Crítica ‘Fuck the Polis’

Puntuación: 4 de 5.

En un vídeo, un grupo de baile tradicional danza en una espiral que se concentra en su epicentro para luego expandirse hasta salir del escenario. Esta imagen ocupa los primeros minutos de la última película de Rita Azevedo Gomes. Tras un discreto paso por festivales y algunas proyecciones especiales, se estrena en Caixaforum+. Acto seguido, por corte, vemos el mar griego desde un ferry. Una voz masculina en off lee una narración, otra voz interviene y una tercera femenina, la de la propia directora, lee el relato A Portuguesa. Con apenas dos planos, un corte y un puñado de palabras, la cineasta portuguesa ha expuesto ya todas casi todas sus cartas y el espectador queda desorientado y perplejo durante los siguiente setenta minutos.

Se podría decir que Fuck the Polis es una autoficción, aunque la etiqueta no termine de hacer justicia a una obra escurridiza. Desde luego parte de un viaje que Rita Azevedo Gomes realiza en 2007 a Grecia tras los resultados médicos que indicaban que tenía una enfermedad terminal. Sobre esta experiencia, su amigo João Miguel Fernandes Jorge escribe un relato corto, que la cineasta utiliza para vehicular su voz en off. Tenemos, por tanto, un intertexto de entrada complejo; y Azevedo Gomes no deja de dar veladuras, algunas más visibles, otras casi imperceptibles.

Todo ello adquiere la estructura del baile inicial, pendular, contrayéndose y expandiéndose hasta desaparecer. Pero esta estructura tiene más que ver con la música, con un poema, que con una narración tradicional. Cada imagen complementa y se distancia de la anterior, siendo cada imagen su reducción a la esencia.

El amateurismo —en el sentido más sabio del término— que despliega la cineasta portuguesa busca el registro de la realidad, evitar distracciones o artificios. Planos largos que funcionan a modo de cuadros individuales, sin composiciones complicadas, luz natural. Como tanto del cine autoral de hoy en día, regresa a los Lumière y al cine primitivo. Puro hueso. La búsqueda de la belleza —la natural, la cultural, la humana, la presente, la pretérita, la perdida, la encontrada— es uno de los temas sobre los que la cinta pivota, pero también es una forma de anclar un momento o, quizá mejor dicho, de hacer que una imagen permanezca a un espacio y tiempo concretos. Y esa materialidad, frente a la presencia de la muerte, adquiere la melancolía de las ruinas y la vitalidad de la poesía que se sabe mortal y, por tanto, umbral a la posibilidad de la inmortalidad.

Fuck the Polis es una película exigente. La narración es inexorable. Las citas —literarias, históricas, mitológicas, artísticas, vitales— se acumulan. Las imágenes intentan aferrar con fuerza lo registrado. Cada corte es imprevisible y precipita la película a un espacio cada vez más abstracto y enmarañado. Y es exigente porque las capas se superponen, creando ecos y reverberaciones en tantas longitudes de onda distintas que solo queda el sentimiento de pérdida. Es exigente, porque el espectador tiene que tomar partido. No hay espectador libre; tiene que interpretar, llenar los huecos. Sin espectador no hay obra. Lo cuál no quita para que el espectador tenga toda la libertad del mundo para hacer la obra suya, adentrarse a ella.

Siento con frecuencia que la relación cultural con aquello que llamamos arte es demasiado parecida a la de un detective que tiene que desentrañar las argucias mentales del creador a partir del resultado. Esta dinámica que puede llegar a ser divertida cuando no sobrepasa los límites de lo lúdico se ha querido contrarrestar con la libertad de interpretación que se ha asignado al receptor de la obra (pegados al texto, eso sí); ya no se trata de descifrar, sino de cifrar uno mismo una nueva obra a partir de la anterior. Una obra mental, claro está; o, en el mejor de los casos, verbalizada en un libro, podcast o vídeo de YouTube. En estas líneas radica una de las razones por las que el cine autoral, aquel de voluntad estrictamente personal y solipsista, solo puede friccionar cuando salen del nicho que habitan.

Si afirmamos que sobreverbalizar es tratar al espectador de idiota, ¿en qué situación quedan tanto el espectador como el creador si este último fuerza al primero a echar un pulso cerebral donde todas las ventajas están en un lado? Obviamente, si el espectador gana (o cree haber ganado), el chute de dopamina será mucho mayor; pero, si no lo consigue, solo trae distancia. Porque tendemos a olvidar que, para que el subtexto funcione, el contexto tiene que ser compartido. Y, cuanto más personal es el contexto, más dedicación detectivesca debe emplear el espectador.

