‘Alpha’, ‘Yakarta’ y ‘Mala suerte’

Alpha (Julia Ducournau)

Alpha es la mejor película de Ducournau hasta la fecha. Para mi propia sorpresa. Polemista festivalera desde su ópera prima, Crudo, la cineasta francesa se consolidó internacionalmente con Titane, segunda película y segunda Palma de Oro para una directora. La división fue tal en aquella edición postpandémica del Festival del Cannes que la película tardará años en verse bajo una mirada apropiada, pues generó odios, pasiones e intereses a partes iguales. El estreno de Alpha, su tercer largometraje, no tubo tanta suerte: solo ha generado odios, con las debidas excepciones de rigor.

Lo primero a remarcar es su coherencia. Por un lado, los temas: cuerpo, familia, la identidad como constructo social. Si en Crudo, el cuerpo manifestaba el despertar sexual y los cambios de la postadolescencia y Titane era una oda a la superación de la carne biológica, Alpha narra lo que sucede con dichos cuerpos cuando llega la muerte. Cuando Alpha se hace un tatuaje, su familia se desmorona ante una epidemia (cristalina referencia, que no metáfora, del VIH) que convierte a los infectados en piedra.

Como ocurría en su filmografía anterior, a Ducournau le interesa, por encima de todo, las dinámicas familiares (relaciones entre hermanos, la relación madre-hija, etc.) y sociales (la escuela, el novio, el hospital, los rellanos) hasta el punto que, en gran medida, sus películas se pueden considerar dramas antes que de terror/fantástico. Es más, dos de sus grandes problemas que ha arrastrado siempre han sido que sus imágenes siempre han estado más cercanas al cine de autor de festival de prestigio que a las supuestas equivalencias de sus conceptos dentro del género y que nunca ha conseguido que el cuerpo sea el centro de la forma, sino un accesorio de lujo.

En Alpha, eso no cambia; sin embargo, la gran diferencia con las anteriores propuestas es que todo cristaliza mejor en imágenes. Desde un primer instante quedan claros dos registros: el gris, desaturado y de luces quemadas que simula el mármol y el rojo y cálido propio de la arena. Es esta dicotomía la que atraviesa la película: pasado y presente, Amin y Alpha, piedra y polvo, montaje y plano. Es una reflexión sobre el tiempo —y por ello profundamente cinematográfica— sobre cómo, ante la muerte, pero también el trauma y la imagen social, podemos llegar a congelarnos, mantenernos muertos en vida, fantasmas de carne. El cine como medio escultórico.

Yakarta (Miniserie – Diego San José)

Diego San José está recorriendo un viaje artístico no por habitual menos curioso: en épocas de madurez artística, aquellos que se dieron a conocer en la comedia terminan virando hacia el drama donde son reconocidos. Pensemos en Almodóvar, en Ben Stiller, en Todd Phillips o, hablando de intérpretes, en Adam Sandler, Carlos Areces, el propio Javier Cámara, Robin Williams o Charlie Chaplin. En el guionista de Irún ha sido un proceso gradual, desde sus inicios en Eitb hasta Yakarta, donde la comedia solo se encuentra en cierta parte del concepto vía patetismo (seguimos a un entrenador de bádminton y a su nueva pupila por los torneos regionales de España, en pabellones municipales semivacíos) y en algunas pinceladas dadas en momentos puntuales. Es un drama en estado puro, gestado por un equipo forjado en los proyectos previos. Diego San José, Elena Trapé y Javier Cámara.

Como decía, es curioso ver Yakarta y recordar el camino recorrido, pues resulta natural. Celeste sirvió como perfecta bisagra para muchos de los planteamientos que emergían de los costados de la trilogía de Juan Carrasco y que aquí abandonan cualquier intento de sátira: la introducción de los esquemas narrativos clásicos (estructura dramática es cristalina, prístina e impecable en su desarrollo) en contextos poco transitados por el audiovisual: Hacienda, facturas, torneos infantiles, deportes secundarios,… Sus protagonistas nunca son extraordinarios, más bien mediocres (con todo el espectro de connotaciones) y, por ello, nos resultan particularmente cercanos. Hay una humanidad que emana de los personaje sin aparente esfuerzo, algo complicado de alcanzar, dadas las limitaciones del esquema narrativo impuesto. Sin embargo, el equipo se desliza por el mismo con gracia, llegando a sitios tan oscuros como luminosos.

Las limitaciones del proyecto son las propias de su contexto (una producción de Movistar+ sin el amparo de grandes tótems de la industria) y de sus objetivos: realizar una serie donde trama y personaje se equilibran de la forma más pulcra e inteligente posible y donde la expresividad visual queda supeditada a dicho equilibrio. Eso no quiere decir que no esté rodado con mimo y madurez por parte del equipo, pero tampoco evita que se parezca en demasía al resto de catálogo; algo que su fondo no comparte.

Mala suerte (Edward Berger)

Paul Schrader se especializó en historias masculinas de vacíos existenciales a borde de la muerte. Lo hizo basándose en el esquema narrativo de Pickpocket de Robert Bresson, que a su vez bebía de los arquetipos modernos que pretendía subvertir al héroe clásico, arquetipos construidos sobre los hombros de Odiseo. En los años 80, dicho arquetipo se juntó con la estética neón de la mano del propio Paul Schrader, Michael Mann o Martin Scorsese. Saltamos al siglo XXI y Nicholas Winding Refn lleva estas ideas al paroxismo, acentuando la frialdad preciosista de la imagen y ralentizando el ritmo, mientras que Mann desata las posibilidades del cine digital. Es precisamente Colin Farrell, protagonista de Corrupción en Miami, el centro de Mala Suerte, el discreto estreno de Edward Berger tras la monumental Cónclave.

En Macao, un adicto al juego no cesa de acrecentar deudas y entra en una espiral de (auto)destrucción. En realidad, la historia importa poco: está contada bien. Bien. Sin emocionar, pues en todo momento se ve el artilugio narrativo sin que haya nada que lo traspase. Hemos visto tantas veces historias de masculinidades heridas que, a estas alturas del cine, la incursión de Berger parece referirse más a la propia representación que a la vida. Es, por tanto, el oro que recubre el reloj, el envoltorio narrativo, la forma. Los guantes.

Mala Suerte es una obra, en dichos términos, impresionante. El preciosismo de cada plano, de cada luz, cada textura y de cada composición deja boquiabierto durante la hora y cuarenta de metraje. Berger se está consolidando como uno de los grandes directores fotográficos. No en un sentido narrativo, lírico o profundo, sino estrictamente superficial: es director que cree en la belleza de sus imágenes. Técnicamente irreprochables, irremediablemente preciosista. Y es un director que parece coquetear con los imaginarios de ciertos directores asiáticos como Wong Kar-Wai, Hou Hsiao-sien o Edward Yang sin, en ningún momento, pretender alcanzar su hondura ni humanismo. Lo que propone es otra filosofía, una mucho más pop, hedonista y alejada de influencias religiosas: en un mundo desolado por el juego y la muerte, ¡qué mejor que la belleza hueca, sin trascendencia, para sobrellevarlo!

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