La emperatriz rebelde

Ficha técnica:

Título original:

Corsage

Director: Marie Kreutzer

Duración: 114 min

País: Austria

Idioma: Alemán, inglés

Intérpretes: Vicky Krieps,

Colin Morgan, Florian

Teichmeister, Finnegan

Oldfield, Aaron Friesz,

Raphael von Bargen, Alma

Hasun, Tamás Lengyel,

Jeanne Werner

ADSO Films

Sinopsis: En la Navidad de 1877, Isabel de Austria, Sissi, celebra su 40º cumpleaños. Primera dama de Austria, mujer del emperador Francisco José I, no tiene derecho a expresarse y debe mantenerse hermosa y joven para siempre en su papel de emperatriz. Para satisfacer estas expectativas, adopta un estricto régimen de ayuno, ejercicios, peluquería y medición diaria de su cintura. Asfixiada por dichas convenciones, y con un apetito voraz de saber y de vida, Isabel se rebela cada vez más contra esta imagen.

Crítica:

No nos engañemos, la protagonista de esta historia no es únicamente la emperatriz Sissi, el tiempo (en todas sus formas) ocupa un lugar coprotagonista. Desde el tratamiento narrativo —a través de viñetas del año cuarenta de la vida de Sissi, casi inconexas si no fuera por el corsé y las ataduras omnipresentes—, pasando por los deliciosos anacronismos integrados en el relato, hasta la fijación obsesiva por la juventud. Todas ellas manifestaciones del tiempo, que conviven con el retrato de una mujer adelantada a su época.

La emperatriz rebelde —como gran parte de las películas históricas y biopics, así como las adaptaciones de obras de ficción ambientadas en otras épocas— desvela aún más del momento en el que está hecha que del que representa. La película no trata de la imaginada liberación de Sissi si no que proyecta la emancipación y la lucha de la mujer actual. Y cuando aceptamos esta lectura, es cuando podemos vislumbrar una crítica feminista diferente. La película de Kreutzer es una historia de feminismo blanco, una historia desde el privilegio, de mujeres de clase alta sufridoras (Spencer, María Antonieta) que se colocan como mártires bajo el yugo y la opresión del patriarcado y del protocolo de la clase. Bajo este esquema hay una especial atención a la estética que envuelve un trasfondo discursivo, si bien no complejo, de gran calado y vigencia social. Y la maravillosa escena de los créditos finales (con su divertida guinda postiza) es gran ejemplo de ello.

El deseo de liberación de los roles sociales y la lucha por la igualdad de género se entremezclan con una puesta en escena viciada de anacronismos, que desvelan el aparato fílmico para que el espectador siempre sea consciente de lo ficticio del relato. Al mismo tiempo, algunos son tecnológicos (unos intervienen en el relato, como el cine o la máquina tatuadora, y otros, como la fregona o el teléfono, aunque reflejan la clase y la falta de comunicación, no participan activamente en la historia) y otros no, como las canciones contemporáneas que reflejan no solo la modernidad de Sissi, si no su melancolía. La misma melancolía que la de las personas que visita en el psiquiátrico, lugar en el que se encontraría Sissi si no fuera por su posición. Esa reivindicación por la salud mental queda matizada con la presencia de trastornos alimenticios. Sissi, restringe sus comidas, hace ejercicio, modela su cintura para afinarla lo máximo posible y controla su peso regularmente, víctima de la obsesión por la juventud y unos cánones de belleza irreales. De nuevo, Kreutzer habla más de la actualidad que de 1877, plasmando una sociedad esclava de la imagen donde las figuras públicas, a menudo ligadas con la fama y el privilegio son a su vez los más expuestas y vulnerables.

El agua es otra manifestación del tiempo, que por su esencia cíclica converge con la letra de She was y la cuestión del destino. Sissi ansía fluir, evaporarse y volver a precipitarse sobre la tierra siendo una persona distinta, escapando de la vida de corte que se la ha impuesto. También está la referencia casi imperceptible del cuento de George MacDonald La princesa ligera. La princesa del relato de MacDonald ha sido maldita sin gravedad, solo puede recurrir al agua para no salir flotando. Sissi, por el contrario, embutida en su corsé y cargando con una larga melena que la mantiene en tierra, solo puede liberarse del peso que soporta a través del agua.

Bajo una estética puramente romántica, Vicky Krieps deslumbra con una Sissi a veces contenida, a veces sensible, a veces juguetona e irreverente, pero siempre carismática y humana. La actriz será la razón de ser última de la obra, sosteniéndola sobre sus hombros con holgura, y consagrándose, tras El hilo invisible, Tiempo y La isla de Bergman, como una de las actrices europeas del momento. Entre palacios ruinosos y naturaleza, discurren las viñetas de la vida de una emperatriz insatisfecha en una cinta con presencia constante del hastío y la melancolía. Sin embargo, la directora juega con una puesta en escena que navega, como lo hace la propia emperatriz, entre los humores más tristes y fríos e ideas revoltosas y traviesas, (des)equilibriándola y haciendo de la película, pese a sus posibles parecidos, algo más libre. No obstante, el poso final no puede ser más amargo, pues la imagen pictórica del celuloide resalta la sensación de encierro de Sissi: además de estar atrapada en la corte, también lo está en un cuadro de su imagen idealizada, en una habitación en miniatura y en la propia película. Solo será con la bajada del telón que marque el fin de la representación, cuando la mujer podrá bailar. Quizá se nos acaba el tiempo.

ADSO Films

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