Por eso solo predican a conversos —aquellos que pueden dedicar tiempo a usar la lupa y bruñir el espejo—. Por eso siempre están rodeados de apuntes de contextos —para informar al neófito de los códigos de lectura—. Por eso «los expulsados» se sienten más insultados viendo una película autoral —Bela Tarr, David Lynch, Jonas Mekas, Jean-Luc Godard— que por una sobreverbalizada. Y lo digo sin ánimo de minusvalorarlo —los cuatro nombres dados son de directores que, si bien no siempre entiendo, me apasionan— o sobrevalorar obras despersonalizadas que todo-lo-abarquen; más bien al contrario, con la voluntad de proteger esos espacios pequeños y frágiles, de intentar que las burbujas personales no sean islas, de romper las trincheras culturales y abrir la puerta a un espectro mucho más cercano y real.

Ahora viene la confesión. En las dos ocasiones que he tenido la oportunidad de ver Fuck the Polis me he sentido expulsado, si bien en la segunda he tenido muchos más asideros a los que agarrarme y desde los cuales zambullirme en la obra. Pese a considerarme omnívoro, desprejuiciado y curioso, siento que me falta contexto: el cinematográfico —es la primera obra de Rita Azevedo Gomes que veo—, el personal —apenas he leído nada de ella, ni de su vida ni de su visión del cine; solo que la película partía de su enfermedad y dos viajes a Grecia separados por casi veinte años— y el cultural —las referencias a poemas y cuentos portugueses que desconozco y sobre los que se construye gran parte del significado, la poesía de Yeats, la literatura ensayística de Camus, la música tanto la presente (Maria Farantouri) como la banda sonora que; e incluso la forma de traer al presente la mitología griega se hace desde una forma que recuerda a la decimonónica, como le ocurría en parte a Música de Angela Schanelec—.

Seguramente haya más contextos que se queden fuera; seguro que mi sensibilidad tampoco vibra en sintonía con la de Rita Azevedo Gomes.

Cuento todo esto porque creo firmemente que Fuck the Polis, en el fondo, versa sobre esto mismo: sobre la incomunicación y la esperanza de superarla. Islas, piedras, colinas coronadas por iglesias, diferentes idiomas. Pasados, presentes. Imágenes. Palabras. Son la forma y el fondo de esta obra, sus actores y sus tablas. Lo inasible de la película es lo inasible de la comunicación. La incapacidad de la película de no ser críptica es la incapacidad de las palabras para enfrentarse a la realidad. Incluso, la propia realidad se vuelve representación y la propia obra termina revelando sus mimbres a través de saltos de formato, efectos de glitcheado, la propia presencia de la directora y un rico intertexto donde las múltiples

Frente a todo ello está la muerte, esa amenaza que llevó a la cineasta a viajar a Grecia por un impulso. A cruzar el océano de una isla a otra. Y, más allá de la muerte, están las bellas ruinas, las historias, los poemas, las flores y el mar. Si la modernidad encumbró el fracaso del lenguaje y adoró la imposibilidad de entendernos (Godard, Antonioni, Bela Tarr), Rita Azevedo Gomes se muestra mucho más contemporánea y encuentra, en esa imposibilidad, en esas ruinas, belleza y sentido, comunicación al fin y al cabo. No estaría, en espíritu, tan lejos, por tanto, de una obra tan opuesta en su forma como es Los Destellos de Pilar Palomero. Y aún así cabe un último retruécano.

Contaba en el coloquio posterior la cineasta que este proyecto lo intentó levantar financieramente hasta tres veces por las vías «tradicionales», es decir, institucionalizadas. Las del mercado y la industria. Sin éxito, claro está. Estamos ante las ruinas del proyecto, la constatación —en el sentido más idealista y romántico posible— del fracaso del arte. Y sin embargo, estamos ante una obra finalizada y con entidad propia, no meros bocetos ni polvo en el camino: al final se lanzó al vacío con el apoyo de amigos, colaboradores, algún que otro apoyo —como la Elías Querejeta Zine Eskola— y, sobre todo, una pasión por la imagen y la poesía que desborda los límites de la propia vida. Ha sobrevivido a la muerte, ha sobrepasado el lenguaje. Su propia existencia es hermosa.

Cuento todo esto porque, pese a no entenderla en todas sus dimensiones, a equivocarme seguramente en muchas cosas, sé que llegará un día en el que la belleza crepuscular de Fuck the Polis me atrape del todo. Aunque hoy no lo haga y duela. Está bien que así sea.


Título original: Fuck the Polis Duración: 76 min País: Portugal Idioma: Portugués, griego, inglés Dirección: Rita Azevedo Gomes Guion: Rita Azevedo Gomes, Regina Guimarães Productores: Rita Azevedo Gomes, Filipe Bessa Vieira Fotografía: Bingham Bryant, Rita Azevedo Gomes, Maria Novo Montaje: Rita Azevedo Gomes, Laura Gama Martins Música: Alexander Zekke Intérpretes: Rita Azevedo Gomes, Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, Loukianos Moshonas, Maria Farantouri

Sinopsis: Hace veinte años, creyéndose condenada, Irma emprendió un viaje a Grecia. Hoy vuelve sobre sus pasos, acompañada por tres jóvenes. De isla en isla, entre el cielo y el mar, los viajeros leen, escuchan y viven, llevados por un anhelo de belleza y claridad.


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