69 Seminci (V)

Y el miércoles la 69 Seminci paró para homenajear a Mohammad Rasoulof. Histórico del festival, el director iraní condenado en su país por su oposición al régimen a 8 años de prisión y exiliado en Europa desde entonces, recibió la Espiga de Honor en 2018, pero la recoge hoy, acompañado de su ultima película La semilla de la higuera sagrada, premiada tras su paso por Cannes. La otra gran noticia del día está en Punto de Encuentro, con el estreno de la última gran película de Jia Zhang-ke, Caught by the Tides, un melancólico repaso a las películas del propio director que es también un repaso de China en el siglo XXI; mientras tanto el regreso de Javier Rebollo y Harvest se establecían como los puntos álgidos de una Sección Oficial que en el día de hoy no ha obtenido grandes debates.

Mi única familia (Hard truths) (Mike Leigh) — Constelaciones

La ansiedad que transmite Leigh en esta cinta es superior a la tensión que puede conseguir cualquier suspense. La angustia es constante, la ira de la protagonista impregna cada secuencia. El carácter de Pansy es absolutamente insoportable, grita sin cesar y discute por gusto. Y discute con todo el mundo. con un hombre que busca aparcamiento, una mujer en una tienda de muebles. Con la cola y la cajera del supermercado. Con su marido y su hijo, si eso le podemos llamar discutir, puesto que ellos se mantienen impasibles hastiados del carácter de Pansy y con su hermana, la única persona que con paciencia sigue tratando de acercarse a ella y la trata con cariño. Este personalidad será el germen de situaciones hilarantes, frustrantes y completamente desoladoras. Marianne Jean-Baptiste defiende titánica un personaje tan esperpéntico como complejo. Una interpretación estelar para un guion brillante en sus diálogos, que fluyen de la comedia al drama en segundos.

Bajo una estética limpia y calculada, igual que la casa impoluta de Pansy, lo único que trata con cuidado, se hace patente la frialdad y la distancia con la que Pansy afronta las relaciones y por extensión, su vida. Estas características quedan intensificadas matizando doblemente los contrastes de tonos y emociones. El drama resulta más sincero por la cotidianeidad y la comedia. María Valdizán Cuende.

Toxic (Saulė Bliuvaitė) — Punto de encuentro

En White Woman’s Instagram, Bo Burnham se burlaba de la belleza impostada, de la superficialidad de las imágenes y cómo fomentan un narcisismo que olvida su privilegio social, subvirtiendo con la música un despliegue de imaginería-instagram-aesthetic en formato 1:1. En Toxic, opera prima de la lituana Bliuvaitė y última ganadora del Leopardo de Oro en Locarno, hay una pulsión similar.

Dos chicas de los márgenes sueñan con convertirse en modelos y entran en una academia que les promete cumplir su sueño. Y, aunque los referentes puedan ser Harmony Korine y Sean Baker, está lejos del afán de provocación que mueve las imágenes del primero y del humanismo que es forma a los personajes del segundo. Es en cambio el patetismo cruel de Ulrich Seild con quien más dialoga una película rodada en hermanos imágenes de vistosas composiciones, siempre rotas por la suciedad, el abandono o la podredumbre. Un patetismo que no sólo es miserabilista y cruel, sino que termina participando también del mismo canon de belleza. Las imágenes son grotescas porque no hay cuestionamiento de la mirada, solo su capitalización.

Más que las acciones narradas, que revelan una escritura irregular a varios niveles, el interés de la película se muestra en los márgenes de la imagen. Esa mancha en la pared, ese coche abandonado, esa grúa que representa el país en reconstrucción. Un trabajo de arte que crea fricciones estimulantes con su fotografía que ahora sí, entronca con las mejores películas de Sean Baker. Jorge Sánchez.

