No son pocos los que han terminado cayendo en esta idea: desde la preocupación de Spinoza hasta los ensayos alucinados de Huxley, son muchas las ocasiones en las que, desde la filosofía o el arte, se ha señalado al lenguaje como herramienta comunicativa imperfecta. Pensamiento algo pesimista, resuena entre nostálgicos como Pablo Berger, que asegura que el buen cine, «el de verdad», era aquel de los años 20, en el que todo debía expresarse mediante la imagen, en ausencia absoluta de palabras. Con su última película, y primer acercamiento a la animación, el director bilbaíno retrata la historia de una amistad entre un perro y un robot en el Nueva York de los años 80. Robot Dreams, al igual que la segunda película de Berger, Blancanieves, omite cualquier tipo de diálogo; y se sitúa en la lista de manifestaciones intelectuales o artísticas que entienden que las palabras no dan la talla como forma de entender y expresar nuestras realidades.
Si algo define a Robot Dreams es lo sencillo de su historia. Esta es una película que habla sobre la amistad y el amor, enfrentadas a la soledad y a la pérdida. Al comienzo de la película conocemos a un perro sometido al aislamiento de la gran ciudad. Tras conocer a un robot, inicia con este una cercana relación. Esta amistad se rompe cuando el robot queda oxidado en una playa inaccesible. Tras haber contado el inicio y desarrollo de una relación, Robot Dreams pasa a hablar sobre la separación, el recuerdo y un empezar de nuevo. Berger ha optado por desarrollar una película que apela a la universalidad, con una historia en la que todo el mundo puede verse reflejado en ella. De esta manera, Robot Dreams aprovecha todas las posibilidades estéticas y expresivas de la animación y la música para construir su historia, de forma que la vuelve todavía más íntima para cada espectador. Berger elige en función de lo universal de lo que se cuenta, evitando la concreción o la ambigüedad de las palabras. Ya desde su origen, se podría defender la idea de que el cine es el medio de lo universal. Como defiende Berger, en el cine mudo de los años 20 no hacía falta entender un idioma para saber lo que ocurría en las películas, bastaba con las expresiones de los actores; por eso, es interesante entender la propuesta de Berger en su tiempo, en la época de la verborrea, cuando se habla tanto pero se dice tan poco.
Bajo esta ausencia de diálogos, Berger desarrolla una película en base al estilo del tebeo, la sencillez narrativa de la fábula y una cuidada banda sonora contextual, que termina construyendo un fuerte significado propio dentro de la obra. Por un lado, da la sensación de que con Robot Dreams estamos leyendo un cómic directamente en formato de película: colores planos, todo en foco, el trazo de la animación… La película adapta fielmente el estilo y la esencia de la novela gráfica homónima en la que está basada (escrita y dibujada por Sara Varon), así como la propia experiencia de estar leyendo un tebeo. Por otro, Berger se mantiene fiel a la idea de casi estar contando un cuento, bajo la sencillez de una fábula infantil, de forma que puede tomar significados distintos en función de quién la ve: la relación entre ambos personajes puede verse como una relación de amistad, amorosa o familiar; su separación puede verse como una metáfora de la depresión, en la que el robot queda oxidado en una playa imaginando futuros posibles mientras el perro trata de seguir adelante… Finalmente, destaca también el uso que se hace de la música, que en ausencia de diálogos se vuelve el pilar fundamental expresivo de la película. La «función» principal de la banda sonora es la de situar esta historia en el contexto tan concreto del Nueva York de los años 80, apelando a la nostalgia a través de grandes títulos disco. Destaca especialmente la canción September, que, al ser repetida varias veces en la película (al comienzo de la relación, durante alguno de sus aventuras…), termina construyendo un poderoso significado propio dentro de la lógica de la propia película. De esta forma, cuando suena al final, una vez ambos han encontrado a otra persona, suena con mucha fuerza y connotaciones. Es la propia canción la que termina dando la conclusión final a la historia, siendo este un final positivo, que se apoya en la idea de los buenos recuerdos como sublimación de la ruptura.
Sería imposible dejar de lado la calidad en el montaje de la cinta, que goza de un ritmo dinámico y ligero que engancha desde el principio. No es casualidad (pero al mismo tiempo sorprende un poco por ser animada) que Robot Dreams haya sido nominada a mejor Goya en el apartado de montaje. En definitiva, el último trabajo de Berger es una película entrañable, que te sorprende sonriendo continuamente frente a la pantalla, y puede ser disfrutada tanto por niños como por adultos. Robot Dreams exprime al máximo las posibilidades de la animación, y está repleta de detalles llenos de cuidado y creatividad que cualquier amante de la animación sabrá apreciar.
Título original: Robot Dreams Duración: 102 min País: España Idioma: Inglés Dirección: Pablo Berger Guion: Pablo Berger, adaptando la novela gráfica ‘Robot Dreams’ de Sara Varon Productores: Pablo Berger, Ibon Cormenzana, Ángel Durández, Ignasi Estapé Montaje: Fernando Franco Música: Alfonso de Vilallonga Intérpretes (voz): Iván Labanda, Graciela Molina, Tito Trifol, José García Tos, José Mediavilla, Rafa Calvo, Esther Solans
Sinopsis: Basada en la popular novela gráfica de Sara Varon. Dog es un perro solitario que vive en Manhattan. Un día decide construirse un robot, como amigo. Su amistad crece, hasta hacerse inseparables, al ritmo del Nueva York de los 80. Una noche de verano, Dog, con gran pena, se ve obligado a abandonar al robot en la playa.

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