Así, en el cine internacional, se han estrenado Robot Salvaje, seria candidata al Óscar de animación, o La Sustancia, guión en Cannes, ha sido la gran película extranjera del año, la película de moda que hay que ver, y aspira a seguir los pasos de Parásitos, Drive My Car o Anatomía de una caída en los premios de la Academia. La propia Anora de Sean Baker también aspira a todo tras arrasar en Francia y quizá Clint Eastwood tenga una última bala con Jurado Nº 2. En el panorama nacional, hay tres nombres claros: Pedro Almodóvar, Pilar Palomero y Mar Coll. A ellos, en la temporada de premios se podrían sumar Rodrigo Cortés y su contraintuitiva Escape, el documental musical La Joia: Bad Gyal y el salto al thriller político de Arantxa Echevarría con La Infiltrada.
Entre las obras escondidas que han pasado desapercibidas Here, Sex, Crossing, Strange Darling o Antes era divertido pueden ser las obras más reivindicables, cada una desde un prisma distinto, en un mes de octubre donde los grandes nombres han llevado la iniciativa. Octubre ha sido el estreno del León de Oro de Venecia y de la Palma de Oro. También el mes del estrepitoso fracaso en taquilla de la musical secuela de una de las película más rentables de los últimos años (Joker: Folieu à Deux) y del estreno de otra que constata hasta qué punto el éxito de la primera fue un equilibrio entre la obra y el marketing (Smile 2). Y el estreno de The Apprentice, donde Sebastian Stan se transforma en un joven Donald Trump que acaba de ser reelegido presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
En el ámbito televisivo, destacan dos series de marcada publicidad en torno a sus directores: Alfonso Cuarón y Disclaimer y Querer y Alauda Ruiz de Azúa. Ambas primeras obras televisivas de sus realizadores. A ellos se sumaría Yo, adicto que adapta el libro homónimo de Javier Giner, quien hace las veces de creador y director. Agatha, ¿quién si no? y El Pingüino, dos series con más parecidas de lo que nos gustaría reconocer, terminaron su temporada de estreno; como también lo hicieron Rapa o Slow Horses. Heartstopper continua con su tercera temporada, mientras que Lo que hacemos en las sombras llega a su sexta y última temporada en un recorrido que seguramente los Waititi y Clement nunca adivinaron mientras escribían la película. Quizá la gran sorpresa del mes es Shatter Belt, antología de ciencia ficción del realizador Coherence.
La sustancia (Coralie Fargeat, 2023) – En cartelera
EnLa segunda película de Coraline Fargeat ha llegado a nuestras pantallas desencadenando un merecido clamor popular. Retomando el nuevo extremismo francés de comienzos de siglo, y en una línea algo continuista con el reciente revival del body horror (así lo atestigua la compatriota de Fargeat, Julia Ducournau), la propuesta consigue lo que se propone, despertando un asco que ya parecía olvidado.
Tomando como premisa un tema algo manido como es la búsqueda de la eterna juventud, la película aborda la vida de una estrella caída en desgracia (Demi Moore), que comprueba cómo su tiempo ya pasó, quedando condenada al ostracismo. Su encuentro con un extraño personaje la tentará a recurrir a un novedoso producto que puede hacerle recobrar la belleza que disfrutó en su juventud, recuperando aquello que la convirtió en una estrella.
Si bien la película no consigue llevar mucho más allá el discurso algo agotado del mito fáustico, sus resonancias con otras cintas como La muerte os sienta tan bien o El profesor chiflado (en especial la versión de Eddie Murphy) y explotar la vertiente del autosabotaje que todos nos hacemos, subiéndose a hombros del gore desenfrenado, ofrecen un producto en el que el cómo consigue resignificar el qué, sembrando momentos que gozan de un culto instantáneo y que perdurarán en nuestras retinas durante lustros.
La propuesta, abiertamente de trazo grueso, contiene también algunas sutilezas en su ambientación que nos trasladan a otro mundo, acaso la propia mente del personaje, donde parece librarse una batalla interna que parece abocada a la derrota desde el minuto uno. Esto resulta fundamental para dejarse arrastrar por el descenso a los infiernos de la protagonista, mientras disfrutamos de una espiral cada vez más desquiciada de un terror sin complejos que no necesita revestirse de psicología barata. Un cine que parece ya caduco, pero que brilla con un esplendor que parece pertenecer al cine del futuro.
