Por segunda vez en sus 68 años de historia, una película española gana la Espiga de Oro del Seminci de Valladolid. Con su primer largometraje, Laura Ferrés ha hecho historia del festival, firmando una obra que maravilla por su originalidad y frescura. Aunque se está tendiendo a señalar el carácter de ópera prima de La imatge permanent, no es la primera vez que la directora catalana es reconocida por su trabajo: en 2014, su corto Perro flaco ya fue seleccionado para La Noche del Corto Español en este mismo festival, y en 2017, Ferrés ganó el premio a Mejor Cortometraje de la Semana de la Crítica de Cannes con Los desheredados, que terminó recibiendo también el Goya a Mejor Cortometraje Documental y el Premio Gaudí a Mejor Cortometraje. Con su último trabajo, que aún dará mucho que hablar, y tal como la propia Ferrés señala, nos encontramos ante un documental que devino ficción, al mantener un tono y una forma que juega con los límites de ambos, y construye una historia acerca de la identidad, las heridas que quedan con el paso del tiempo, así como la soledad y la necesidad de conexión.
Tras un prólogo en el que se nos presenta a una adolescente llamada Antonia que queda embarazada en un pueblo de la España de posguerra, La imatge permanent nos sitúa en Prat de Llobregat en la actualidad, donde vive Carmen. Carmen, tímida y socialmente torpe, es una mujer que tiene la capacidad de señalar, bajo una mirada limpia y casi ingenua, las verdades y las incongruencias que se pasan por alto en la agencia de publicidad donde trabaja. Presentado este personaje de realidad cotidiana, se nos cuenta cómo le encargan un casting con motivo de un spot para un partido político que la agencia debe realizar. Para este casting, Carmen, debe encontrar perfiles de gente “normal”, “de la calle”, con los que los electores puedan sentirse identificados. Bajo este huidizo y paradójico concepto, casi sin sentido, la película explora acerca de la identidad y profundiza en los significados y las connotaciones del rostro humano; así mismo, plantea una reflexión sobre cómo se construyen las imágenes en la publicidad y la televisión. Se puede encontrar aquí un paralelismo con los propios castings para largometrajes, guiados a veces por ese impulso cinematográfico de matices naturalistas, en el que se pretende encontrar perfiles que reflejen conceptos tan indeterminados como “verdad”. El guion, escrito por Ferrés, Carlos Vermut y Ulises Porra, se burla de estos cánones con un estilo que busca un extrañamiento hacia las expresiones, los comportamientos y los rostros humanos, mirándolos desde fuera, al tiempo que encuentra lugares realmente interesantes, como aquella escena donde comienzan a desfilar rostros creados por una IA, de gente que en realidad no existe.
Al decidir que encontrar un perfil en esta especie de catálogo digital que conforma el casting es absurdo, Carmen empieza a buscar a ese alguien que necesita por la calle, y termina dando con una vendedora ambulante de perfumes llamada Antonia. De esta forma, el proceso deshumanizador de acercarse a los rostros humanos que venía presentando la película vira hacia una trama donde Carmen y Antonia desarrollan una particular relación. Estando Carmen en las antípodas de lo que es Antonia, siendo la primera tímida y retraída y la segunda espabilada y con “mucha calle”, indagamos en lo profundo de cada ellas desde una naturalidad absorbente. El guion de La imatge permanent acierta de lleno al alejarse de lugares comunes o cualquier rasgo estereotípico, construyendo una dinámica entre ambos personajes que brilla por su frescura y originalidad. La química que hay entre ambas actrices no profesionales (María Luengo y Rosario Ortega) es innegable, y enamora de una forma extraña. Es a partir de esta inusual relación, que comienza por interés pero acaba desembocando en un amor fuera de estándares o etiquetas, que la película encuentra maravillas: La imatge permanent habla de lo especial acerca de unas personas comunes, a veces incluso vulgares, con las que llegamos a intimar de forma muy especial, bajo un sentimiento predominante de tristeza con destellos de humor negro y, en ocasiones, completamente absurdo.
Podría calificarse La imatge permanent como una especie de ensayo antropológico que habla de la necesidad de encontrar a alguien desde lo más concreto y cotidiano y, al mismo tiempo, desde lo raro. Pues Carmen y Antonia son “bichos raros”. Esta es una película que ensaya un estilo, en busca de una cosmología propia de formas y contenido. De esta forma, continuamente anda jugando con las contradicciones con las que se encuentra, entre estos conceptos tan abstractos y difícilmente abarcables: a ratos busca un extrañamiento de lo cotidiano, y en otros es radicalmente “normal”. A veces, La imatge permanent es tan “humana” que deja sin aliento, y en otras se aleja tanto del significado común de rostro que llega a desdibujar sus facciones hasta no entenderse nada. En su estilo, Ferrés opta por una forma de dirigir alejada, que trata de no despertar sentimientos de manera artificial, limitándose a mostrar. Esta elección en la puesta en escena vibra con unas actrices no profesionales que maravillan por su laconismo e inexpresividad.
Laura Ferrés viene pisando fuerte, siendo una directora muy a tener en cuenta en el futuro panorama nacional. Tengo la sensación de solo estar viendo la punta del iceberg.
Título original: La imatge permanent Duración: 94 min País: España Idioma: Catalán, Español Dirección: Laura Ferrés Guion: Laura Ferrés, Carlos Vermut, Ulises Porra Productores: Gabrielle Dumon, Gabriel Kaplan, Adrià Mones Fotografía: Agnès Piqué Corbera Montaje: Aina Calleja Cortés Música: Sergio Bertran, Fernando Moresi Haberman Intérpretes: María Luengo, Rosario Ortega, Dolores Martínez, Claudia Fimia, Saraida Llamas, Mila Collado
Sinopsis: En un pueblo del sur, Antonia, una madre adolescente, desaparece en medio de la noche. Cincuenta años más tarde y muchos kilómetros al norte, Carmen, una directora de casting algo introvertida, debe encontrar personas que cuenten sus recuerdos tras cambiar de ciudad. Durante su búsqueda, Carmen conoce a Antonia, una mujer impulsiva que invade su soledad. ¿Quién dijo que el tiempo cura todas las heridas?

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