Bajo el auspicio de A24, estudio independiente —valga el oxímoron— de moda, y con trazos semiautobiográficos, el debut en el largometraje de Celine Song cumple con no pocos requisitos para ser ‘La Película del Año’ para aquellos que quieran distanciarse del fenómeno Barbenheimer, de las comedias bobas de S. Segura, de las apuestas seguras para los Oscars o de los superhéroes, la fantasía y la ciencia ficción que acaparan el ruido de nuestras pantallas; al mismo tiempo, (in)cumple también no pocos requisitos para ser ‘La Mayor Estafa Cinematográfica del Año’ para aquellos que, animados por el revuelo cinéfilo y festivalero, se animen a verla, pero busquen, en el fondo, otra formalidad, otro cine. Vidas Pasadas, como Aftersun en la temporada anterior, camina una fina línea. La que separa el cine independiente (estadounidense) cool, pero industrial —lo que en otra época se habría definido como hipster—, del cine de Grandes Imágenes y Poderosas Voces. Y es hermoso que así sea.
Como la película, Nora está entre dos hombres. Así se nos presenta en una cálida y bella imagen de apertura. Ella está en el centro, a su izquierda, su marido neoyorkino, y, a su derecha, un viejo amigo de su infancia en Corea. Un amigo que pudo haber sido más, pero la emigración de su familia a Nueva York, cuando ambos tenían doce años, truncó cualquier posibilidad. Mientras los vemos, unos desconocidos en voz en off susurran sobre sus identidades. Nosotros, los espectadores, nos preguntamos sobre sus identidades. Entonces, una mirada a cámara rompe la imagen. Nora, tras un leve zoom que la ha reencuadrado, aislándola en un cálido fondo abstracto, pero limitado por dos líneas verticales que la encierran, mira a cámara. ¿Acaso es la propia Celine Song del pasado —en tanto película— mirando a la Celine Song-presente? ¿Orgullosa? ¿Dando permiso? ¿O mira más allá, al espectador del futuro? ¿O, puestos a imaginar, es la mirada de una Celine Song-presente a la Celine Song-pasado para calmarla, apaciguar sus dudas y reafirmarla en su futuro? En cualquier caso, una mirada que, como la de aquel cuadro que usted bien sabe, es misteriosa y enigmática, pues se ampara en una leve sonrisa y en el poderoso gesto de ocultar una historia.
Por corte, nos desplazamos a su infancia, a Corea. El paisaje de Seul, enmarañado y frío, recoge ese cambio. Nora, aún Na Young, y Hae Sung vuelven del colegio hablando de sus trivialidades. Cuando se separan, él camina recto, calle abajo, mientras que ella sube unas escaleras hacia su casa. Lo siguiente que veremos, tras un peaje de algunos brevísimos planos en el avión y el aeropuerto, será un travelling lateral que acentúa la soledad de la joven en su nuevo colegio. Dos ideas (travelling lateral + escaleras) que se retomarán, ahora juntas, en el último plano de Nora para reescribirse bajo otra mirada.
Acto seguido, Song hace una elipsis de 12 años. Ahora Nora, ya establecida en Nueva York donde aspira a cumplir sus sueños de escritora —el Sueño Americano, su estrecha relación con la inmigración y con la clase, su iconografía, su realidad y su romantización están muy presentes a lo largo de la película; viaje físico y simbólico a las espaldas de la Estatua de la Libertad, incluido—, se reencuentra con Hae Sung. De forma exclusivamente virtual. Su relación no tiene cuerpo. Y, por si eso fuera poco, está pixelada, en diferentes husos horarios y tiene problemas de conexión. Hay algo de fantasmagórico en esa imagen recuperada del portátil, de aparición que irrumpe en la rutina y la contagia de una deuda con el pasado.
Pese al carácter necesario de las dos primeras viñetas, es en la última donde la película despliega todo su armamento temático, visual y emocional, si acaso no son el mismo. Es en ese último y maravilloso tramo donde el conflicto se desarrolla, más en vertical que en horizontal, hasta crear un entramado de capas que conforman un ente complejo, denso y, con ello, humano.
