Crítica ‘Desconocidos’

Puntuación: 4 de 5.

Desconocidos, el nuevo largometraje del británico Andrew Haigh, reúne a dos de las estrellas en ascenso del panorama interpretativo anglosajón, Andrew Scott (el Moriarty del Sherlock de Benedict Cumbertbach, el cura de Fleabag) y Paul Mescal (protagonista de Normal People y Aftersun, futuro sucesor de Russell Crowe en Gladiator II), para adaptar la novela homónima del japonés Taichi Yamada, fallecido el pasado noviembre. Scott y Mescal, pese a su dulce relación con el audiovisual, mantienen esa gran tradición británica de actores que conjugan cine, televisión y teatro. Hace no mucho, el primero se atrevía con Hamlet, mientras que el segundo hizo lo propio con Tennesse Williams y Un tranvía llamado deseo.

La mención no es gratuita. Hay algo profundamente teatral en el guion de Desconocidos. No por sus grandes declamaciones y mayores gestos, aunque se sustente en el diálogo y en el cuerpo; no por su carácter escénico, aunque se desarrolle casi exclusivamente en interiores; y no por. La película no está demasiado lejos —saltos culturales a parte— de una versión teatralizada de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, o —saltos estilísticos, históricos y cualitativos aparte— del propio Hamlet. La nueva película del cineasta británico opera en los términos de una obra de cámara: pocos exteriores, pocos personajes, pocas tramas y un conflicto interno sublimado como motor dramático.

En este caso, Adam vive un bloqueo creativo, cuando conoce a Harry, un vecino en su fantasmal y aparentemente desierto bloque de edificios. Inician una relación que dinamitará el interior del guionista, que tendrá que verse las caras con su pasado: su orfandad prematura, tras un accidente automovilístico de sus padres cuando él era predadolescente. Un enfrentamiento que será literal, pues, al regresar a su pueblo natal, descubrirá que sus fantasmas ha cobrado cuerpo. En el centro del  relato está, por tanto, la relación con el pasado, con los progenitores, con una espina clavada que no logra salir. Y gran parte de esa espina clavada, aunque no toda, es su propia sexualidad —que esto bien puede leerse como un complejo de inferioridad frente al modelo de familia heteropratriarcal tradicional—. el no haber podido salir del armario con sus padres, el no haber podido experimentar su aprobación, el que ellos no hubiesen  podido conocerle plenamente…

Hay algo teatral en el concepto de Desconocidos, igual que lo había en Weekend, la película que dio a conocer a Andrew Haigh en 2011, como si una cierta huella autoral comenzase a aparecer. Trece años después, y tras dos largometrajes como 45 años y Lean on Pete, el director británico retoma los dos personajes: Adam y Russell tienen un conflicto similar; y Harry bien podría ser un Glen que ha alcanzado un punto de no retorno. En aquella, Russell, que no conoció a sus padres, interpreta junto a Glen una salida del armario vicaria, un simulacro que le permita; en su nuevo largometraje, Haigh recurre al fantástico como método de alcanzar el simulacro sanador.

La gran diferencia, a parte del presupuesto y los cambios estilísticos que esto supone —Weekend se construyó visualmente para compensar la falta de medios a través de su puesta en escena—, están en los actores. Si Desconocidos llega donde llega es gracias al trabajo de Andrew Scott y Paul Mescal. Solo la presencia de sendos actores teletransportaría la cinta más allá del circuito independiente y de culto; sin embargo, Scott y Mescal, pero también Claire Foy y Jaime Bell, elevan sus personajes a través del gesto y de la mirada rota. Sus personajes melancólicos, derruidos y postapocalípticos les brindan la oportunidad para lucir sus habilidades más sutiles, sus rango emocional y su propia vulnerabilidad, operada a corazón abierto. Seguramente no sean las mejores interpretaciones de su carrera, pero, desde luego, dan la media de su talla y solo queda ver hasta donde se proyecta su sombra.

También está una puesta en escena que baila entre lo intimista y la exacerbación romántica, que, a su vez, parece ser el gran contrapunto al discurso teatral. Como si tuviese que demostrar en cada plano que es cine. En las imágenes de Desconocidos tienen cabida tanto el gesto pequeño, lleno de delicadezas (como bien demuestran las actuaciones de sus cuatro intérpretes), como los sueños febriles, rebosantes de pasión y miedo (como bien demuestran las pesadillas y todo el tramo final). Ya no estamos en la imagen de guerrilla digital, con iluminación natural y largos planos frontales que recogían las conversaciones, sino que nos adentramos en un terreno mucho más opulento e intenso. No obstante, seguimos encerrados entre cuatro paredes. Ahora, gracias al lujo y a un mayor número de cartas en la mano, Haigh puede expandir el relato más allá de esas cuatro paredes hacia el fantástico, hacia unas emociones más profundas y hacia un barroquismo visual que se construye a base de texturas granuladas, cámara en movimiento, iluminación gótica y presencias fantasmagóricas.

Así, la arquitectura del edificio, que esconde muchas paredes, da constancia del estado desolador de la comunicación entre individuos, la desintegración de las relaciones sociales y la tendencia a la soledad, la depresión y la muerte de la sociedad contemporánea. Frente a eso, el amor se redescubre como un arma, capaz de hacer habitables las estancias más espectrales. No obstante, también viene con responsabilidades, pues nunca sabes la herida que sangra al otro —en ese sentido, no se distancia demasiado de otra gran película europea reciente como Close de Lukas Dhont—. A pesar de todo, pese a la desgracia, pese al dolor, pese a la muerte —o gracias a ella—, Haigh logra la difícil tarea de terminar en alto, con vitalidad y humanidad. Y es quizá sea el gran triunfo de Desconocidos: una vez atravesado el castillo, una vez completado el teatro y apagado el proyector, toca vivir.


Título original: All of Us Strangers Duración: 103 min País: Reino Unido, Estados Unidos Idioma: Inglés Dirección: Andrew Haigh Guion: Andrew Haigh, adaptando la novela ‘Desconocidos’ de Taichi Yamada. Productores: Graham Broadbent, Peter Czernin, Sarah Harvey, Jeremy Campbell, Emma Mager, Daniel Battsek, Farhana Bhula, Ben Knight, Ollie Madden, Diarmuid McKeown Fotografía: Jamie Ramsey Montaje: Jonathan Alberts Música: Emilie Levienaise-Farrouch Intérpretes: Andrew Scott, Paul Mescal, Carter John Grout, Jamie Bell, Claire Foy, Ami Tredrea

Sinopsis: Una noche, en su torre casi vacía del Londres actual, Adam tiene un encuentro casual con un misterioso vecino, Harry, que pone patas arriba el ritmo de su vida cotidiana. A medida que va surgiendo una relación entre ellos, a Adam le preocupan los recuerdos del pasado y regresa a su ciudad natal y al hogar de su infancia donde sus padres parecen estar vivos, tal y como lo estaban el día de su muerte, 30 años antes


20th Century Studios España

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