68 Seminci (VIII)

Revolución en Valladolid. La imatge permanent de Laura Ferrés se alza con la Espiga de Oro, mientras que Alice Rohrwacher se conforman con una quimera de plata y Angela Schanelec y su Música, auténticas ganadoras morales del certamen de la Sección Oficial, se llevan a casa doble premio, Mejor Dirección y Mejor Fotografía. Completan el palmarés, Molly Manning Walker (How to have sex) con el Premio a la Mejor Nueva Dirección, Marco Bellocchio y Susanna Nicchiarelli con el Mejor Guión por El rapto, y Dave Turner (El viejo roble) y Léa Seydoux (The Beast) en los interpretativos. Decisiones del jurado cuestionadas por la prensa y en redes sociales que dejan un regusto polémico con una nueva organización que ha arriesgado.

Menos cuestiondas, quizá por menos vistas, han sido el resto de premios. Tanto los cortometrajes de Sección Oficial, Wander to wonder y Aitana, oro y plata respectivamente, como las secciones paralelas: Punto de encuentro (Gasoline Rainbow de los hermanos Ross, Arthur&Diana de Sara Summa, Nocturnal Burger de Reema Maya y Meteoro de Víctor Moreno), Tiempo de Historia (Between revolutions de Vlad Petri, Retratos Fantasmas de Kleber Mendoça Filho y Ours de Morgane Frund), la nueva sección Alquimias (Femme de Sam H. Freeman y Ng Choon Ping) y Castilla y León en Corto (El Rey de la semana de David P. Sañudo).

El resto de premios han ido a Sobre todo de noche (FIPRESCI), Zinzindurrunkarratz (Doc España), Muyeres (Espiga Verde), Desconocidos (Espiga Arco Iris), A batalha da Rua Maria Antonia (Premio Fundos) y How to have sex (Jurado Joven Sección Oficial). Los premios del público, por último, han ido a parar a El viejo roble de Ken Loach, Muyeres Marta Lallana y The Mother of all lies de Asmae El Moudir.

Antes de dar paso a las últimas reseñas de este año, vamos a echar la vista atrás a lo que ha supuesto esta semana. Esta 68 edición de la Seminci se presentaba misterioso y enigmático tras la salida de su anterior director, Javier Ángulo, y la entrada de José Luis Cienfuegos y su equipo procedente de Sevilla. El cambio se ha hecho notar, no solo en la programación, pero también en el ambiente que se respiraba en las calles de Valladolid y en las de internet. Ha sido un año arriesgado. Títulos como The Beast, Samsara o Música han hecho que más de uno se cuestione la nueva dirección del festival —se pataleó Cienfuegos en la Gala de RTVE del viernes—, pero también ha sido uno de los años más vivos, divertidos y punk de los últimos tiempos. Algo que celebrar.

También ha sido un año de crecimiento. Aún no están las cifras de asistentes, pero, a vista de pájaro, podrían superar las de los años anteriores. Y, si a eso se suma, que grandes medios han puesto su foco en Seminci por primera vez en mucho tiempo, las controversias van a quedar aguadas y el festival crecerá y mejorará (esa puntualidad, esos problemas en algunas proyecciones). Con todo, y a título personal, ha sido uno de los festivales más bonitos, emocionantes y divertidos en los que he tenido el placer de estar, así que solo nos queda dar las gracias a la organización por todo su trabajo y desear que el próximo año todo sea aún mejor, más grande, más controvertido.

Juniper (Matthew J. Saville) – Proyecciones especiales (Clausura)

Con motivo de la Espiga de Honor a Charlotte Rampling, actriz internacional de las de verdad (ha trabajado en Italia, Japón, Reino Unido, Estado Unidos, España, ahora Nueva Zelanda…), clausuró el festival Juniper, película de 2021 de Matthew J. Saville que, poco a poco, va abriéndose paso internacionalmente. La historia cuenta la relación entre una abuela terminal y su nieto. Ella de carácter problemático, arisco, violento, contundente y agresivo y él, que no quiere saber de la familia desde la muerte de su madre. Una relación emotiva, bien trabajada y que sustenta la cinta, a golpe de tira-y-aflojas, hasta que se revele el tema a mitad de película. La muerte digna. La necesidad de este personaje, tan libre y libertario, de una muerte como ella quiera otorga a la cinta todo un arco conmovedor sobre la soledad y la necesidad de comunión con la familia y allegados. Y es Charlotte Rampling quien eleva el guion y los cuadros de Saville, pero quizá no lo suficiente como para hacer de Juniper algo más que una película para pasar el rato.

