción pura, cine sensorial y espiritual. Un salto de fe que da el cineasta, que dividirá al público entre feligreses y extraños que dirán, no sin algo de razón, que menuda tomadura de pelo. Pero mientras duran esos 15 minutos, estamos ante la mejor película del festival, ante una obra única en su especie.
Luego, nos iremos a Tanzania, donde nos encontraremos con otra cultura, con otras concepciones de la muerte, de la vida y de la naturaleza. Allí, conoceremos a un chivo y a la niña musulmana que lo cuida, pero también a los Masais. El regreso al documental antropológico es, sin embargo, el momento en que el cine espiritual que habíamos estado «presenciando» se vuelve cuerpo. Lo pegadas a la realidad que se encuentran las formas fílmicas en los tramos inicial y final chocan con la abstracción del bardo, logrando captar en celuloide una de las grandes contradicciones filosóficas de la Historia transcultural de la humanidad. Aquello que, quizá, nos haga humanos.
Estos dos pasajes de cine antropológico que abren y cierran la película son lo menos interesante de la obra —también porque los 15 minutos intermedios ofrecen una experiencia sin igual (una experiencia hecha para el cine, con todas sus consecuencias, ya que en otro espacio de proyección, incluidos algunos museos, perdería toda su capacidad comunicativa)—, pero en ellos se encuentra una idea visual que no debe ser desechada a la ligera. Las superposiciones y fundidos entre planos, combinando imágenes y sujetos, logran capturar esa dimensión, invisible, que conecta todas las cosas, humanos, animales, rocas, tierra, toda la naturaleza. El ciclo del samsara capturados en imagen y sonidos y sublimado por la bella fotografía en, cómo no, 16 milímetros, de texturas tan esquivas como matéricas, que captan la luz de otro mundo como aportan grano y tierra. Puro espíritu.
Y esa es la clave de Samsara. Es una obra tan espiritual como cinematográfica, pero que no confunde el cine con el espíritu, sino que lo usa, a la vieja usanza, para canalizarlo. Y lo hace no desde el estilo trascendental que practicaron Bresson, Ozu o Dreyer y que Paul Schrader teorizó, sino desde mezcla entre las vanguardias, el documental moderno y el cine museístico, desde el cine líquido de la actualidad —Samsara en sánscrito significa ‘fluir junto’—, pues la suya es la búsqueda espiritual que surge como reacción ante la falta de espiritualidad que trajo consigo el mundo moderno y el hundimiento progresivo e inexorable en esas arenas movedizas llamadas capitalismo. La espiritualidad de Samsara es una espiritualidad, a la vez, individual y colectiva, como el propio cine: individual, porque 15 minutos de la película exigen que el espectador mire en su propio interior; y colectiva, porque permite un estado de comunión junto al resto de espectadores de la sala.
Dicho todo esto, el solipsismo y el onanismo de la propuesta es su principal enemigo. El paternalismo que se puede atisbar en las partes antropológicas y el interés radical por la forma termina por plantear preguntas sobre el carácter de esta espiritualidad, sobre si es una creencia creída o si es una creencia apropiada, sobre sus intereses, sobre si son falsos e impostados, como lo que pretende remediar, o todo lo contrario. Sea como fuere, Samsara es una obra estéticamente atrevida y original, bella; no es inaccesible, pero pide una mente extraordinariamente abierta o un salto de fe.
Título original: Samsara Duración: 113 min País: España Idioma: Laosiano, suajili Dirección: Lois Patiño Guion: Garbiñe Ortega, Lois Patiño Productores: Leire Apellaniz Fotografía: Mauro Herce, Jessica Sarah Rinland Montaje: Lois Patiño Música: Xabier Erkizia Intérpretes: Amid Keomany, Toumor Xiong, Simone Milavanh, Mariam Vuaa Mtego, Juwairiya Idrisa Uwesu, Bernedeta Gaspar, Ame Simai
Sinopsis: En los templos budistas de Luang Prabang conviven decenas de adolescentes. Uno de estos chicos lee el Bardo Thödol a una anciana, un texto que debe leerse a las personas antes de fallecer, pues sirve como guía para orientarse en el más allá. La anciana fallece y acompañamos a su espíritu por una travesía sensorial hasta reencarnarse en su siguiente cuerpo: un cabrito de un pueblo costero de Tanzania, donde crecerá acompañado de una familia de pescadores.

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