Greta Lee interpreta a Nora con la gracia, la sutileza y la libertad de formar parte de un proyecto mayor. No en vano, el peso de la psicología de sus personajes recae en la puesta en escena: los encuadres que oprimen y acongojan a sus personajes o que les liberan, los 16mm mejor usados de los últimos años, la valentía a la hora de sostener ciertos planos, la posición de los actores en cuadro que condensan toda una trayectoria vital y toda una filosofía de vida, los cortes que unen y separan ciudades y tiempos, una luz que enamora… Una puesta en escena que, pese a todo el peso que sostiene, consigue ser ligera y sencilla, quizá pisando algunos terrenos comunes, pero extraordinaria y bella a su manera. Como su protagonista.
Nora no tiene identidad o, más bien, tiene dos, sin terminar de comprometerse con ninguna. Se debate entre dos paisajes (Nueva York/Seúl) y dos hombres (Arthur/Hae Sung). Pero no son solo paisajes y hombres. Son, primero, culturas y todo lo que conlleva (idiomas, formas de vestir, costumbres, rasgos sociales y económicos) y, segundo y más importante, etapas vitales. No en vano, la trayectoria vital es el gran tema de la cinta, no solo por insistencia en el ‘In-Yeon‘ (término del budismo coreano para hacer referencia al destino, particularmente al de las parejas a través de las reencarnaciones), sino también por el peso absoluto y rotundo, en forma y fondo, del tiempo.
Como las historias de triángulos amorosos —la película se vuelve muy autoconsciente en la escena de conversación nocturna en la cama conyugal, analizándose en exceso—, lo extraordinario genera las dudas que permiten romper lo ordinario. En este caso es el pasado (Hae Sung y Corea) el que permite que la nostalgia irrumpa en el presente, contaminándolo y endulzándolo. Logra, en última instancia, que veamos Nueva York desde los ojos de un turista —por dejarlo claro, pocas veces desde el Manhattan del Woody Allen se ha retratado La Ciudad Que No Duerme con el romanticismo y la belleza con la que trabajan Celine Song y Shabier Kirchner—; o lo que es lo mismo, que Nora vea su vida desde fuera.
Song juega el romanticismo con sabiduría, empleándolo con precisión en sus justas dosis. Las luces doradas, la forma de mirarse, los paseos por los grandes edificios neoyorkinos, la textura del celuloide, la química que desprenden los actores. A ello se contraponen las duras líneas que aíslan a Arthur y a Hae Sung, la frialdad de Seúl, la dureza de las luces grisáceas, los silencios incómodos, los cuerpos compungidos. La directora no se queda en la superficie en ningún momento, regocijándose en ese aura tan ficticia como la propia obra, sino que demuestra un profundo conocimiento de las emociones humanas. Por ello, quizá, la resolución del triángulo amoroso es tan brillante porque es la más real; pero quizá también porque es un final que se entiende, más que desde la autoficción (The Farewell) o el drama romántico (La Reconquista, Notas sobre un verano), desde el cine de fantasmas.
Aún es pronto para afirmar si Celine Song tiene una voz propia que la haga partícipe de las ‘ligas mayores’ del cine de autor. Puede, incluso, que esté lejos de un ‘cine gramatical’. No obstante, de momento, ha logrado algo admirable: en su debut, no solo ha conseguido ser la película indie del año, con un paso por taquilla, estadounidense e internacional, —quizá incluso rasque alguna nominación en los Oscars— a respetar, sino que la cineasta ha conseguido labrar un relato denso que se siente ligero, una antihistoria de amor profundamente romántica y una película, como cualquier película de tiempos y de fantasmas, esencialmente cinematográfica. Poco no es.
Título original: Past Lives Duración: 105 min País: Estados Unidos Idioma: Inglés, Coreano Dirección: Celine Song Guion: Celine Song Productores: David Hinojosa, Pamela Koffler, Christine Vachen, Yali Chasin, Khan Kwon, Christine D’Souza Gelb, Hosung Kang, Jerry Kyoungboum Ko, Miky Lee, Taylor Shung, Celine Song Fotografía: Shabier Kirchner Montaje: Keith Fraase Música: Christopher Bear, Daniel Rossen Intérpretes: Greta Lee, Teo Yoo, John Magaro, Moon Seung-ah, Leem Seung-min, Ji Hye Yoon
Sinopsis: Nora y Hae Sung, dos amigos de la infancia con una fuerte conexión, se separaron cuando la familia de Nora, que entonces tenía solo 10 años, emigró desde Corea del Sur a Canadá. Muchos años después, cuando Nora está estudiando teatro en Nueva York, ambos se reencuentra con él online, y pasarán juntos una semana que les enfrentará al amor, al destino y a las elecciones que componen una vida.

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