Tres hermanos (Francisco J. Paparella) – Alquimias

Thriller rural en la Patagonia argentina que supone la segunda parte, espiritual, de la Trilogía del Río, Tres hermanos se ha vendido como una As Bestas a la argentina. Por su carácter de neowestern, por su estudio de la violencia soterrada y por su ubicación en una zona rural de leyes arcaicas. Como su título indica, seguimos las subtramas de tres hermanos (la trama principal siempre discurre sumergida hasta el final, cuando explota afectando a las otras tres) para explorar diferentes formas de violencia, fruto siempre de la frustración inexpresada e incomunicada.

Tres hermanos sufre el ‘síndrome Oppenheimer’, es decir, el tráiler de una obra mayor, mucho más interesante. Su tendencia a reducir las escenas a lo mínimo (a veces a un plano sostenido) termina por comerse cualquier desarrollo dramático; al mismo tiempo, su puesta en escena tiene ideas interesantes (juegos de simetría, de foco), pero que, como si se hubiesen enamorado de ellas, terminan por opacar la narratividad de la propuesta, quedando solo ellas y sin que tampoco se desvincule mucho de otras obras indie actuales como Nocturnal Animal, que participó hace dos ediciones en ArteKino. Con todo, Tres hermanos promete violencia y da violencia (con análisis o sin él, ya es otra cuestión), soterrada en su mayoría, pero musical, sexual, visceral, emocional; una obra cruda y simétrica. En ese sentido, nada que objetar.

Zinzindurrunkarratz (Oskar Alegria) – Tiempo de historia

Contradictorio el documental poético de Oskar Alegria intentando recrear la Memoria de sus abuelos con su vieja cámara de súper-8. Para ello, recorre los mismos caminos, los mismos paisajes, escucha los mismo sonidos,… ¿lo hace? Puede que esta película sea el equivalente cinematográfico de un falso histórico, es decir, cuando, en conservación y restauración del patrimonio, se interviene en una obra de forma agresiva, añadiendo/cambiando elementos que puedan ser confundidos con el original (el ejemplo más paradigmático es la catedral de Notre Dame de París y todos los ‘arreglos’ que hizo Violet LeDuc en el siglo XIX buscando el gótico prístino). Y, si no lo es, se queda cerca. Es cierto que, de vez en cuando, vemos el micrófono el narrador hace referencia directa en el texto a elementos del contexto de producción y que, en todo momento, somos conscientes de que es el director quien camina; sin embargo, su dispositivo formal apunta a lo contrario, a la reconstrucción de un recuerdo.

Con una gran capacidad para la poética de la imagen y del sonido, a Zinzindurrunkarratz le pesan varias cosas que no hay burros que las levanten. Por un lado, el gran peso de la palabra del narrador que, en un intento de explicación/conducción al espectador o de aumentar la carga poética y evocadora de la cinta, termina ahogando la poesía y la belleza que surgen de la propia obra, corrompiendo sus imágenes y sonidos, ahora, encauzados ante la explicación omnipresente de su autor. Por otro lado, su propio concepto, su carácter de recuerdo, si bien está muy logrado, termina traicionado a la propia película, un diario de la evocación de ese recuerdo. Y, por último, cierta mecanicidad de su dispositivo formal una vez se desvela la sorpresa.

Pero tiene momentos absolutamente brillantes, que se encuentran ante lo mejor del festival y del cine español reciente. Las imágenes corruptas de uno de los rollos estropeados y la descripción de lo que debía aparecer ahí, la dislocación de imágenes y sonidos, la idea de subtitular y no de narrar en off… En definitiva, es más interesante como video-diario (a la Mekas) que como cine sobre el recuerdo y la memoria.

La cautiva (Chantal Akerman) – Memoria y Utopía

Casi 50 años después del estreno de Vértigo y 25 del famoso texto de Laura Mulvey sobre la mirada masculina en el cine, Chantal Akerman rueda su particular remedo al cine de Hitchcock y a cierto melodrama clásico. Basándose en un relato de Marcel Proust, La Cautiva narra las diferentes pequeñas formas de opresión de un hombre hacia su pareja. En todo momento, el protagonista es él y, por tanto, nosotros como espectadores (el uso de subjetivos al principio es clave para esta identificación, como apuntó en su día Mulvey) participamos de su paranoia, de su obsesión y de su control. Una nueva obra cumbre, más convencional, pero igualmente bella y perturbadora, de Chantal Akerman, con una restauración de lujo a cargo de la Cinemateca belga.

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