66 SEMINCI – Crónica #1

La alfombra verde acudió, como cada año, a su cita otoñal y cubrió las calles. El Festival, celebrado en la capital castellano-leonesa, arranca en su nueva edición con la promesa de volver a traer una selección de lo mejor del cine de autor visto en otros festivales a lo largo del año. Las ganadoras del Gran Premio del Jurado en Cannes y del León de Oro en Venecia, nombres consolidados como Asghar Fahardi, Paul Schrader o Robert Guédiguian y un gran número de óperas primas y segundas obras, entre otras muchas propuestas, nos esperan en la 66 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

La Semana de Cine ya había (pre)comenzado el viernes con la proyección de La Naranja Prohibida, un documental que, para celebrar las inminentes «bodas de oro» del momento, rememora el estreno de La Naranja Mecánica en la 20 Seminci. No obstante, la cinta encargada de inaugurar el festival vallisoletano fue Libertad, ópera prima de Clara Roquet -directora catalana que había ganado la Espiga de Oro hace unos años por el cortometraje El Adiós-, que estuvo presente en la Semana de la Crítica de Cannes. Narrada desde el punto de vista de Nora (su principal escollo al abordar la temática de la diferencia de clases), una «niña bien» que, como buena coming of age comenzará a reflexionar sobre qué significa ser libre, la historia se construye como un compendio de escenas con un marco común: el verano y la relación de amistad que surge entre Nora y Libertad, la hija de la cuidadora de su abuela. A partir de ahí se dibujan, con mayor o menor precisión y definición, una serie de dialécticas de oposición: clase alta y baja, vacaciones y trabajo, empleada y empleadora, migrante y nacional, adolescencia, el mundo adulto y la vejez. Pero también entran en juego varias conexiones a través de las distintas relaciones: Nora y Libertad, la abuela y Rosana, Libertad y la abuela. En esa exploración silenciosa (y ensimismada), a varios registros (pero de poca profundidad), es donde alcanza su mayor cota de interés.

También acontecimiento en Cannes, donde ganó el Gran Premio del Jurado (junto a Compartimento N° 6) fue elogiada de forma casi unánime, Un héroe de Asghar Farhadi relata la vida de un preso que se ve envuelto en una serie de sucesos y malentendidos. Como si adaptase el proverbio budista, la historia se retuerce hasta lo inexorablemente improbable para reflexionar sobre la moral, el interés propio, los medios y hasta el propio destino. A cada giro de guión, se hunde más en el barro, se vuelve más realista y más humana y genera una nueva capa de matices. De esta forma, edifica una deconstrucción del concepto del héroe, no por la habitual vía nihilista que ensalza a los antihéroes, sino por su inserción en un mundo moral real, complejo y enrevesado.

Por último, en la sección Spanish Cinema, tuvo lugar la presentación de dos óperas primas que van a dar mucho que hablar de cara la nueva edición de los Goya. Por un lado, La vida era eso, del director David Martín de los Santos, es un carpe diem particular donde se le otorga a la generación de mujeres que creció en la posguerra aquella vida que se le negó. Un relato duro, pero optimista (hay ecos a Vivir dos veces de María Ripoll) que navega (a veces sin un rumbo demasiado claro) hacia el interior de María, interpretada por una excelsa Petra Martínez. Por otro lado, Josefina, del director Javier Marco y la guionista Belén Sánchez-Arévalo, narra la historia de dos personas solitarias en busca de conexión. Como en la película de Farhadi, una mentira será la que impulse toda la trama y propicie el encuentro; no obstante, aquí nos encontramos, por un lado, con una puesta en escena mucho más precisa, simétrica y fría que busca potenciar los sentimientos de soledad y aislamiento; y, por otro lado, con un tratamiento más amable y menos engorroso que llega a la humanidad a través del deseo de estar con alguien y dejar de estar solo. Una pieza tan delicada como bella (la labor de Santiago Racaj es impresionante) protagonizada por unos inmensos Roberto Álamo y Emma Suárez. Sin embargo, el gran valor de Josefina recae en que el tándem creativo se aleja de las repetidas maneras de muchas de las operas primas de los últimos años (para algunos críticos, ya han generado escuela) y ofrece una continuación de su (extensa) carrera en el mundo del cortometraje.

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