La tragedia de Macbeth

Ficha técnica:

Título original:

The tragedy of Macbeth

Director: Joel Coen

Duración: 105 min

País: Estados Unidos

Idioma: Inglés

Intérpretes: Denzel

Washington, Frances

McDormand, Alex Hassell,

Bertie Carvel, Brendan

Gleeson, Corey Hawkins,

Harry Melling, Katheryn

Hunter

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Sinopsis: Un lord escocés es convencido por unas brujas de que se convertirá en el futuro rey de Escocia y dará pie a un relato de asesinato, locura, cólera y fría ambición.

Crítica:

Macbeth, como Hamlet o Romeo y Julieta, puede que sea uno de los textos más repetidos y, con ello, uno de los más universales. Con incontables adaptaciones teatrales, aún más numerosas ediciones del libreto, programas de radio, arte plástico o música, es uno de los relatos más reproducidos de la Historia; y, como no, ocupa un espacio importante dentro de la Historia del cine y la televisión. La primera adaptación documentada data de 1905, antes de que el cine fuese considerado arte, y era un cortometraje estadounidense que mostraba la muerte de Macbeth. Desde entonces, grandes autores -y otros no tan grandes- han fijado su mirada en la obra de William Shakespeare. Orson Welles, Akira Kurosawa, Roman Polanski, Bela Tarr,…

Que el relato de Macbeth esté tan incrustado en el subconsciente cultural, que se haya repetido tanto, permite una mayor exploración de la forma, pues el ancla de la historia tiene menos peso -y, además, hay una presión especial; hay que estar a la altura del texto. Así lo ha atestiguado los grandes nombres mencionados anteriormente al hacer sus respectivos remakes, pero quizá nadie lo haya llevado tan lejos, para bien o para mal, como Joel Coen, en su debut en solitario tras separarse de su hermano Ethan.

En muchos sentidos se construye en oposición a la versión de Justin Kurzel, pues si bien aquella era una explosión de color y de teatralidad barroca con la que dar forma cinematográfica a la obra; el mayor de los Coen apuesta por un minimalismo estético, que busca poner al texto original en primer término. Para empezar con el formato académico, más cuadro, que elimina los espacios por los lados y centra la atención en los personajes. Después, el blanco y negro tan agresivo elimina la posible distracción del color. Y, por último, se complementa con una rectilínea esceneografía conscientemente teatral que juega con los mínimos elementos con el fin de dar espacio y presencia a los actores. Esta eliminación del adorno resta realismo, pero gana en estilización y abstracción; no en vano, está muy cerca de la sustracción que dio lugar al suprematismo de Malevich, a la Capilla Rothko o, en literatura, a la poesía pura de Juan Ramón Jiménez.

Y, por otro lado, mantiene el carácter fantasmagórico y romántico de las versiones de Welles y Kurosawa. En él, la niebla vuelve a tener un papel casi protagónico, como lo incierto del destino y lo brumoso de la existencia, y el castillo adquiere unas dimensiones laberínticas, resultando en pasajes de corte onírico y de tintes expresionistas que se hacen más frecuentes a medida que la locura se apodera de Lord y Lady Macbeth; sin embargo, si la primera era, ante todo, una cinta de terror de serie B al más puro estilo James Whale y la segunda, un drama de época en el Japón medieval, la versión de Joel Coen es cine negro escondido dentro de una tragedia posmoderna. En el fondo, no difiere tanto del resto de la filmografía del director.

Todo ello para dar que los actores puedan darlo todo y, así, poder hacer justicia los escritos de Shakespeare. Una hierática Frances McDormand y un excelso Denzel Washington -que ya había demostrado que se encontraba cómodo en este registro entre lo teatral y lo cinematográfico con Fences (película que le valió su última nominación al Oscar y que él mismo dirigió)- interpretan al matrimonio – más avanzado en edad de lo que se suele representar, mejorando así la figura de la mujer- con entrega y humanidad. Como en la obra de El Bardo, los personajes y sus psicología se sitúan por encima de la estructura y de la trama, que tienden a ser difusas; sin embargo, la coralidad de la película, sumada a la (relativamente) poca presencia que tienen, en comparación, Lord Macbeth y su mujer, afecta en exceso a la fluidez y el entendimiento del relato y de los propios personajes. No obstante, eso también permite que los secundarios tengan momentos para brillar, algo que en las versiones anteriores no había sucedido en exceso; así adquieren espacio Alex Hassel como Ross, Bertie Carvel como Banquo o Harry Melling como Malcom, el hijo del rey, pero por encima de todos ellos se eleva la veterana actriz y contorsionista Katheryne Hunter como las tres brujas, que inunda la pantalla cuando aparece.

La Lady Macbeth de Norman McDormand continua en la línea de las revisitaciones feministas del personaje que la muestran como una pareja que apoya y conoce a su marido mejor que él mismo, más que como una villana; mientras que el Lord Macbeth de Denzel Whasington es un Lord Mactbeth contenido y humano, que huye de una representación maníquea, pero que necesita más tiempo en pantalla para florecer del todo.

La Tragedia de Macbeth de Joel Coen nos da un Macbeth dramático y solemne; cercano a Ingmar Bergman y C. T. Dreyer; pero también un Macbeth muy teatral, como el de Welles. Un Macbeth negro y posmoderno. Un Macbeth coral y es un Macbeth hiperestilizado, entre el minimalismo teatral y el expresionismo romántico. Y un Macbeth fiel al texto original, pero a la vez contemporáneo y muy autoral, que consigue algo especial en esa mezcla de versos isabelinos e imaginería contemporánea.

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