La Casa

Ficha técnica:

Título original:

The House

Director:

Emma De Swaef, Marc

James Roels, Niki Lindroth

von Bahr, Paloma Baeza

Duración: 97 min

País: Reino Unido

Idioma: Inglés

Intérpretes: Matthew Goode

Helena Bonham Carter, Paul

Paul KAye, Mia Goth,

Miranda Richardson, Claudie,

Blakley, Susan Wokoma,

Will Sharpe, Jarvis Cocker.

Netflix España

Sinopsis: A lo largo de varias épocas, una familia pobre, un promotor inmobiliario y una casera hastiada están conectados a la misma casa misteriosa.

Crítica:

Lo que posees acabará poseyéndote.

El club de la lucha, 1999

La propiedad es sinónimo de seguridad y más en los tiempos que corren. Cualquier menor de 30 años se siente afortunado (¡qué coño afortunado! ¡Se siente privilegiado!) de poder pagar una hipoteca y soñar con que algún día esas 4 paredes serán suyas y solo suyas. Sin embargo, La casa plantea una mirada perturbadora sobre el hogar, la posesión más preciada, el centro de nuestra vida; que da seguridad tanto en el pasado como en el futuro, ya sea en forma de legado o de negocio, pero que también deshumaniza, encadena, ciega y está atada a las leyes del mercado.

La película producida por Netflix sigue la tendencia renovadora del terror iniciada hará unos años por Robert Eggers (La bruja, El Faro) y Ari Aster (Hereditary, Midsommar) de perturbar más que asustar. Y, de hecho, La Casa revela muy poco de lo que esconde y, conforme avanza, va dejando atrás el terror para ampliar su dimensión existencialista. Apenas hay contexto, y las historias se muestran como breves relatos independientes sobre cómo una casa y sus inquilinos transforman la visión de sus protagonistas. Ni siquiera los cortometrajes tienen título, sino que se presentan con frases crípticas que refuerzan la idea de desorientación y pérdida que rodea a sus protagonistas. Para La Casa las posesiones materiales son una cadena, la desnaturalización del ser humano o una venda que nos impide ver la realidad.

Desde su primera historia se nos muestra cómo un hombre insatisfecho vende su ama al diablo y condena una vida tranquila en familia para conseguir el reconocimiento social que tanto desea, a pesar de las consecuencias que no podemos revelar. Este hombre renuncia a una vida bucólica en el campo para conseguir una opulencia atribuida al ascenso social, pero que en realidad se encuentra bajo los caprichos de su constructor. Es la historia con más toques de terror por sus planos cerrados, alargados en el tiempo para construir la tensión y una iluminación basada en el claroscuro. En ella, el diseño de la casa es totalmente agobiante y forma y fondo se unen para mostrar un espacio alienante, frío y opresor. Las escaleras parecen sacadas de los grabados de M. C. Escher, las paredes observan y ninguna estancia es fija. Pero a diferencia de otras historias de terror, La Casa no recurre a lo sobrenatural para contar su historia (salvo por un elemento) y todo resulta físico, tangible.

Sus dos siguientes historias se ubican en el presente (la anterior ocurre en el siglo XIX) y por ello el terror se va diluyendo y se centra más en la crítica y la alegoría. El primer cambio se produce en el aspecto de su propio protagonista, un agente inmobiliario que se nos presenta como una rata antropomórfica en vez de las formas humanas del relato anterior. Es alguien débil, patético; un intruso en su propio hogar, que intenta moldear a toda costa y de manera individualista para poder venderla y creer que puede mejorar su vida. Pero la casa se resiste y complica sus planes de venta.

La segunda seguramente sea la más confusa de las tres, ya que se explica muy poco. Sin embargo, se pueden extraer temas como la desnaturalización del ser humano en su intento de proyectarse a través de sus bienes materiales. El protagonista intenta mostrarse como alguien de éxito, emprendedor, pero sabemos que no es así y por tanto la integridad de esa casa se vuelve efímera. La propiedad no significa nada y el paso del tiempo, la decadencia y los demás entrarán en esa casa independientemente de nuestros deseos. Solo aceptando nuestra verdadera naturaleza podremos habitar un hogar y no un producto.

La tercera historia abandona el terror y se vuelve un relato nostálgico, que plantea una serie de dudas existencialistas sobre nuestro futuro y cómo abordamos nuestros planes de vida. Y es que aun en el fin del mundo (no exactamente, pero esa es la estética) siempre habrá alguien que quiera sacar provecho. Es el caso de la protagonista, en este caso una gata, que alquila las habitaciones de la casa (la única que no ha sido afectada por la inundación de la ciudad) con el fin de reformarla y quedársela para ella sola. Sin embargo, los inquilinos que quedan no tienen dinero para pagarle. Aquí es donde surge el principal conflicto y el tema principal del relato: los inquilinos, desprendidos de los bienes materiales, consiguen mirar más allá de las circunstancias y disfrutar del hogar, mientras que la protagonista se obsesiona con un plan imposible y cuyo fin se niega a aceptar, a pesar de que la mejor idea sería que ella misma también abandone la casa.

La historia finaliza con un horizonte esperanzador el cual, en mi opinión, peca de hippie, como lo son los inquilinos y el nuevo visitante. Hasta este punto todas las posibilidades de crítica sobre el hogar como un espacio opresor, fútil y alienante se resuelven a través de la espiritualidad interior, la paz con uno mismo y el hallazgo del conocimiento a través del desprendimiento de los bienes materiales. Y eso puede estar muy bien para replantearnos nuestra visión del mundo y cómo buscamos la felicidad a través de la posesión y el consumo, pero la realidad es que hay que pagar facturas.

Más allá de estos detalles narrativos que dependerán del ojo del espectador, no podemos dejar el apartado técnico y su diseño. Parece increíble lo bien dirigido que está el stop-motion, con planos que superan la idea física del escenario y los protagonistas y dan verdadera verosimilitud al espacio que se muestra. A pesar de estar dirigido por distintos realizadores, el resultado se muestra uniforme y coherente, pero con espacio para que cada capítulo imponga su propia identidad, empezando por la luz, el color de su fotografía que en ocasiones se muestra limpia y monótona y en otras sucia, punzante, agresiva.

En definitiva, La Casa es una propuesta sorprendente dentro de la monotonía de Netflix, con opción a múltiples interpretaciones (la de este artículo es solo una más) y seguro que tras verla surgirán discusiones en torno a la mesa, en el calor del salón, antes de preguntarte si los focos de las lámparas iluminan tu morada o son los ojos que vigilan para que no te atrevas a mirar más allá de la puerta.

Un texto de Pablo Solanas

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