En la alcoba del sultán (Javier Rebollo) — Sección Oficial

En la alcoba del sultán es una de las películas más ajenas al cine español de los últimos tiempos. Ajena, no porque reniegue de éste, sino porque supone casi una rara avis, un cometa en el cielo que marca el regreso de un director, Javier Rebollo, que, desde El muerto y ser feliz, no se había puesto tras las cámaras.

La historia de Gabriel Veyre, camarógrafo de los Lumière que viajó a País de Nour para enseñarle los misterios del cinematógrafo. Pero esta no es una película histórica. Tampoco un experimento ni una obra con afán didáctico. Son las 3 a la vez y más. También es metacine y juego y, sobre todo, una invitación, en la más pura tradición de Méliès, pero también de Orson Welles y el primer Godard, a descubrir, en el cine, un espacio para lo imposible. La película revela sus mecanismos: narración a machetazos, personajes que no encajan con el arte y las localizaciones, música que se corta abruptamente, cortes fundidos, etc. Todo en la película nos recuerda que estamos viendo una película y nos anima a divertirnos y adentrarnos en un mundo donde los límites están en la imaginación.

Aunque, en lo personal, no me haya entusiasmado el último largometraje de Javier Rebollo (igual que tampoco lo hizo Bloodsuckers, porque proponen artificiosidades que revelan más una intención que un resultado coherente ), solo puedo celebrar su estreno, aunque sea en gran medida gracias a Francia (historia francesa, capital francés, equipo francés). Pues este tipo de propuestas tan extrañas es mejor abrazarlas, aunque sea sin amor. Jorge Sánchez.

El último suspiro (Costa-Gavras) — Constelaciones

Comentábamos en la reseña de Polvo Serán que los cuidados y el final de la vida se han erigido como el gran tema del año. Costa-Gavras, realizador greco-francés responsable algunos de los mejores thrillers  políticos de la Historia del Cine y actual director de la Cinemateca Francesa, estrena a sus 91 años un drama filosófico se añade al club adaptando un libro, pero rastreando en su propia experiencia.

Fabrice un escritor y filósofo al que diagnostican una mancha «dormida» que habrá que eliminar «en cuanto se despierte», en palabras de los propios personajes. Es en ese momento cuando conoce al doctor Masset, jefe de departamento de cuidados paliativos del hospital, y comienza una investigación sobre el tema, acompañando al médico en sus visitas a los pacientes (Ángela Molina, Charlotte Rampling, Françoise Lebrun etc).

En cuanto empieza la película y la música de tensión que acompaña los diagnósticos del protagonista se evapora, dos conceptos opuestos cruzan la mente: comedia burguesa francesa (¡la comedia del año!) y Mi tío de América, de Alan Resnais. Incluso un tercero, Woody Allen, se podría ser añadido a la mezcla también.

El último suspiro es un ensayo disfrazado de ficción. Largas conversaciones filosóficas sobre la muerte, la vida y la ética de ambas explicitan muchas de las posturas, reflexiones o. La voluntad no es tanto contar una historia como un diálogo, en la línea platónica. En ese sentido, es una película irónicamente muy apresurada con escenas que apenas tienen desarrollo más allá de los diálogos que le interesa proclamar, croissants que se quedan sin comer y continuos cambios de localización. Pero se trata de rodar el mayor número de matices, de reflexiones y de casos. Y, de todas, aunque sea sacrificando la sutileza, no sólo es la mas accesible, sino que también es la más rica en matices y reflexiones. Como contrapartida es una obra con un gran peso del diálogo y una puesta en escena mecánica que se desarrolla con un desinterés por los personajes más allá de su función dramática. Prueba de ello es el trabajo de arte y localización, condenando a la película a un escenario de película de tarde. Jorge Sánchez.

