Es difícil no escribir sobre Los Delincuentes sin pasar por la situación política argentina. La presentación en la sección Un Certain Regard del pasado Festival de Cannes de este caramelo envenenado sobre la materia de la libertad bien puede parecer profética, visto el resultado de Javier Milei en las pasadas elecciones nacionales; sin embargo, la tortuosa gestación del proyecto, a lo largo de varios años, que tanto el nuevo presidente del gobierno como la propia película, no son causas, sino consecuencias de un proceso cultural mucho más grande, pues no solo afecta a Argentina. La libertad es el gran tema del siglo XXI, quizá porque la justicia ya no tiene sentido; y no son pocas las obras de arte que palpitan al ritmo de su tiempo. La película ha quedado unida a su contexto indisociablemente, quizá a su pesar. Dicho esto, tras esta pequeña licencia, vamos a intentar abordar la película sin fundamentarla en su coyuntura.
Ya en términos estrictamente cinematográficos, Rodrigo Moreno, otra vez, vuelve a quedar ligado con las formas de filmografía desarrollada por la productora El Pampero, cuya última ofrenda fue Trenque Lauquen —mejor película 2023 para Cahiers du Cinema—, sin tener ninguna relación oficial (más allá del respeto y la admiración, imagino; y la interprete Laura Paredes). En concreto, con el cine de Mariano Llinás. Tanto en su vertiente como director de obras rizomáticas, que se van desenvolviendo cual matriosca, como en sus labores como co-guionista junto a Santiago Mitre. No es difícil de ver cierta imagen, de aspiración e inspiración setentera, que también contagiaba el clasicismo de Argentina, 1985 —curiosamente, una película que aún sí cree en la Justicia—, en la primera hora de metraje de Los Delincuentes. Y aún así, seguimos hablando de su contexto.
Los Delincuentes es la historia de Morán, un trabajador de un banco que comete un atraco. Un atraco contado en clave slow cinema —posiblemente sea uno de los atracos más lentos de la Historia—, pues se desarrolla casi en paralelo a la propia rutina laboral, como si la rebelión solo fuese posible con las mismas armas: una ausencia de épica absoluta y en el día a día. El atraco, sin embargo, es la primera parte de un plan maestro, que involucra a Román, un compañero de trabajo, que deberá guardarle el dinero, para alcanzar la libertad: tras cumplir condena, tendrán el suficiente «ahorrado» —la suma total de sus sueldos hasta su jubilación— como para permitirse no trabajar y, por tanto, según su propia filosofía, romperán con el sistema y, entonces, alcanzará su ansiada libertad.
El lugar de retiro es una pequeña aldea paradisíaca perdida de la mano de Dios donde viven Ramón, Morna y Norma. La relación con este trío tan especial, particularmente con Norma, con quien ambos funcionarios establecen un triángulo amoroso, es fundamental en el devenir de la película, pues sirven de contrapeso y catalizador. Es en el choque de estilos de vida (ciudad vs. campo; sistema vs. libertad) primordial donde tanto Morán primero (como sabremos a través de distintos flashbacks) como Román después (a lo largo de la segunda hora de película, rodada como si fuese un cuadro impresionista) empezarán a «despertarse», a ansiar la libertad, que no es otra cosa que ansiar a una mujer.
Los ecos de Robert Bresson son claros: no solo en un sentido estético a partir de una puesta en escena sencilla —hay imágenes que se relacionan estrechamente con El dinero, que se cita explícitamente en una visita de los personajes a un cine local—, sino que la filosofía de vida que defiende Morán (alcanzar la libertad a través de la prisión) es una variación desacralizada y capitalizada de las fórmulas espirituales que usó el cineasta francés en Pickpocket, Diario de un cura rural y, sobre todo, Un condenado a muerte se ha escapado. Y, como en la primera de ellas, es una mujer el vehículo para la redención. No obstante, Rodrigo Moreno camina otros caminos y la falta de espiritualidad de Los delincuentes queda patente en el mismo final de la cinta: Román y Morán vagarán por los páramos argentinos, cual Ethan Edwards, en busca de la libertad. Un cuadro desolador, donde la trascendencia no existe y la libertad, quizá, tampoco.
Norma, Ramón y Morna, sin embargo, viven sin normas, haciendo lo que les place en el tiempo que les place. Quizá donde mejor se ve esto es la película que ruedan. Con apenas un micrófono en una pértiga y una videocámara en un trípode están realizando una obra alejada de toda dinámica industrial, solo por el placer de hacerla. Es Norma quien, en última instancia, refuta la filosofía de Morán y Román, pues no pueden alcanzar la libertad negando el sistema —es decir, convirtiéndose en delincuentes—, sino disolviéndose en sus fronteras. La trampa está en la idealización y romantización radical de ese mundo rural que termina confluyendo en una filosofía más libertaria e individualista, no tan lejana a una versión refinada de los postulados de Milei. La posición de Norma es pura, ideal e idealista, sin matices. Solo sirven como contrapeso para las ideas alienadas y desquiciadas de la clase media urbanita; y es esa ausencia de (auto)crítica el único asterisco en una película que despliega sin esfuerzo una contundente tesis política contra el estilo de vida burgués y urbanita. En ese sentido, cabe preguntarse por el punto de vista y por el narrador: el punto de vista pertenece en todo momento a Morán y Román, sin concesiones; sin embargo, el narrador, si bien es omnisciente, bien podría ser Norma, pues la propia película se abre y se ajusta a su idiosincrasia. No hay que olvidar que del triángulo, la mujer es la única capaz de contar su propia historia, mientras que Morán y Román se dedican a consumirlas.
Son las historias, y no la libertad, el auténtico tema de la cinta; lo que la emparenta, como decíamos al principio, con las producciones de El Pampero, a un nivel más profundo. En Los Delincuentes encontramos, cine de atracos, melodrama, aventura, western, drama carcelario, pero también poesía, literatura, pintura o música, pues es un canto de amor a la creación artística, quizá el único plano de la existencia donde exista la libertad. Sin embargo, por su propio carácter mutable, el relato es muchos, permitiendo que la vida aflore en los gestos y los entresijos de la acción.
Puede que haya fracasado al intentar hablar de Los Delincuentes sin acudir al comodín del contexto, pero eso solo habla del carácter centrifugador de un relato que se autodestruye en todas las direcciones. Una de las apuestas, en tema y forma, más sólidas de la temporada; una película líquida, difícil de aprehender… como la libertad.
Título original: Los Delincuentes Duración: 180 min País: Argentina, Brasil, Luxemburgo, Chile Idioma: Español Dirección: Rodrigo Moreno Guion: Rodrigo Moreno Productores: Julia Alves, Bruno Bettati, Ezquiel Borovinsky, Ezquiel Capaldo, Natacha Cervi, Gilles Chanial, Daniel Lambrisca, Augusto Matte, Marcos Mion, Eugenia Molina, Rodrigo Moreno, Hernán Musaluppi, Paola Suárez, Michael Wahrmann Fotografía: Inés Duacastella, Alejo Maglio Montaje: Karen Akerman, Manuel Ferrari, Nicolas Goldbart, Rodrigo Moreno Música: SN Intérpretes: Daniel Elías, Esteban Bigliardi, Margarita Molfino, Germán De Silva, Mariana Chaud, Laura Paredes, Gabriela Saidon, Cecilia Rainero, Javier Zoro
Sinopsis: Dos empleados de banco en un determinado momento de sus vidas se cuestionan la existencia rutinaria que llevan adelante. Uno de ellos encuentra una solución, cometer un delito. De alguna manera lo logra y compromete su destino al de su compañero.