Sesión doble: Lobo (Wolf, Mike Nichols, 1994). Con motivo de la festividad del Día de Todos los Santos, cerraremos esta sesión doble con una película algo improbable por su naturaleza abiertamente popular, pero que esconde mucho más de lo que a simple vista parece. Bajo el auspicio de un Mike Nichols en su vertiente más artesanal, hace justamente 30 años llegó a nuestras pantallas una película cuya promoción sentaba sus bases en la unión de fuerzas de dos villanos de Batman, a la postre, protagonistas también de otro éxito ochentero titulado Las brujas de Eastwick. Hablamos de Jack Nicholson y Michelle Pfeiffer, que aquí protagonizaron otro improbable y anacrónico, aunque muy extendido en aquella época, romance entre un hombre maduro y una bella joven.
La historia se centra en Will Randall, un obsoleto editor jefe que es mordido por un lobo y experimenta una transformación que lo revitaliza en todos los aspectos, convirtiéndolo en el perfecto macho alfa que nunca fue, y conquistando el corazón de la hija de un poderoso magnate que pretendía prescindir de él en favor de otro más joven.
Una película más que correcta cuya sencillez y convencionalismo adquieren otra dimensión gracias al talento de todos sus artífices, entre los que también se encuentran Ennio Morricone, que vuelve a brindarnos una hermosa partitura, y Giuseppe Rotunno, ilustre operador curtido en colaboraciones con Fellini y Visconti. Una obra algo olvidada que, si bien puede parecer un simple producto mainstream propio de la época de bonanza, consigue, en cierta forma resignificar las viejas películas de monstruos de la Universal y la genial versión de la Hammer que acometió el gran Terence Fisher, tamizándolo con el filtro de Hollywood de un modo más que encomiable y digno. Sergio Román.
Los Destellos (Pilar Palomero, 2024) – En cartelera
La tercera película de Pilar Palomero marca una distancia respecto a Las Niñas y La Maternal. Sigue existiendo dentro de su universo: el silencio proyectado contra la conversación reparadora, una cámara más observadora que narradora busca captar el gesto más pequeño que contenga la máxima emoción, actores (secundarios) que se interpretan a sí mismos y una representación esperanzadora de las relaciones interpersonales como formas de cuidado. Pero ahora una adaptación literaria, el trípode, una planificación más cerrada y un reparto encabezado por Patricia López-Arnaiz y Antonio de la Torre dan pie a otro tipo de obra.
Cuando su hija vuelve de Valencia donde estudia para cuidar de su padre gravemente enfermo, Isabel se enfrentará a los cuidados que necesita su exmarido con quien lleva 15 años sin verse. Así, despeja los cuidados de cualquier obligación familiar o emocional, para dejar la cuestión en un terreno puramente moral y político. Isabel ayuda a su exmarido porque le necesita y es lo correcto. Lo que mejor sabe retratar es esa cadena de cuidados que empieza en el núcleo familiar madre-hija e hija-padre y se extiende poco a poco. Son, por tanto, los secundarios quienes cierran el círculo y dan sentido a la obra. Más allá, de sus imágenes surgen la memoria de las relaciones pasadas (esos conocidos desconocidos) o el cariño; también políticos.
Pero hablemos de la luz. Daniela Cajías y Palomero han apostado por usar fuentes estrictamente «naturales», es decir, aquellas luces artificiales o no que entren dentro de la lógica de la cinta; evitando cualquier luz de relleno y adentrándose en una atmósfera dominada por la textura del ruido y el grano y por el color azul. Es la luz, esos destellos, el gran pilar formal sobre la que se sustenta la obra —lo que no quita que su planificación también sea sugerente—: luz vs oscuridad, calidez vs tonos fríos, exterior vs interior. Los juegos de dicotomías clásicos entran al tablero sin imponerse y con organicidad, pero, al final, la sensación que permanece es que pocas películas del naturalismo europeo se han atrevido a tanto con el tratamiento lumínico de la puesta en escena.
Sesión doble: ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life, Frank Capra, 1946). No hace falta recomendar a estas alturas ¡Qué bello es vivir!, pero quizá sí pueda establecer un diálogo con Los Destellos y arrojar cierta luz sobre cómo hemos (no) cambiado en temas como los roles de género, las estructuras familiares y los cimientos de la política/moral democrática; siempre con los cuidados interpersonales y la muerte como punto de partida y final de ruta.
Cima del llamado cine clásico de Hollywood y de la carrera de uno de sus grandes representantes, Frank Capra. Historia navideña de emancipación colectiva tras la Segunda Guerra Mundial, es el epítome del personaje Jimmy Stewart como sinónimo del ciudadano americano medio. Un hombre dedicado a su familia y a la comunidad se enfrentará a la avaricia de un hombre que quiere comprar el pueblo para dominarlo. De alguna forma, la nueva película de Pilar Palomero bien podría suponer un nuevo eslabón en esa cadena iniciada por Capra, rellenando algunos de los huecos que el tiempo erosionó en ella. Jorge Sánchez.