Henry Fonda for president (Alexander Horwath) — Tiempo de Historia

El crítico y programador Alexander Horwath cruza el umbral para reunir una serie de imágenes y declaraciones de Henry Fonda y desvíos aledaños para reconstruir una doble historia: por un lado, la propia biografía de un actor que el realizador erige representación del ciudadano anónimo ideal y, por otro lado, la historia de los Estados Unidos desde «la conquista y la colonización del Oeste» hasta el triunfo de Reagan. Horwath reivindica, en un documental mastodóntico de más tres horas de duración —que apenas se hacen notar—, no sólo la figura artística de Fonda, al que se reivindica como autor de un corpus artístico creado obra a obra, sino también su presencia política como parte del imaginario colectivo. Ese imaginario colectivo toma forma a través de seleccionadas obras: Las uvas de la ira, El joven Lincoln, 12 hombres sin piedad, Fail Safe, Érase una vez en América,… Cada una da pie a una época biográfica y a una etapa histórica.

No obstante, hay una serie de preguntas que surgen ante semejante proyecto. La primera de ellas tiene que ver con una pequeña decepción resultado de la inclusión de grabaciones realizadas para la película, saltándose el carácter exclusivamente de archivo. Son imágenes que no terminan de dialogar bien con los fragmentos, que se muestran desconectadas y tienen que ser rescatadas por una voz en off que cosa y de coherencia al apartado visual. Más cerca de un ensayo literario convertido en película que de un ensayo cinematográfico hasta la médula, en la línea de Thom Andersen, Jean-Luc Godard o, en un ámbito más divulgativo, Mark Cousins.

Por otro lado, la limitación de las obras seleccionadas. Obviamente hay limitaciones y no todo puede entrar, pero los fragmentos parecen responder, en el fondo a dos criterios: popularidad de las obras y el propio discurso que se quiere imponer. Contraejemplos hay en la vida y obra de Henry Fonda que rebatan la imagen mostrada en el documental. Pero a Horwath Parece interesarle más la imagen pública, el imaginario colectivo, más maleable, que Henry Fonda-persona. Algo muy legítimo e interesante, pero menos riguroso. Algo similar ocurre con la Historia de Estados Unidos, que se disecciona en base a una ideología previa y se queda en la superficie de muchas de las temáticas abordadas.

Y, por último, la falta, salvo un par de apuntes, de análisis de Henry Fonda como intérprete. En un documental proveniente de un crítico de cine se echa de menos que el ensayo no contemple apenas la parte cinematográfica/dramática y se centre en la política, hecho agravado al tratarse de un documental que, como decíamos, parte de la imagen pública que gira en torno a Fonda. Preguntas -ni siquiera respuestas- sobre cómo Fonda, como actor, construyó esa imagen en cada interpretación, cómo varían entre ellas o cómo puede negar o apoyar un discurso aparente. Una serie de elementos que no quitan valor a los aciertos, pero sí impiden que estemos ante uno de los grandes documentales de la Historia del Cine. Jorge Sánchez.

Sex (Dag Johan Haugerud) — Sección Oficial

Un largo plano secuencia de diálogo inicia la cinta, toda una declaración de intenciones. Dos hombres comparten dos experiencias recientes en una conversación tranquila y sincera sobre sexualidad e identidad. Dándole un protagonismo absoluto al diálogo y las interpretaciones, el director noruego confía plenamente en sus actores, con los que ya había trabajado en Cuidado con los niños. Los espacios que nos encontramos son reflejo de la naturalidad con la que se aborda el tema, amplios ventanales permiten una luz natural que invade las estancias, puesta en escena acorde con la máxima apertura y honestidad entre los personajes. Todo ello parte de un proceso de liberación y nueva construcción de una masculinidad predispuesta a compartir emociones e inseguridades.

La cinta es el inicio de la trilogía Sex, Dreams, Love, una serie en la que todo apunta a exploración de la libertad a través de estos tres elementos. En esta primera búsqueda de la libertad dentro de la pareja Dag Johan Haugerud explora los límites de la misma. Interludios musicales de paso y reflexión contrastan con pequeños destellos de agridulce humor noruego, una mezcla atípica que sin embargo casa a la perfección. Un gran comienzo de la triada que promete un ensayo sobre las relaciones desde el diálogo y la empatía. María Valdizán Cuende.

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